De cualquier modo, incluso antes de los eventos del domingo pasado, tenía pensado escribir sobre el apocalipsis. Una amiga me contaba que hace poco, durante una cita, fue instruida en una de las verdades fantásticas de nuestro tiempo: que todos los millonarios del mundo ya están construyendo sus búnkers y que algunos hasta construyen ciudades privadas. Pues yo también he oído a personas así, le dije, que a veces sueñan que se consiguen una casa en un sitio “estratégico”, como Tepoztlán, donde el sufrimiento, en caso de un apocalipsis, sería mínimo, porque al depender de agua de pipas, seríamos de los primeros en morir. ¿Ustedes se acuerdan de la Bóveda del Fin del Mundo? Sí, aquella fortaleza en el hielo que resguardará las semillas de todas las plantas del planeta… inundada hace unos años gracias al cambio climático.
Entonces llegué a una conclusión: el apocalipsis se ha vuelto el Tulum de nuestra imaginación, un destino de ultra lujo enclavado en el infierno. Así como sucede con los planes para colonizar otros planetas y con los viajes en el tiempo, el fin del mundo nos mira con la nueva cara de la utopía; Tulum, o el apocalipsis, representan el anhelo de poder dejarlo todo y empezar desde cero. Por lo mismo, hoy en día el optimismo más ingenuo es el que advierte con certeza sobre la proximidad inevitable de la catástrofe.
En tiempos antiguos, cuando hablar del fin del mundo también estuvo muy de moda, el tema ayudaba a consolar la impotencia de vivir bajo el dominio de un conquistador. La opresión que sentía el pueblo de Israel bajo el yugo de griegos y romanos tenía sus cauces en la rebeldía y la profecía, que se manifestaron en figuras como la de Judas Macabeo y el Libro del Apocalipsis. En otras culturas, el fin del mundo también se imagina como un día de redención y ajuste de cuentas que trae consigo, debido a su naturaleza futurista, una especie de ensoñación.
Eventos como el del domingo pasado nos despiertan de nuestras ensoñaciones para recordarnos que el fin del mundo es un escenario demasiado bueno para ser verdad, producto de una época más juvenil del espíritu humano. En otras palabras, para reconocer el desastre en toda su magnitud, éste debe darse por hecho, para luego darse por descontado. Se equivocan, por ejemplo, quienes afirman que el derecho internacional dejó de existir la semana pasada, por la sencilla razón de que este se ha construido sobre la anarquía, estado base de las relaciones internacionales. Es como aquella frase que dice “el ‘no’ ya lo tenemos”, el “no” es la base desde donde partimos. Que el Libro del Apocalipsis, el último de la Biblia, fuera uno de los primeros en ser escritos, nos recuerda que la rebeldía, el otro elemento de los movimientos apocalípticos, puede surgir de la desesperanza, haciendo de sus victorias algo inmune al fracaso, puesto que eran imposibles.
Amanecimos este año en un mundo de terremotos y gigantes, deus ex machina que llega desde el cielo y desaparece a las personas. De cualquier modo, pese a que vivimos tiempos épicos (en el mal sentido de la palabra), casi casi mitológicos en cuanto al grado de barbarie, el heroísmo en la actualidad obtiene su mejor oportunidad de servir cuando no depende de graves emergencias ni está subordinado a primero haberlo perdido todo. Algo rescatamos el fin de semana para comenzar bien el año: la certeza de que el mundo no se va a acabar.