Con el mundo estremecido por los riesgos de un shock petrolero, América Latina está en una excelente posición para fortalecer su peso geopolítico. Pero para aprovechar este momento, debe fortalecer su poder de negociación colectiva, dejar de lado sus divisiones ideológicas y reforzar su política interna, en particular en materia de crimen e inseguridad.
Según un informe reciente de Goldman Sachs Group, América Latina es una de las pocas regiones del mundo donde precios del petróleo más altos podrían traducirse en un mayor crecimiento económico.
El impacto no será uniforme: Grandes exportadores netos como Brasil, Guyana o Colombia se beneficiarían mucho más que importadores de combustibles y gas natural como México o Chile. Las presiones sobre los precios de los alimentos y la gasolina podrían desatar malestar social y obligar a los gobiernos a ampliar subsidios en medio de desafíos fiscales. Y, desde luego, un entorno de mayor volatilidad financiera rara vez favorece a los mercados emergentes.
Aun así, el conflicto llega en un momento en que los fundamentos macroeconómicos de América Latina son mucho más resilientes que en décadas pasadas. La inflación ha regresado a niveles de un solo dígito y el aumento del crudo la afectaría solo marginalmente. Los mercados laborales se mantienen sólidos y los bancos centrales cuentan con importantes reservas internacionales, además de fuerte confianza de los inversionistas y políticas monetarias prudentes.
En los últimos días, a medida que aumentaban las tensiones, las monedas latinoamericanas se depreciaron. Sin embargo, esa caída revierte solo parte de las sustanciales ganancias acumuladas en el último año. Incluso Argentina, históricamente el eslabón más débil en episodios de volatilidad global y ahora exportador neto de energía, podría recibir un ingreso extraordinario en divisas por el actual salto del petróleo y mayores precios de productos agrícolas.
En un plano más amplio, las impactantes imágenes de misiles cayendo sobre países del Golfo, que evocan la invasión de Rusia a Ucrania en 2022, ponen de relieve el valor de América Latina como región de relativa paz, ubicación estratégica y abundantes recursos.
Este continente de aproximadamente 670 millones de personas, ya en el centro de la rivalidad entre grandes potencias, adquiere aún mayor relevancia. Es clave para socios comerciales que buscan materias primas clave, multinacionales que desean construir cadenas de suministro más cortas y confiables hacia EU e inversionistas institucionales en busca de la próxima generación de grandes proyectos para financiar.
Piénselo en términos inmobiliarios: Si el mundo fuera una violenta megalópolis, el relativamente tranquilo y aislado vecindario latinoamericano se apreciaría de repente. Eso incluso antes de considerar escenarios más extremos (en caso de una Tercera Guerra Mundial, probablemente me encontrarán a salvo en la tranquila Mendoza). Prueba de ello es la mínima disrupción logística y del espacio aéreo que la región ha experimentado hasta ahora durante el conflicto con Irán.
Dicho esto, los políticos y estrategas de América Latina deberían evaluar con cuidado las ventajas de su región. La región ha desaprovechado otras valiosas oportunidades, desde la ola de globalización económica tras la caída de la Unión Soviética hasta el superciclo de materias primas de comienzos de los 2000.
La clave para evitar otro momento desperdiciado es concebir a América Latina como un todo estratégico. En lugar de quedar atrapados en una división polarizada entre izquierda y derecha, los gobiernos deberían trabajar de manera pragmática para elevar el valor de su vecindario, impulsando el comercio intrarregional, integrando los mercados energéticos, construyendo infraestructura común y fortaleciendo las instituciones democráticas.
Sí, mantener lazos estrechos con EU es importante. Existen numerosas amenazas y oportunidades compartidas, incluida la cooperación contra el crimen organizado y el narcotráfico, quizá la preocupación más urgente entre los votantes latinoamericanos hoy. Los cambios impulsados por EU en Venezuela y la posibilidad de una transición en Cuba también podrían abrir espacio para liderazgos más pragmáticos.
Sin embargo, los líderes regionales no deben ser ingenuos ni excesivamente crédulos. Washington perseguirá sus propios intereses en lo que considera su esfera de influencia. Y esos intereses no necesariamente coinciden con los de cada nación latinoamericana, especialmente con una Casa Blanca que cambia de postura con tanta rapidez.
La pomposa cumbre Escudo de las Américas, organizada por Donald Trump en su club de golf cerca de Miami durante el fin de semana, fue un burdo intento de dividir a la región entre amigos y adversarios. Por tentadora que resulte la compatibilidad ideológica, cualquier esfuerzo regional que excluya a Brasil, México y Colombia está destinado al fracaso y, en última instancia, debilita la posición estratégica de América Latina.
El giro político hacia la derecha puede, en efecto, generar políticas más favorables a la inversión —lo que Morgan Stanley describió recientemente como una “primavera” latinoamericana—. Pero una alineación ideológica plena entre más de 30 países es una quimera. La verdadera convergencia debería girar en torno a algo más simple: ampliar el tamaño de la economía regional mediante el diálogo y la cooperación.
Además, la confrontación de EE.UU. con Irán podría reducir la atención extraordinaria que Washington ha prestado a América Latina. Y aunque EU busca limitar la influencia de China, el propio Trump viajará a Pekín el próximo mes con una larga lista de asuntos bilaterales pendientes. Los líderes latinoamericanos deberían adoptar un enfoque más realista: los intereses, especialmente entre vecinos, deben prevalecer sobre la ideología.
El momento actual de América Latina podría tener una vigencia limitada. Francisco de Santibañes, presidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, con sede en Buenos Aires, advierte que a medida que se profundiza la competencia entre EU y China, será más difícil para la región equilibrar intereses económicos y geopolíticos.
“Hoy podemos implementar esta estrategia y está funcionando; mi preocupación es la evolución del conflicto entre EU y China en tres o cuatro años”, me dijo. “Más allá de las diferencias, debe existir un consenso para que América Latina siga siendo una zona de paz. Y para eso, la diplomacia es clave”.
En un mundo cada vez más fragmentado y peligroso, América Latina tiene varias cartas ganadoras. Esta vez, debe jugarlas bien.