Siempre que escucho “revisión del Tratado Comercial”, me acuerdo de esas juntas donde alguien dice: “nomás vamos a revisar el procedimiento”. Pero en realidad son cambios de último minuto, formatos nuevos y más trabajo para el mismo equipo de siempre.
Porque cada vez que un acuerdo comercial se pone sobre la mesa, alguien tiene que ajustar su operación, su plantilla, su proceso… y muchas veces ese “alguien” no tiene margen de error.
Hace poco, Rebeca Maldonado, una empresaria de Regiolandia que fabrica autopartes para transporte pesado, lo resumió sin rodeos:“Nosotros no negociamos tratados, pero sí pagamos los platos rotos.”
Y tiene razón. Para su empresa Manufacturas Metálicas Maldonado, un cambio mínimo en las reglas de origen puede significar rehacer contratos, buscar proveedores locales más caros o perder al cliente. Lo que en el T-MEC parece solo una cláusula, en la planta se traduce en retrasos, facturas detenidas y empleados esperando materia prima.
La revisión del tratado no es menor. México ya anunció que propondrá nuevas reglas de origen para frenar la entrada de productos chinos. La intención es legítima: se busca proteger la industria local y asegurar que lo que se fabrica en Norteamérica realmente tenga contenido regional. Pero no olvidemos que las Pymes son las más vulnerables cuando se mueven las reglas del comercio internacional: no tienen los buffers financieros para aguantar seis meses de incertidumbre. Y mientras en los noticieros hablan de aranceles o cláusulas, en la vida real el dueño de una Pyme tiene que decidir si paga más por un insumo local o si arriesga todo con un proveedor cuestionable.
El problema es que la incertidumbre no solo es económica; también es emocional. Cuando hablas con empresarios de a pie, notas el desgaste de quienes sienten que están jugando un partido en el que no escriben las reglas. Y, sin embargo, de su capacidad de reacción depende que sus clientes sigan confiando. La paradoja es que muchos de ellos ya han vivido algo parecido: cada crisis cambiaria, cada reforma fiscal, cada disparo en el tipo de cambio se convierte en un ensayo general para lo que está por venir.
Para responder a esa necesidad, desde hace tres años la CAINTRA, a través del Centro de Competitividad de Monterrey, impulsa la iniciativa +Pymex. Los resultados hablan por sí solos: 22 grandes empresas han aumentado sus compras a Pymes por más de 2,000 millones de dólares. La supervisión del programa se realiza en una comisión de trabajo presidida por Ternium, que aporta la experiencia de más de dos décadas con su propio modelo ProPymes, enfocado en fortalecer la cadena de valor regional.
Y no es el único esfuerzo. La Secretaría de Economía de Nuevo León también impulsa el programa Pymes Competitivas, operado a través de cuatro universidades y coordinado por el World Trade Center MTY UANL. Un esquema que acompaña a las empresas en temas de gestión, finanzas y estrategia, y que muestra que sí existen apoyos para fortalecer al ecosistema local.
La revisión del T-MEC, con todo y su complejidad, puede potenciar estos programas, pero no sustituye la responsabilidad de cada Pyme de moverse a tiempo. No se trata de esperar a que llegue la solución en forma de curso, asesoría o convenio; la verdadera diferencia la marca quien toma la iniciativa, quien no necesita que le digan qué hacer para empezar a mapear su cadena de suministro, diversificar proveedores y documentar el origen de lo que produce.
No es casualidad que Deloitte haya reportado que las empresas que invierten en trazabilidad y certificaciones logran mantener clientes internacionales incluso en contextos de alta volatilidad.
El dato es frío, pero lo que deja claro es que la certificación no es una carpeta con sellos: es el idioma que hablan los clientes cuando buscan confianza. Quien no lo aprende, simplemente se queda fuera de la conversación.
Claro, decirlo es más fácil que hacerlo. Porque en la Pyme real no hay departamentos jurídicos ni ejércitos de analistas. Hay un dueño que hace de gerente, comprador, vendedor y psicólogo de su equipo. Para él, cumplir con las nuevas reglas no es un tema de “estrategia comercial”, sino de noches en vela revisando facturas y llamadas de proveedores.
Y sin embargo, ahí está la semilla de la ventaja competitiva. Quien logre convertir la disciplina en hábito podrá transformar la incertidumbre en oportunidad.
Cuando las reglas cambian, las Pymes tienen dos caminos: quedarse en la queja de la incertidumbre… o convertirla en ventaja. Y aunque la tentación sea esperar a que pase la tormenta, la historia nos ha demostrado que los que se mueven en medio de ella son los que llegan primero al puerto.
¡Hasta la próxima!
El autor es especialista en Excelencia Operativa y autor de Habilidades Híbridas. Semanalmente comparte reflexiones sobre negocios, liderazgo y cultura organizacional en linkedin.com/in/cesargonzalezislas y en https://csargonzlez.substack.com




