Cuando empecé mi doctorado en Francia hace más de 30 años tenía un reto muy claro: diseñar algoritmos que permitieran a las manos robóticas realizar tareas verdaderamente diestras. Mi sponsor inicial fue la Agencia Espacial Europea, con la visión de desarrollar robots capaces de reparar satélites y apoyar operaciones en la Estación Espacial. Tres décadas después, al mirar hacia atrás y revisar la evolución del campo, he contabilizado más de 200 manos robóticas operativas, más de 3,000 patentes y alrededor de 8,000 artículos científicos relacionados con manos robóticas y manipulación diestra. Es un ecosistema tecnológico y científico robusto que confirma que aquel reto inicial no solo era pertinente, sino que se ha convertido en un eje central de la robótica moderna.
En un viaje que hice de regreso a México mi abuelita Mercedes (96 años) me preguntó sobre qué hacía en Francia. Después de explicarle varios minutos, decidí cerrar mi explicación diciéndole que me dedicaba a la Ciencia Ficción, pero aplicada.
Imaginemos, por un momento, ahora una Economía Ficción: un México inserto en la cadena productiva de Norteamérica donde los robots humanoides dejan de ser un demo de YouTube o en Isaac Sim y se convierten en parte normal de las plantas industriales en Saltillo, Monterrey, Tijuana, Mérida o el Bajío. No estamos describiendo el presente, sino un escenario probable a 5-10–20 años, donde muchos aspectos técnicos, legales y sociales seguirán sin resolverse, pero que sirven como laboratorio mental para pensar qué podría pasar con una base instalada de trabajo mexicano y latino que hoy sostiene buena parte de la manufactura norteamericana.
En esta Economía Ficción, el interés en la Inteligencia Artificial no es solo especulación financiera: funciona como mecanismo de financiamiento de infraestructura robotizada. Igual que las burbujas ferroviarias financiaron vías férreas y la burbuja dot-com financió internet, la pseudo-burbuja actual (no veo para cuando reviente la de IA) estaría pagando el desarrollo de humanoides aplicables a la industria automotriz, logística y servicios. El dinero que hoy parece exceso irracional de capital riesgo podría estar comprando, para el futuro, una flota de máquinas bípedas capaces de operar en entornos diseñados para humanos: plantas de autopartes en México, centros logísticos en Texas, almacenes transfronterizos en Laredo–Nuevo Laredo. La ficción está en la escala y en el plazo; en la imparable lógica económica, no creo que tanto.
El giro más radical de esta Economía Ficción es que los humanoides serían el elemento del trabajo que se compra y se deprecia, no trabajo que se contrata y se despide. Para un corporativo con operaciones en México y EUA, un robot humanoide sería capex (un activo) en lugar de opex (nómina). Desde el punto de vista contable, se parecería más a una prensa hidráulica que a un operador de línea. Eso reintroduce, en versión tecnológica, una estructura económica parecida a la esclavitud: “trabajo” que es propiedad de alguien.
La diferencia moral es gigantesca —no hay sufrimiento humano—, pero el paralelismo económico puede inquietar a muchos: el dueño del capital controla completamente los medios de producción y el “trabajo físico” que ejecuta las tareas.
En el contexto de México y Norteamérica, eso golpea justo en el corazón del modelo actual: mano de obra mexicana y latina relativamente barata, disciplinada y disponible. Hoy, el atractivo de México en el nearshoring es una combinación de salarios competitivos, experiencia industrial y cercanía geográfica a EUA. En la Economía Ficción de los humanoides, el atractivo se desplazaría hacia infraestructura energética, estabilidad regulatoria y ecosistemas de mantenimiento avanzado de robots.
Dicho sin rodeos: al capital le importaría menos “cuánto cuesta el trabajador mexicano” y más “qué tan barato y seguro puedo operar mi flota de humanoides en territorio mexicano para abastecer al mercado norteamericano”.
Si llevamos el argumento histórico más lejos, esta Economía Ficción dialoga con el pasado de América Latina: sociedades construidas sobre trabajo esclavo, peonaje, haciendas y, más tarde, maquilas y trabajo precario.
Durante miles de años el sistema económico se apoyó en trabajo forzado; solo llevamos menos de dos siglos con trabajo asalariado como base del contrato social. En nuestro escenario, los robots permiten a los dueños del capital recuperar el “sueño” económico de tener trabajo totalmente controlable sin conflicto sindical, sin migración, sin fatiga… salvo que ahora ese trabajo es silicio, acero y software.
La pregunta por lo tanto no es solo técnica (“¿se puede hacer?”) sino política y moral: ¿qué trato merece una sociedad cuya fuerza laboral humana se vuelve secundaria frente a una fuerza laboral robotizada?
Para México y las comunidades latinas en EUA, las consecuencias serían estructurales. Una parte importante del bienestar de familias mexicanas depende de empleos industriales y de servicios en cadenas ligadas a Norteamérica, más las remesas de migrantes. Si en esta Economía Ficción las líneas de ensamble, almacenes, incluso algunos servicios presenciales (restaurantes, hoteles, construcción ligera) son robotizados con humanoides, la base instalada de trabajo mexicano tendría - al menos - tres posibles salidas.
Primero, competir por los pocos puestos altamente especializados (ingenieros, técnicos, diseñadores de celdas robóticas),
Segundo, desplazarse a sectores no robotizables a corto plazo (cuidado de personas, trabajos informales, economía de barrio).
Y tercero, quedar directamente excluida, engrosando la informalidad y la precariedad. Nada de esto es inevitable, pero es un escenario plausible si la adopción es rápida y la política pública es lenta.
El problema fiscal en esta Economía Ficción es mayúsculo. En México ya partimos de una recaudación baja y una alta informalidad. Si los empleos formales en manufactura —que hoy generan ISR, cuotas al IMSS, aportaciones a INFONAVIT, etc.— se reemplazan por humanoides, se encoge la base tributaria justo cuando la economía sería más productiva que nunca. Surgiría inevitablemente entonces la idea de un “impuesto al robot”, o de esquemas donde parte de la productividad generada por las flotas de robots se canalice a un fondo binacional (México–EUA) que financie ingresos básicos, reconversión laboral y servicios públicos.
Suena a ciencia ficción fiscal, pero es exactamente el tipo de mecanismo que esta Economía Ficción empuja a discutir: ¿quién captura las ganancias del trabajo robotizado que se hace en suelo mexicano pero con capital multinacional?
Más profunda aún es la cuestión del contrato social y del sentido del trabajo. En México, el trabajo no es solo ingreso: es identidad (“soy obrero, soy maestro, soy técnico”), es pertenencia (“la raza de la planta”, el sindicato, los compañeros), es estructura semanal y narrativa vital.
La Economía Ficción de los humanoides nos obligaría a preguntarnos qué pasa si millones de personas dejan de ser “necesarias” para la producción, aunque sigan siendo necesarias como ciudadanos, padres, vecinos, cuidadores.
Hablar de “jornadas de 20 horas” o “jubilación temprana masiva” suena bien en Europa con Estados de bienestar robustos; en México, con pensiones bajas y sistemas de seguridad social frágiles, podría traducirse en otra cosa: tiempo libre sin ingresos suficientes y sin proyecto colectivo claro, terreno fértil para frustración, pero también —si se gestiona bien— para educación continua, cultura, emprendimiento social.
Del lado del consumo, la Economía Ficción imagina robots domésticos por debajo de los 10,000 USD en un horizonte de uno o dos ciclos tecnológicos. En el Norte global, eso los convertiría en el nuevo electrodoméstico estrella, más ubicuo que el smartphone.
En México, el resultado probable sería un mapa desigual: hogares de clase media alta y alta con “empleada robotizada” que limpia, cocina y cuida a los adultos mayores, y vastos sectores populares donde la única interacción con los humanoides será como competidores por su empleo en fábricas y servicios. La misma tecnología que podría liberar tiempo y cuidar a los más vulnerables podría también profundizar una brecha entre los que tienen robots y los que son sustituidos por ellos.
A partir de aquí, la Economía Ficción se bifurca en al menos dos grandes guiones para México ante Norteamérica:
En el Escenario A (proactivo), México asume que los humanoides llegarán tarde o temprano y negocia, desde hoy, su papel: impulsa formación técnica en robótica avanzada, diseña impuestos y fondos compartidos con EUA y Canadá, exige participación accionaria del Estado o de fondos de trabajadores en las flotas robotizadas que operen en el país, y usa el nearshoring no solo para ensamblar, sino para diseñar, manufacturar, mantener y exportar humanoides “made in Mexico”. La base laboral mexicana se reconvierte en parte hacia trabajos de alto valor añadido, y se construyen colchones de protección (ingreso básico parcial, sistemas de cuidado, educación continua).
En el Escenario B (reactivo), la robotización llega empujada por empresas globales y decisiones tomadas en otros países; la narrativa sigue siendo “somos competitivos porque somos baratos” justo cuando el criterio de competitividad cambia a “somos competitivos porque tenemos la mejor infraestructura para robots”. Las empresas sustituyen personal sin mecanismos robustos de redistribución ni reconversión, la recaudación no se adapta, la informalidad crece y la tensión social se acumula. En esa versión de la Economía Ficción, México sigue siendo plataforma de manufactura para Norteamérica, pero ahora con menos empleos y más dependencia tecnológica.
Todo esto, insisto, es ficción económica: no sabemos si los humanoides serán tan baratos, tan versátiles o tan aceptados socialmente como algunos prometen; tampoco sabemos qué tan rápido se resolverán problemas de manos, seguridad, regulación, responsabilidad civil, ciberseguridad o aceptación cultural.
Pero usar la Economía Ficción como herramienta nos permite hacer algo muy concreto desde hoy: poner en la agenda mexicana y latinoamericana preguntas que, de otro modo, se decidirían desde fuera. ¿Qué trato queremos para nuestras personas trabajadoras cuando el trabajo deje de ser el centro del sistema productivo? ¿Qué parte de la riqueza generada por la automatización en territorio mexicano debe quedarse aquí? ¿Y cómo queremos redefinir “trabajar” y “vivir bien” en un mundo donde el capital, por primera vez, puede funcionar casi sin nosotros?