Horas y horas perdidas, días, semanas y meses improductivos. Sin embargo nos siguen pidiendo que tengamos paciencia.
Estamos en el centro de una vorágine, en medio de un sistema de vacunación ineficiente e insuficiente, que no camina. Decenas y quizá centenas de personas afectadas con los efectos secundarios de las distintas “vacunas”. Personas que estaban saludables y después de ponerse la vacuna china, pero no solo esa, terminan recorriendo a los hospitales en busca de ayuda, porque el impacto en su salud es catastrófico.
Personas saludables de pronto presentan taquicardias, ataques de pánico, insuficiencia respiratoria, agotamiento, algunos pierden hasta la capacidad de hablar con cordura. Algunos otros ya estaban así, con incapacidad para hablar con cordura
Mientras tanto, los jóvenes millenials aceptan de buena gana trabajar o estudiar desde casa, pero la verdad, se la pasan hasta altas horas de la madrugada jugando juegos de guerra como el Gears of Wars o el juego Call of Duty. Los gritos, que se escuchan hasta la madrugada, no terminan hasta que el padre, con otro grito, los obliga a terminar el jueguito.
Son horas y horas perdidas, semanas y meses improductivos. Se obscurece el propósito de vida. Se convierte en una competencia a través de la máquina y con otros equipos de guerra, para ganar o perder, con una muerte ficticia en donde se anula por completo el raciocinio y se aprende un proceso cerebral que se repite, y se repite, y se repite, y se repite, y se repite, y se repite, y se repite y se repite hasta el infinito.
La ganancia que se obtiene es difícil de aprehenderla o de comprenderla. Lo primero que se rompe es la comunicación. Nadie sabe lo que pasa por la mente de los jóvenes y ellos no muestran ningún interés por lo que sucede en el hogar. Hasta ahorita se valora más la paz aunque el precio que se tendrá que pagar después, resultará muy alto.
Los padres piensan, por ejemplo, que es mejor que estén ahí, todo el día frente a la pantalla, a que estén en la calle poniendo en riesgo su salud.
Sin embargo, es innegable que se ha roto la relación de padres e hijos. La gran pregunta que nos tendremos que hacer, en algún momento, es: ¿cómo restauramos este delicado tejido familiar?
No es posible tener actividades al aire libre. Los parques y camellones están vacíos. La vocación de generar convivencia de todos nuestros espacios verdes se están desperdiciando.
El nuevo reto de los padres es reconectar con sus hijos. Encontrar espacios en donde coincidan algunos intereses de entretenimiento de grupo y crecimiento personal.
Los padres deben darse cuenta que si pierden la confianza de sus hijos no será fácil recuperarla. Tienen que encontrar los mecanismos para mantenerse cerca de sus hijos y fortalecer sus vínculos dentro y entre la familia.
Pienso que lo primero es darnos cuenta que tenemos que mantener una actitud positiva ante las diferencias y dificultades que todos pueden estar sintiendo después de más de un año y medio de pandemia.
Leer juntos el periódico por las mañanas, compartir las tareas del hogar, asumir responsabilidades, como el cuidado y limpieza de sus mascotas, aceptar tareas que contribuyan a que la familia este más unida.
Todas estas iniciativas, aunque parezcan intrascendentes contribuyen a fortalecer los lazos.
Poner un límite a los entretenimientos pasivos, como lo son los juegos o abstraerse con el celular, puede ayudar a que todos comprendan que aun lo que nos gusta tiene que ser limitado en beneficio de la unidad familiar.
Buscar la manera de interactuar más en grupo y fomentar la convivencia, es otra manera de buscar conocer y conocerse mejor a través de las actividades, que bien pueden ser juegos de mesa.
No se ve cerca el fin de la pandemia, las vacunas están mostrando lo que siempre se dijo: si no impiden que alguien me contagie y tampoco impiden que yo contagie a alguien, entonces, ¿para qué sirven?
Ningún médico me lo ha podido explicar de manera razonable. Ya no me preocupa.
Lo que me sigue molestando es: ¿Cómo vamos a reconstruir el tejido social que tanto se ha deteriorado?
Mantengamos la esperanza. Hasta la próxima.
