La derecha ha ganado seis de las últimas diez elecciones presidenciales en América. En Estados Unidos, a pesar del cuestionable manejo que hizo Trump de la pandemia de COVID-19, de las acusaciones en su contra por abuso sexual y de su intento por anular las elecciones del 2020, millones de estadounidenses volvieron a votar por él cuatro años después.
Javier Milei, experto en crecimiento económico con y sin dinero, triunfó en Argentina con una plataforma que prometía cortar de tajo todos los ministerios, programas sociales y subsidios que, según él, estuvieran en contra de las libertades individuales y el libre mercado.
En Chile, el fantasma de Pinochet volvió a acabar con los sueños de Allende después de que José Antonio Kast, un admirador del dictador que calificó de venganza el encarcelamiento de oficiales pinochetistas, se alzase con la victoria en los comicios del año pasado.
En Bolivia, el electorado le dio la espalda al MAS, prefiriendo las políticas de Rodrigo Paz y el Partido Demócrata Cristiano en lugar de continuar con la lucha indigenista. Si en los primeros años del siglo XXI se creía que la derecha nunca más regresaría a nuestro continente, ahora la expectativa es que nunca se vaya.
¿A qué se debe su regreso? No es tanto que el conservadurismo se haya vuelto atractivo ideológicamente, sino que los gobiernos progresistas están perdiendo la confianza con la que gozaban. Latinoamérica presenció la victoria de Hugo Chávez en 1998 tras prometerles a los venezolanos el fin de la corrupción, de la enorme desigualdad, así como de la pobreza que los partidos de toda la vida no habían podido solucionar por décadas. Pero más de 20 años de fracasos han hecho que la mayoría de los latinoamericanos ahora repudien el chavismo, como lo demuestra una encuesta realizada por AtlasIntel, en la que 60% de los encuestados apoyó la captura de Nicolás Maduro, importando muy poco qué tan ilegal haya sido el operativo.
En Estados Unidos, pocos siguen creyendo que los demócratas se preocupen por los más desamparados, debido a que las ciudades gobernadas por ellos enfrentan una crisis de indigencia sin precedentes y no ofrecen ninguna solución. Y tampoco se compran el cuento de que los demócratas aman la paz, puesto que Obama, quien recibió el Premio Nobel de la Paz a menos de un año de empezar su mandato, dedicó su presidencia a lanzar más ataques con drones en Medio Oriente que el propio Bush. La opacidad y la hipocresía se han convertido en los males políticos del siglo, y los ciudadanos exigen líderes que demuestren un compromiso real con las causas que dicen defender.
Para que esto suceda, los partidos necesitan de alguien que los oriente para proponer metas realizables que se adecuen a sus ideas, y quién mejor para ello que los empresarios. A diferencia de los políticos, ellos son capaces de trazar un plan detallado para lograr sus objetivos y comunicarlo con claridad y sin engaños, ya que saben bien que ningún negocio termina bien si no hay transparencia entre las partes. Lo que ves es lo que hay, para bien o para mal. Desde los líderes empresariales que apoyaron la polémica jornada laboral en Argentina, hasta los jóvenes empresarios cubanos que promueven la apertura de la isla para realizar los sueños de abundancia que sus antepasados no pudieron lograr. En la antigüedad un hipócrita era aquel que no tenía que comprometerse con sus palabras; así les llamaban a los actores del teatro. En cambio, la transparencia de los motivos y objetivos empresariales tiene el potencial de purificar las ideologías, hoy tan oscuras como el chapopote.