No nos podemos engañar: el México que amamos atraviesa una noche larga. Una noche donde la desconfianza se ha vuelto moneda de cambio y el dolor nos ha tocado a todos. Pero la noche no es nuestro destino. Porque en esa misma noche hemos visto algo que nunca se acaba: la capacidad de los mexicanos de encender pequeñas luces.
Lo hemos visto en los trabajadores que no se rinden. En familias que se levantan una y otra vez. En emprendedores que crean incluso sin garantías. En personas que ayudan, sin pedir nada a cambio. Por ello entendemos que México no necesita un sol nuevo. Necesita de luciérnagas, pequeñas luces que se enciendan por decisión propia. No para dominar, ni competir, ni dirigir, sino para existir. Que brillan porque esa es su naturaleza.
Este lunes, los pequeños empresarios que conformamos la Coparmex CDMX nos convocamos en la Basílica de Guadalupe para orar por nuestro país. Porque nos damos cuenta de que hace falta un nuevo tipo de liderazgo, para un país que ha dependido demasiado de grandes voces y grandes figuras, cuando tal vez lo que necesitaba eran millones de pequeñas luces.
Nos reunimos para invitar a cada persona en este país a encender su propia luz con la misma dignidad, la misma humildad y la misma belleza con que una luciérnaga ilumina la noche. Esta es una invitación a brillar. A ser una luz en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestro barrio, en nuestro interior.
Hoy no venimos a competir con nadie, ni a vencer a nadie, ni a sustituir a nadie. Venimos a encender la luz que cada uno ya tiene, fieles a nosotros mismos. Una luz servicial. Digna. Innegociable.
Pedimos paz, para que el miedo deje de ser el huésped de nuestras familias. Pedimos unidad, para entender que el otro no es un adversario, sino un hermano a quien necesitamos comprender. Pedimos por nuestros gobernantes, para que la historia los encuentre con sabiduría, templanza, humildad y humanidad.
Y pedimos también –con firmeza, sin ingenuidad– por aquellos que hoy generan el dolor. Por quienes han elegido el camino de la violencia, la extorsión y el crimen. Oramos para que sus corazones, endurecidos por la ambición, se quiebren ante la verdad. Que encuentren un instante de claridad, un arrepentimiento genuino, y regresen a la humanidad que perdieron en el camino. Que suelten el daño antes de que la justicia –la de los hombres y la divina– los alcance. Y pedimos por nosotros. Para tener el coraje de perdonar y también de olvidar. Para sanar sin justificar. Para construir una ley que no requiera sembrar la semilla del rencor.
Porque no queremos ser espectadores de la tragedia, sino protagonistas de la esperanza. Esa debe ser nuestra misión: ser luz en cualquier lugar en el que estemos y desde donde vengamos.
Volvamos a nuestro centro. Volvamos a la dignidad de la persona. Volvamos al respeto. Volvamos al amor por el otro. Si cada uno de nosotros se ilumina, el amanecer es inevitable. Que este mensaje viaje de mano en mano, de conciencia en conciencia, hasta que no quede un solo rincón de México que no sea alumbrado por todos nosotros.
Porque cuando una luciérnaga aparece, alegra la noche. Y cuando millones aparecen, cambia el destino.