Dado que es una columna de política pública, la pregunta obligada es ¿Qué aprendieron desde el gobierno para atender de pandemias? Inevitable volcar la memoria 12 años atrás cuando el susto de la influenza.
En febrero 2020 se detectó el primer caso COVID en San Pedro, no se encerró a la gente, se activaron operativos para el uso de cubrebocas, lo que apenas se sugería útil. A principios de marzo se creía que pasaría pronto, hasta que llegó la orden de cerrar todo. Extraño, un sinsentido en Nuevo León, las pérdidas eran ajenas y parecían esporádicas.
La estrategia nacional cerró grandes ciudades que concentraban el equipo médico especializado, marzo 19, para distribuir la crisis que se veía venir. No lo dijeron, nada explicaron, pero le dieron rienda suelta a Vive Latino allá.
Pasó abril y la crisis en el centro del país parecía más lejana mientras el tedio del “encierro voluntario” se acumulaba. México había pasado a la Fase 2 de la pandemia y en Nuevo León, poco o nada. Hasta septiembre se empezó a sentir de cerca el acecho, en diciembre la angustia de la saturación hospitalaria, la falta de respiradores –ni rentado ni comprado–, la cercanía de las pérdidas de seres queridos y la ineficacia del sistema de salud.
Medicamentos mágicos sostenían la esperanza, mientras se desmoronaban las expectativas en todo el país. Apareció la vacuna Pfizer experimental aplicada a toda la población israelita. Opiniones iban y venían, expertas y esotéricas. Debates entre el sí y el no.
El sistema hospitalario neolonés migró a centros COVID-19, la medicina preventiva se pospuso, se escuchaban historias de terror por todas partes. De muchas formas enfermeras y trabajadoras sociales principalmente, humanizaron un poco las tragedias. Sin buenas noticias reconfortaban a las familias a través de las tecnologías a la mano, ya fuera para levantar el ánimo o para despedirse del ser querido.
Febrero trajo algo de calma, los contagios y enfermos graves a la baja. El siguiente marzo empezó la vacunación a adultos mayores y a lo largo del año, todos los demás.
En 2021 ya sabemos que el cubrebocas es efectivo, que la diabetes, hipertensión, enfermedades crónicas generan las condiciones de gravedad… en la gran mayoría de los casos. Llegó la variante Delta, expectativa y encierro hasta que se confirmó lo aprendido y que las varias vacunas iban resultando efectivas.
Ahora Ómicron. Va. El bicho sigue y parece que tendremos que convivir con él algún tiempo. La manipulación de la información gubernamental está agotada. Poca gente muere de COVID, el grueso de la mortandad son las fallas en órganos vitales del cuerpo. Esto es, la política pública debe ir contra el harina, azúcares y sales causantes de las comorbilidades estandarizadas.
Ya no hay forma de cargarle al bicho las muertes por la pobreza, sino a la desnutrición, a la falta de opciones alimenticias al alcance del bolsillo y de espacios públicos para el deporte y esparcimiento. La obesidad, la vida sedentaria, el tabaquismo matan, el COVID sólo acelera el proceso.
¿Ya se ve cuál es la política pública por aprender para esta o cualquier cepa de pandemia?
