Sara Lozano

Sara Lozano: Los excesos de inclusión en las series

Las acciones afirmativas por la inclusión tienen razones para existir, pero se tienen que implantar con sensibilidad e inteligencia, no por cuotas.

Alguna vez escuché en el Encuentro Mundial de Valores una conferencia sobre el efecto de incluir temas de interés público en las series de televisión y el efecto positivo que tuvo. Recuerdo una trama policiaca que incluía un caso sobre cáncer de mama. Después del capítulo repuntaron las consultas en la Internet y se presentaron algunos testimonios positivos.

Después vi programas que trataban sobre la convivencia entre personas heterosexuales y LGTTTB+ (Modern Family, Frankie & Grace y RuPAul’s Drag Race). Otra tendencia que advertí fue la incorporación protagonistas guapos-no-blancos, mujeres Avengers y en la Liga de la Justicia. Esto es maravilloso porque siempre ha habido perfiles, aunque ocultos por la familia o por sí mismos.

Lo que ya no encajó bien fue el replanteamiento de las princesas Disney en su rol de género y la inclusión racial, son historias forzados porque las piezas de la trama no embonan. El cuento que se escribió en el siglo XIX no hubiera existido de haber inclusión y mujeres emancipadas.

Cuando se trastoca la verdad, se diluye el problema y el compromiso para el futuro. En julio de 2019 escribí en esta columna sobre el Centro de Documentación del Nacional Socialismo en Múnich. Lo que más aplaudí fue la veracidad con que abordan la secuencia de errores entre las dos grandes guerras, los de la sociedad y los de quienes gobernaban. No era Hitler, sino el conjunto de intereses políticos, económicos, sociales e internacionales que lo dejaron ser y hacer, hasta que no pudieron controlarlo. Alemania asume las consecuencias de haber propiciado el nazismo.

Daña más el meter personajes a fuerza por ser discapacitados, afrodescendientes, indígenas, lesbianas o gays en las clases altas de la Europa del siglo XVIII o XIX, como si realmente hubieran sido aceptados, como si siempre hubiera sido así. Lo único que cultiva esta alteración es la ignorancia, distorsiona la memoria histórica que contiene testimonio de los errores que la humanidad no puede permitirse otra vez.

La peor historia que he visto es la del esclavo rescatado por un aristócrata español ya difunto. A cualquier sorprende ver a un afrodescendiente desayunado en la mesa con la marquesa y sus dos hijos: el marqués y el esclavo adoptado. Pero vale, me interesó saber cómo iban a desenredar esa trama.

Lega de visita la prometida del marqués, y se queda helada por la raza de su futuro cuñado. Resultó extraño que nadie se incomodara cuando empieza ocultarse, ni el marqués que toda la serie se afana en demostrar cómo quiere a su hermano; ni la marquesa lo presentaba como su hijo.

Se aleja de la convivencia familiar para no incomodar a la señorita, pero una situación crítica les lleva a convivir hasta que terminan enamorados. Ella nunca iba a casarse con él, ni siquiera cuando le ofreció escaparse a Cuba en donde iban a vivir en paz. ¡Las diferencias raciales no existían!

Derrotado, anuncia a la familia que se va porque no pertenece a esa sociedad. Entonces la marquesa le confiesa que es en realidad el hijo ilegítimo del difunto marqués. ¡Es un Castamar! Así quieren resolverlo todo, su genética anula cualquier discriminación, rechazo, maltrato o desatención. Falta agregar que los personajes buenos son blancos y católicos, sólo ellos se casan y viven felices para siempre.

Las acciones afirmativas por la inclusión tienen razones sólidas para existir, pero se tienen que aplicar con sensibilidad e inteligencia social, no por cuotas.

Sara Lozano

Sara Lozano

Preside la CME de la Comisión Estatal Electoral. Es articulista de @ElFinancieroMTY desde 2017. Relaciones gubernamentales, políticas públicas, elecciones y democracia directa. IIS @TecMonterrey y doctorante en Ciencia Política.

COLUMNAS ANTERIORES

Sara Lozano: La propia política – Maternizando a Nuevo León
Sara Lozano: Nuevo León en la agenda de la SCJN

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.