Son minucias la quema de libros de Farheneid 451 de Ray Bradbury, la manipulación genética en El Mundo Feliz de Aldos Huxley, la clonación en Nunca me Abandones de Kazuo Ishiguro, la guerra por el control de las galaxias en Star Wars de George Lucas. Incluso parecen simples las realidades paralelas en 1Q84 de Haruki Murakami o el catálogo de vidas en La del Pirata Cojo de Joaquín Sabina.
La dinámica social, económica, política –y todas las demás– se transforman como en una novela futurista y compleja y demandante. Los metaversos, que nada tienen que ver con la literatura, se multiplican y abren portales a la virtualidad para poder vivir otras vidas que nunca iban a ser y prometedoras, con más dimensiones y mínimas limitaciones para manejar el espacio y el tiempo.
Quién iba imaginarse el trasiego del dinero, del arte, de contratos, valores en blockchains. Ya se perfilan como propulsores de la transparencia las transacciones codificadas, pero rastreables e incorruptibles. La emisión de votos y su cómputo incuestionables, imposibles de anular por interpretaciones jurídicas posteriores y a veces convenientes. Y más futuro controlado por los blockchains y que serán la base para la Web 3 que va por descentralización de la Internet.
Lo escribo y no lo acabo de comprender, sólo reproduzco lo que empiezo a imaginar como en un Aleph –del tipo de Borges–. Siento cómo crujen las neuronas tratando de configurar el panorama, pero resulta innecesario, la Inteligencia Artificial ya lo muestra en hologramas a través de unos lentes inmersivos.
Es una tentación creer que puede obviarse el esfuerzo y que nadie gobierna una máquina que todo empieza a controlar. Como en Matrix, un laboratorio con cuerpos en posición fetal conectados a una central y viviendo la virtualidad sin imaginar la realidad de las humildes tres dimensiones que le dieron posibilidades a la humanidad. Esa raza animal que empezó por crear conocimiento para controlar a la naturaleza, la que se inventó la Ciencia. La misma transitó hacia la comprensión de otros fenómenos no naturales, la que después controlar pasó a comprender para otra vez controlar.
Jünger Habermas planteó la ausencia –y necesidad– de un siguiente tipo de conocimiento, el emancipatorio, aquél que libere a la persona del control prevalente, que equilibre la racionalidad matemática y la de la comunicación. La revalorización del lenguaje en todas sus expresiones para que el individuo tenga una oportunidad y la sociedad, una esperanza.
En los 90′s muchos le tiraron a loco, en los inicios del siglo XXI muchos voltearon a verle ante la Internet y su potencial. Tal vez hoy se le consulte con más fe que al oráculo de Delfos, porque se necesita de alguien que escriba una novela emancipatoria aunque sea futurista, compleja y demandante, con tal de que permita perfilar aquello que seguirá siendo humano en el futuro.
