China cuenta con seiscientos millones de cámaras que te monitorean 24/7. Un punto menos por cruzar la calle en rojo. Cinco menos por una infracción de tránsito. Hasta treinta más si haces algo que la ciudad considera ejemplar.
Dependiendo de ese saldo, un chino puede perder la posibilidad de comprar un boleto de avión, de subirse a un tren de alta velocidad, de rentar una bicicleta pública, de inscribir a su hijo en ciertas escuelas o de ser representante legal de una compañía.
Si debes dinero y no pagas, hay ciudades donde quien te marca no escucha el tono. Escucha una grabación que avisa que la persona del otro lado está en la lista de deshonestos. Y después la llamada entra.
En Jinan, si paseas a tu perro sin correa dos veces, te lo confiscan.
La lista de lo que resta puntos se vuelve absurda rápido. No visitar a tus padres con suficiente frecuencia. Ser grosero con tus vecinos. Tirar basura. Hacer trampa en videojuegos en línea. No presentarte a una reservación de restaurante sin cancelar.
En una colonia de Rongcheng, los propios residentes agregaron castigos por difundir religión y por hablar mal de alguien en internet. En Suining, ciudad que probó el sistema en 2010, se restaban puntos por presentar quejas ante autoridades superiores. Es decir, por reclamarle al gobierno.
Este último no es un error de diseño.
Es un sistema extremo, que funciona y que tiene riesgos evidentes. Lo que nadie explica es porqué existe.
Hasta 2014, casi el veinte por ciento de los chinos no tenía cuenta bancaria. Nosotros tenemos Buró de Crédito desde hace treinta años. Estados Unidos lleva más de cien años con el suyo. China no tenía nada equivalente.
Y no era solo la falta del buró. Era la falta de la información que el buró produce.
Un historial crediticio no dice solo si pagas. Dice si cumples tu palabra cuando nadie te obliga. Es una señal de honestidad disfrazada de dato financiero. En sociedades que crecieron despacio, esa señal se acumula por otras vías. El apellido de una familia conocida en el pueblo. El proveedor con el que tu papá trabajó veinte años. Dónde estudiaste. Quién te recomienda porque te conoce de toda la vida.
Ninguna de esas señales necesita tecnología. Necesita tiempo.
China pasó de economía rural a segunda potencia mundial en una generación. Cientos de millones de personas dejaron su pueblo y llegaron a ciudades donde nadie sabía quiénes eran. Su reputación quedó atrás y no era portátil.
Hay algo todavía más incómodo en el diseño. El sistema no genera confianza entre ciudadanos. La centraliza.
Durante la Revolución Cultural, entre 1966 y 1976, el partido convirtió la denuncia en virtud cívica. Hijos denunciaron a padres. Vecinos denunciaron a vecinos. Millones murieron en esas purgas. Sesenta años después, el mecanismo es el mismo con mejor infraestructura. Antes se invitaba a los ciudadanos a delatarse entre sí. Ahora existe la capacidad tecnológica de hacerlo sin pedirles permiso.
Nadie confía en su vecino. Todos confían en la base de datos.
Definitivamente funciona. Las quejas por perros sueltos en Jinan cayeron cuarenta y tres por ciento en un año. Ocho de cada diez dueños empezaron a usar correas. En Rongcheng, un empresario contó que la gente empezó a frenar en los cruces peatonales, algo que el periodista que lo entrevistó dijo no haber visto nunca en otra ciudad china.
Y también arruina vidas sin que nadie tenga que probar nada. Si le caes mal a un burócrata, si le caes mal a alguien del partido, el castigo no requiere juicio.
Trece millones de personas están en listas negras permanentes. En 2018, esas listas bloquearon 17.5 millones de intentos de comprar un boleto de avión y 5.5 millones de boletos de tren. Un periodista pagó una multa judicial a la cuenta equivocada, el tribunal jamás le avisó del error, y se enteró de que estaba en la lista cuando una aplicación le rechazó un vuelo. Corrigió el pago ese mismo día. Años después sigue en la lista.
No hubo audiencia. No hubo notificación. No hay instancia donde apelar.
Ahí está el problema real, y no es chino.
Hasta hoy, todo esto exigía seiscientos millones de cámaras de alta resolución, laboratorios de reconocimiento facial y presupuesto de superpotencia. Era carísimo, y ser carísimo era la única protección que teníamos. Solo una economía del tamaño de China podría intentarlo.
Con inteligencia artificial deja de serlo. Los modelos de visión que hace cinco años costaban millones hoy corren en hardware comercial. Ya no hacen falta cámaras caras, un modelo actual reconstruye lo que una cámara mediocre no alcanza a ver. Un dron cubre en una tarde lo que antes exigía cablear una ciudad entera. Y las señales de comportamiento ya no vienen solo de video, vienen del teléfono, del pago digital, del patrón de consumo, de con quién hablas y a qué hora.
Creo que el debate se está haciendo en el lugar equivocado. Nos preguntamos si China es Orwell y no nos preguntamos qué pasa cuando esto cueste lo mismo que una aplicación de iPhone.
Un país con instituciones débiles, evasión fiscal alta y desconfianza generalizada tiene los mismos síntomas que China tenía en 2014. Y va a tener, muy pronto, la misma herramienta al alcance. Sin necesidad de un partido único, sin necesidad de una superpotencia detrás.
Los beneficios se van a vender primero. Cumplimiento fiscal, seguridad vial, control sanitario. Todos suenan razonables porque lo son.
Lo que casi nunca se discute antes es quién puede agregar un renglón a la lista, y a quién le reclamas cuando el renglón está mal.
Hasta la próxima, Manuel.
