Alberto Muñoz

Piketty y el riesgo de una nueva desigualdad: la inteligencia artificial y el capital del conocimiento

La IA acelera la creación de conocimiento y plantea una nueva brecha: dominar estas herramientas definirá la competitividad de países.

Hace poco más de una década, el economista francés Thomas Piketty revolucionó el debate sobre la desigualdad con una idea aparentemente sencilla: cuando la rentabilidad del capital supera de forma sostenida el crecimiento de la economía, la riqueza termina concentrándose en quienes ya poseen activos, ya sea heredándolos o recibiéndolos de la providencia. Su famosa relación (r > g) se convirtió en una de las explicaciones más influyentes para entender por qué las brechas económicas pueden ampliarse incluso en sociedades y economías que continúan creciendo. Hoy, la inteligencia artificial nos obliga a preguntarnos si estamos observando un fenómeno análogo, aunque en un terreno completamente distinto. Y no hablo del dinero: hablo del conocimiento.

Durante siglos, la educación siguió un ritmo eminentemente humano. Aprendíamos leyendo, observando, experimentando y equivocándonos. La experiencia era el gran diferenciador. Quien dedicaba más años al estudio y acumulaba más práctica terminaba desarrollando una ventaja competitiva. Ese paradigma está cambiando frente a nuestros ojos. Por primera vez en la historia, una persona puede apoyarse en sistemas capaces de leer miles de artículos científicos, revisar millones de líneas de código, comparar jurisprudencia internacional, analizar enormes volúmenes de información y generar propuestas complejas en cuestión de segundos.

La inteligencia artificial no sustituye el razonamiento humano; lo amplifica. Piketty describe cómo el capital produce más capital, la IA parece estar inaugurando una nueva dinámica donde el conocimiento produce más conocimiento. Podríamos expresar esta idea mediante una analogía muy sencilla: A > H, donde A representa la capacidad de amplificación del conocimiento mediante inteligencia artificial y H la velocidad del aprendizaje exclusivamente humano.

No se trata de una fórmula económica ni pretende sustituir el modelo de Piketty. Es una forma de visualizar un cambio profundo: cuando la capacidad de amplificar conocimiento crece mucho más rápido que nuestra capacidad natural para adquirirlo, la brecha entre quienes dominan estas herramientas y quienes no lo hacen puede expandirse aceleradamente.

El fenómeno ya es visible. Los investigadores que utilizan IA publican más rápido. Los ingenieros desarrollan software en menos tiempo. Los médicos consultan literatura científica global mientras atienden pacientes. Los arquitectos exploran cientos de diseños antes de construir el primero. Los científicos procesan cantidades de información que hace apenas cinco años eran impensables. La productividad intelectual comienza a multiplicarse.Pero hay una diferencia fundamental respecto al conocimiento tradicional.

Durante siglos, aprender dependía principalmente del esfuerzo individual. Ahora depende también del acceso a infraestructura computacional, modelos de lenguaje, bases de datos, agentes inteligentes y plataformas de cómputo acelerado. La inteligencia comienza a tener una dimensión tecnológica.

Y como toda infraestructura estratégica, no está distribuida de manera uniforme. Las grandes empresas tecnológicas invierten cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, GPU especializadas, redes de alta velocidad y modelos cada vez más poderosos. Universidades, gobiernos y países compiten por atraer ese talento y desarrollar sus propias capacidades.

La pregunta deja entonces de ser únicamente tecnológica. Se vuelve económica. Y finalmente, geopolítica. Porque la verdadera competencia internacional ya no consiste únicamente en fabricar automóviles, producir acero o exportar petróleo. Consiste en producir conocimiento más rápido que los demás. En ese contexto, la inteligencia artificial deja de ser simplemente una herramienta de productividad para convertirse en un factor de competitividad nacional. Los países que formen generaciones capaces de trabajar junto con la IA desarrollarán mejores científicos, mejores médicos, mejores ingenieros, mejores empresarios y mejores gobiernos.

Los que lleguen tarde dependerán del conocimiento producido por otros. México enfrenta aquí una decisión histórica. Con frecuencia seguimos discutiendo si los estudiantes “deberían usar Claude o ChatGPT”, cuando la conversación internacional ya cambió hacia cómo formar ciudadanos capaces de diseñar agentes inteligentes, colaborar con modelos fundacionales, verificar sus respuestas y construir soluciones que integren creatividad, pensamiento crítico y automatización.

La alfabetización en inteligencia artificial será para el siglo XXI lo que la alfabetización tradicional fue para el siglo XX. No basta con aprender a usar herramientas; es indispensable comprender cómo funcionan, cuándo confiar en ellas, cómo cuestionarlas y cómo convertirlas en motores de innovación. Este desafío comienza mucho antes de la universidad. Empieza en la educación básica. Los niños que hoy cursan primaria convivirán durante toda su vida profesional con sistemas inteligentes. Esperar hasta la universidad para enseñarles a utilizarlos sería tan absurdo como haber esperado hasta la educación superior para enseñarles a leer.

No se trata de reemplazar maestros por algoritmos. Se trata de formar mejores maestros apoyados por algoritmos. No se trata de que los alumnos piensen menos. Se trata de que aprendan a pensar mejor. Las naciones que comprendan esta diferencia no solo incrementarán su productividad; redefinirán su lugar en la economía del conocimiento. Las que no lo hagan corren un riesgo silencioso: dejar de competir por falta de talento preparado para el nuevo paradigma.

La historia demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas no esperan a quienes dudan demasiado. La electricidad, Internet y los teléfonos inteligentes transformaron la economía mundial en apenas unas décadas. La inteligencia artificial avanza a una velocidad aún mayor. La discusión ya no es si la IA cambiará la educación. Eso ocurrió y la verdadera pregunta es si tendremos la visión para incorporar su enseñanza desde edades tempranas, democratizar su acceso y convertirla en una política de Estado.

Porque la competitividad internacional del México de las próximas décadas no dependerá únicamente de nuestras exportaciones, de nuestros recursos naturales o de nuestra posición geográfica. Dependerá, sobre todo, de nuestra capacidad para formar una generación que no solo utilice inteligencia artificial, sino que sea capaz de crearla, comprenderla y aprovecharla, sin distraerse en minucias legales ni moralistas. Si no actuamos ahora, la nueva brecha ya no será únicamente económica. Será una brecha de conocimiento. Y en un mundo donde el conocimiento es el principal motor del desarrollo, perder esa carrera significaría ceder, poco a poco, nuestra posición en el escenario internacional.

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