Se ciernen nubes negras sobre Javier Milei. Su índice de popularidad ha tocado fondo, la inflación persistente y los datos de actividad económica poco alentadores han empañado el ánimo de la población, y una serie de escándalos que involucran a Milei y a su círculo más cercano han puesto al gobierno a la defensiva. Si el tercer año de mandato suele ser un campo minado en Argentina, lo es aún más para un presidente de lengua afilada y escasa empatía que se ha ganado enemigos a un ritmo impresionante. ¿Es finalmente el momento de apostar en contra del presidente anarcocapitalista más famoso del mundo?
Y, sin embargo, pese a su popularidad en descenso y una curiosa tendencia a cometer errores no forzados, sigo viendo a Milei en una posición sólida para competir por la reelección el próximo año. Una economía en recuperación —dispareja entre sectores, pero en expansión— junto con un entorno macroeconómico mejorado y la oportuna capacidad del presidente para sacar conejos del sombrero siguen siendo cartas poderosas para el mandatario, especialmente mientras la oposición continúa dividida y desorientada. Subestimar a Milei puede ser un error costoso.
El momento actual tiene un fuerte aroma a déjà vu: en septiembre, tras una dura derrota en elecciones locales, Milei también parecía estar en serios problemas en medio de una corrida contra el peso y un aumento del riesgo político. Una intervención sorpresiva del Tesoro de Estados Unidos, asegurada gracias a la estrecha alianza del gobierno con la Casa Blanca, ayudó a calmar los mercados antes de un desempeño mejor de lo esperado del partido de Milei en las elecciones legislativas de octubre.
El último conejo que el presidente sacó del sombrero no es otro que el multimillonario tecnoutópico y libertario Peter Thiel. Justo cuando Milei parecía desbordado por los escándalos, trascendió que Thiel estaba pasando tiempo en Buenos Aires, desembolsando 12 millones de dólares por una de las mansiones más emblemáticas de la ciudad. El mensaje fue claro: ¿qué mejor respaldo al experimento de Milei que uno de los principales empresarios tecnológicos del mundo fijando su atención en el país? Thiel reforzó ese mensaje al reunirse con Milei en la Casa Rosada, un encuentro que el presidente calificó de “maravilloso”. Cualesquiera que sean los motivos detrás de la presencia del magnate (incluida su obsesión con el survivalismo y supuestas inversiones en Patagonia), desató especulación y ayudó al gobierno a cambiar la conversación en un momento crucial.
Nada de esto implica subestimar la carga que enfrenta Milei. Las encuestas sugieren que, a diferencia de etapas previas de su mandato, los argentinos ahora están más preocupados por empleo, salarios y costo de vida que por la inflación, que ha aumentado más rápido que los ingresos durante cuatro meses consecutivos. Todo esto obliga al equipo económico a replantear su combinación de políticas. La estricta disciplina fiscal y monetaria del modelo de Milei —que favorece el auge del competitivo complejo de recursos naturales de Argentina, incluyendo agricultura, energía y minería, en detrimento de sectores industriales y transables intensivos en mano de obra— conlleva riesgos políticos. Beneficia al interior mientras perjudica a los centros urbanos más poblados, especialmente el Gran Buenos Aires, hogar del mayor distrito electoral del país, con mayor capacidad de movilización, vínculos históricos con el peronismo y mayor amplificación mediática.
Afortunadamente para el gobierno, los próximos meses deberían traer mejores noticias gracias a la cosecha récord de este año, que podría aliviar a los centros urbanos junto con un renovado proceso de desinflación. Aún se espera que el producto interno bruto crezca entre 3% y 4% en 2026 y 2027, lo que marcaría un tercer año consecutivo de expansión, algo que Argentina no logra desde 2008. Más allá del ruido y las apuestas contrarias, la posición macroeconómica del país ha mejorado significativamente: las necesidades de financiamiento de corto plazo parecen cubiertas, las reservas internacionales se recuperan, el primer trimestre incluso mostró un aumento en la inversión extranjera y el gobierno mantiene su ancla de superávit fiscal. Las exportaciones crecieron 30% interanual en marzo, generando el mayor superávit comercial de primer trimestre en la historia de Argentina, mientras que el déficit de cuenta corriente sigue siendo manejable. Más notable aún, un país antes sinónimo de vulnerabilidad a shocks globales está atravesando la guerra en Medio Oriente sin grandes daños en su moneda o precios de bonos.
Sé que esto puede sonar a economía vista desde 30.000 pies, y el éxito macroeconómico no siempre coincide con el ánimo en la calle. Pero esos avances tarde o temprano llegarán al argentino promedio. Además, el gobierno ahora cuenta con una mayoría operativa sólida en el Congreso.
El eslabón más débil de Milei sigue siendo la política. Si el desafío es atravesar una transición económica que pone a prueba la paciencia pública, el presidente debería proyectar serenidad y concentrarse en comunicar el futuro más prometedor que aguarda al país. En cualquier momento, los argentinos están ansiosos, impacientes y propensos a cambios bruscos de ánimo; lo último que necesitan es un presidente que amplifique esos rasgos o se entregue a celebraciones grandilocuentes cuando el partido está lejos de terminar. Tomemos la inflación como ejemplo: la historia sugiere que tomará años que Argentina vuelva a tasas de un solo dígito. Tiene poco sentido prometer la eliminación inmediata de la inflación, como hace Milei repetidamente, porque es irrealista para él o cualquier presidente. Argentina ha promediado casi 50% de inflación anual desde 2005; tras lograr reducirla de forma significativa, no sorprende que los votantes ahora quieran que se enfoque en otra cosa. Esto obligará a Milei a ajustar su modelo reformista para una nueva fase en la que la emergencia inicial dé paso a demandas de ingresos y empleo.
Más importante aún, Milei debería finalmente asimilar las lecciones de sus momentos políticos más críticos del año pasado: ampliar su proyecto hacia sectores moderados y populares fortalecerá su mandato mucho más que perseguir una pureza ideológica estrecha, especialmente para un gobierno que parece consumido por intrigas y disputas internas. Debería realizar menos viajes al exterior de dudosa relevancia —¿realmente es tan productivo visitar Israel tres veces?— y pasar más tiempo en las provincias argentinas, donde se encuentran los votos que podrían asegurar su reelección el próximo año. En lugar de insultar a líderes empresariales y periodistas, debería acercarse a votantes que comparten sus ideas económicas y de política exterior pero se sienten incómodos con su agresividad. Y debería ser implacable con cualquiera que cargue con el peso de un escándalo, incluso si son figuras centrales de su proyecto.
Los dos presidentes anteriores de Argentina no lograron la reelección, frustrados por su incapacidad para resolver los problemas económicos del país. Pese a la turbulencia reciente, Milei está bien posicionado para romper esa tendencia. Pero 18 meses es una eternidad en política. Para tener éxito, necesitará algo más que sacar “Thiels” del sombrero.