El sector de la moda en América Latina atraviesa un punto de inflexión. Aunque es un motor clave de empleo, exportaciones y valor agregado, su relación con el agua se ha convertido en uno de los mayores retos ambientales y económicos del presente. Desde la obtención de fibras hasta los acabados finales, la confección de prendas demanda volúmenes significativos de un recurso cada vez más escaso. A escala global, se calcula que esta actividad genera cerca del 20% de la contaminación del agua dulce, una presión difícil de sostener en el largo plazo.
En un contexto global donde el acceso al agua será uno de los grandes desafíos económicos del siglo XXI, América Latina tiene la oportunidad de liderar una moda que combine creatividad, tecnología y responsabilidad. Frente a este escenario, las empresas del sector comienzan a entender que la gestión eficiente del agua se ha convertido en un nuevo indicador de competitividad y que el futuro del agua en la moda trae un nuevo paradigma en marcha en busca de la reducción de la huella hídrica, comprendiendo que esta decisión no es solo una cuestión reputacional: es una condición necesaria para garantizar su viabilidad a largo plazo.

El impacto comienza en la base misma de la cadena de valor. El algodón, una de las materias primas más utilizadas en la industria de la moda, requiere entre 7.000 y 29.000 litros de agua para producir un solo kilogramo de fibra, una cantidad significativamente superior a la de muchos otros cultivos. A ello se suman procesos industriales intensivos, como el teñido, que puede consumir hasta 150 litros por kilogramo de tela, además de una gestión deficiente de efluentes. En América Latina, cerca del 80% de las aguas residuales termina en cuerpos naturales sin tratamiento previo, según datos del BID
En países como Brasil, México, Perú y Colombia, la industria textil ocupa un lugar relevante dentro del entramado productivo, convirtiéndose en un actor para impulsar una transición hacia la reducción de la huella hídrica. Sin embargo, también enfrentan el desafío de modernizar prácticas que hoy elevan los costos ambientales y operativos del negocio.

La respuesta comienza con la adopción de soluciones basadas en innovación. La impresión digital textil permite reemplazar métodos analógicos que dependen de grandes volúmenes de agua y generan excedentes difíciles de absorber. Bajo este enfoque, Epson ha desarrollado tecnologías que inciden directamente en la eficiencia de los procesos.
Un caso destacado es la impresora Monna Lisa, que emplea tintas pigmentadas y elimina etapas complejas de preparación y lavado. Este sistema permite disminuir hasta en un 97% el consumo de agua frente a técnicas tradicionales, al tiempo que habilita esquemas de producción bajo demanda, evitando desperdicios asociados a la sobreoferta. Su formato compacto también facilita una manufactura más cercana al punto de venta, acortando trayectos logísticos y reduciendo emisiones.
En paralelo, la compañía impulsa Dry Fiber, un proceso avanzado que desfibra prendas usadas y recortes textiles para crear nuevos materiales sin utilizar agua (solo requiere un nivel moderado de humedad). Este avance refuerza la lógica de la economía circular y abre la puerta a mayores tasas de reciclaje. Su aplicación ya fue demostrada en la alta costura por el diseñador japonés Yuima Nakazato, quien presentó en la Semana de la Alta Costura en París piezas elaboradas con este enfoque.
La industria de la moda tiene frente a sí una oportunidad concreta: integrar tecnología para reducir su impacto hídrico y fortalecer su competitividad. En América Latina, cada innovación adoptada representa un paso hacia un modelo más resiliente, donde eficiencia y responsabilidad avanzan en la misma dirección.
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