Alberto Muñoz

Metaverso, guerra y madurez tecnológica

La relación entre los avances de la ciencia que permiten las mejoras más significativas en la tecnología van por lo general siguiendo patrones predecibles.

Todos queremos que el conflicto en Ucrania acabe lo antes posible. No dejamos de pensar en las vidas humanas durante dicho proceso. La historia nos ilustra sobre las fuerzas que convergen a los resultados que se obtienen.

La política económica y el mercado accionario se ven, indiscutiblemente, afectados. Uno de los primeros emprendedores que impulsó  la creación de capital de riesgo (venture capital) fue el francés Georges Doriot, quien después de una exitosísima carrera como académico en Harvard, orquestó desde el seno de Estados Unidos una estrategia de logística que coadyuvó al desarrollo ordenado y sobre todo eficiente durante el derrotero de la Segunda Guerra Mundial (II GM).

Sin dejar de lado la importancia de la II GM, sobre todo en su rol como el evento transformador más significativo en la geometría política del planeta, en el seno de las familias europeas los recuerdos más atroces viven todavía en la memoria de la I Guerra Mundial.

La razón principal es en parte por lo sanguinario de dicho evento.

Durante la II GM la tecnología era ciertamente diferente, ni se diga de la concepción y utilización de la bomba atómica, producto justamente de la aplicación de las ciencias físicas inherentes al estudio de su creación.

El desarrollo tecnológico es tan impredecible como imparable. Hasta ahora solo la ley, con sus procesos, puede evitar justamente su proliferación y en cierto caso limitar el desarrollo de las mismas.

La revolución digital de este nuevo milenio nos permite ver, casi en tiempo real, el desarrollo de las incursiones bélicas. Hoy día, satélites artificiales nos circundan y permiten comunicarnos desde casi cualquier punto del planeta a otro.

El procesamiento digital eficiente de las señales dentro de nuestras computadoras -cada día más poderosas- nos permite incluso poder acceder de manera casi inmediata a fuentes casi inagotables de información tecnológica (patentes) donde se pueden encontrar sistemas, procesos, metodologías y aparatos para casi cualquier fin práctico y comercial.

No hay que olvidar que justamente lo que conocemos hoy día como el internet es una evolución comercial de una arquitectura diseñada durante la Guerra Fría en el seno de los organismos de defensa con el objetivo de contar con un estrategia descentralizada para evitar la pérdida de información y comunicación en caso -eventual- de una acción bélica.

La misma lógica es la que existe detrás del blockchain, metodología descentralizada que da soporte a la gestión de las criptomonedas (ej. bitcoin, etcétera).

El citado metaverso no es otra cosa más que la consecución e instrumentación de acciones importadas del mundo real hacía el mundo virtual/digital con la posibilidad de hacer casi transparente la migración entre un universo, virtual o real, de manera inmediata.

Dicho metaverso ha estado presente desde hace mucho tiempo en el corpus de la ciencia ficción: la versión más moderna de dicho metaverso lo encontramos en la película ‘Tron’.

Claro, hoy día nos podemos incluso reír de los efectos cinematográficos justificando que haya surgido la nueva versión de ‘Tron’ hace pocos años, pero algo muy presente en los procesos de innovación tecnológica es justamente su naturaleza variable, dinámica, estocástica.

Lo que es también cierto es que la relación entre los avances de la ciencia que permiten las mejoras más significativas en la tecnología (deep tech) van por lo general siguiendo patrones predecibles, hasta el momento que aparece una innovación disruptiva, la que transforma el mercado, sobre todo por la adopción de los consumidores.

Espero sinceramente que la mayoría de los emprendimientos que veamos nacer sean aquellos que se dirijan a los ciudadanos que nos oponemos a la guerra y no para alimentar los que sacan provecho de ella.

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