En México, las tarjetas de crédito se mantienen como uno de los instrumentos de financiamiento más extendidos. De acuerdo con cifras del Banco de México (Banxico), existen más de 35 millones de plásticos en circulación. No obstante, detrás de un producto aparentemente homogéneo coexisten estructuras de cobro distintas que pueden modificar de forma sustancial el costo final del crédito.
El modelo predominante en la banca tradicional es el interés rotativo. Bajo este esquema, cuando el tarjetahabiente no liquida el saldo total antes de la fecha límite de pago, el monto pendiente comienza a generar intereses con base en una tasa anual previamente pactada. Una referencia frecuente en el mercado ronda el 48% anual, equivalente a aproximadamente 4% mensual.
En términos prácticos, un adeudo de 5,000 pesos no cubierto en su totalidad podría generar alrededor de 200 pesos de intereses en el primer periodo. Si el cliente opta por cubrir únicamente el pago mínimo, el saldo remanente continuará generando cargos y puede entrar en un proceso de capitalización, es decir, intereses sobre intereses. Este mecanismo explica por qué los adeudos prolongados tienden a incrementarse de manera acelerada cuando no existe una estrategia clara de amortización.
En contraste, en los últimos años han surgido esquemas alternativos que sustituyen la tasa porcentual por una comisión fija diaria. Un ejemplo es NOVACARD, cuya estructura contempla 14 días para realizar consumos y 14 adicionales para liquidar el saldo sin costo. En caso de extender el plazo, se activa una cuota diaria de 29 pesos más IVA por el uso de la línea.

La diferencia fundamental radica en la metodología de cálculo. En lugar de aplicar un porcentaje anual abstracto, el costo se determina en función del número exacto de días en que el saldo permanece pendiente. No existe capitalización periódica. El monto final resulta de sumar al saldo original el total de comisiones acumuladas durante el periodo adicional. Esta configuración ofrece mayor previsibilidad, aunque no necesariamente implica un menor costo nominal en todos los escenarios.
La conveniencia de uno u otro esquema depende, en gran medida, del comportamiento financiero del usuario. Para quienes liquidan el total dentro del periodo de gracia, ambos modelos pueden resultar equivalentes en términos de costo financiero: cero cargos adicionales. En estos casos, la decisión suele centrarse en beneficios complementarios, programas de recompensas o condiciones de acceso.
Para quienes difieren pagos por lapsos breves, el análisis requiere mayor detalle. En el sistema tradicional, el interés se calcula de manera mensual, aun cuando el retraso haya sido de pocos días. En el modelo de comisión diaria, el cargo se limita estrictamente al tiempo utilizado. Sin embargo, dependiendo del monto y del número de días, la suma de cuotas podría superar el interés generado en una tarjeta con tasa competitiva.
En adeudos prolongados, ambos esquemas pueden resultar onerosos: en uno, por la capitalización; en el otro, por la acumulación constante de cargos diarios.
En un entorno financiero cada vez más diversificado, la evaluación no debe limitarse al tipo de cobro. La disciplina de pago, la planeación del gasto y la comprensión de las condiciones contractuales continúan siendo los factores determinantes para que el crédito funcione como herramienta de liquidez y no como fuente de presión financiera.




