Alberto Muñoz

Optimismo y Norteamérica

México no tiene la infraestructura para soportar un crecimiento endógeno similar al de los EUA, pero en su papel de socio estratégico, el sustantivo toma relevancia ante la geopolítica inherente con el origen de la pandemia.

Hace unos días Erik Brynjolfsson y George Petropoulos señalaban sobre las perspectivas de crecimiento económico que vislumbran para el período post pandemia. Resaltan la optimista y aparente “J” en las gráficas de productividad en los EUA resaltando lo difícil que ha sido salir del letargo de los últimos 15 años.

Los datos de Bureau de estadística del vecino del norte reflejan un incremento en productividad de poco más del 5 por ciento durante el primer trimestre del 2021, comparado con el promedio de 1.3 por ciento desde 2006. Todos, no solo los autores, queremos ver nuevamente el crecimiento de los años 90s que significó para México una reconfortante recuperación luego del error de diciembre del 94.

Comparto, sin embargo, el optimismo de su visión sobre todo al usar como argumento los resultados actuales de la forzada transformación digital ante la pandemia: de alguna u otra forma, esta terrible pandemia obligó a muchos sectores de la economía a innovar de manera radical en muchos de sus procesos, implicando incluso el redireccionamiento de sus inversiones hacía dichos procesos de capacitación, generando de manera obvia un mejor y mayor desempeño de sus cadenas productivas.

Además del factor tecnológico (e.g. CRISPR e IA), los autores resaltan que al menos para el caso de los EUA, los avances propios de la ciencia han generado un avance significativo en dicha productividad. Como tercer punto resaltan la prometedora política fiscal y monetaria que está tratando de impulsar su flamante y nuevo Presidente.

Si a las economías les va bien, sus políticas pueden tener cause. Si las economías no despegan, el encono crece dando argumentos de descontento y por ende, de improductividad y cero crecimiento.

México no tiene la infraestructura para soportar un crecimiento endógeno similar al de los EUA, pero en su papel de socio estratégico, el sustantivo toma relevancia ante la geopolítica inherente -y consecuente- con el origen de la pandemia: el mundo reclama una norteamérica mejor integrada. Más allá de la nueva guerra fría (discutida la semana pasada) México es parte de la cadena logística y pudiera incorporarse a la cadena de valor, pero para eso una parte del programa financiero y los estímulos fiscales a las empresas norteamericanas en búsqueda de crecimiento deben enfocar su mirada del otro lado de la frontera.

Canadá difícilmente comprometerá sus intereses políticos ante los económicos; su frágil y segmentada estratificación política económica la obliga a mantener firme su poca flexibilidad laboral. Mientras que sus aulas y profesorados son atiborrados de compromisos diplomáticos y cuotas, Canadá mantendrá en su ADN la herencia Británica, la cual todavía no termina de asimilar el Brexit y para la cual siempre tendrá escapatoria dentro del Commonwealth.

La herencia y pragmatismo norteaméricano deberá atender los asuntos migratorios como una palanca de desarrollo para compensar su mediocre crecimiento poblacional, que más allá de poder responder ante las nuevas políticas de incremento poblacional en China, se traduce en una evidente dependencia del outsourcing, a su vez, infectado de COVID-19, obligándolos a mirar con más cariño al sur: al menos con el mismo cariño que nos tienen las remesas.

Los océanos que dinamizan la dinámica económica mundial están en medio de una tormenta. Pareciera que en Norteamérica solo nos queda un barco.

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