En poco más de un año, el presidente Trump se ha empeñado en hacer que los inversionistas globales busquen disminuir sus posiciones en dólares, en las distintas clases de activos. Las políticas económicas y geopolíticas impulsadas en su segundo mandato han acelerado un proceso que llevaba años gestándose: el replanteamiento del peso excesivo de Estados Unidos en las carteras globales. A medida que se desvanecen las ventajas que durante décadas justificaron la concentración de capital en activos estadounidenses, los inversionistas comienzan a buscar alternativas mejor diversificadas y con mayor potencial de crecimiento fuera de ese gran mercado.
El desempeño excepcional de la renta variable estadounidense tras la crisis financiera global se sustentó en una combinación poco común de factores como tasas de interés a la baja, fuertes recortes a los impuestos corporativos, la impresionante expansión cuantitativa de la Reserva Federal y una redistribución del ingreso favorable al capital. Las ganancias crecieron muy por encima del crecimiento real de la economía. Hoy, esos vientos en popa se han agotado. Las valuaciones son exigentes, el crecimiento de utilidades se modera y el riesgo de concentración es evidente: en los últimos años, un puñado de empresas ha explicado la mayor parte del rendimiento del mercado neoyorquino (Las 7 gigantes tecnológicas).
A ello se suma el deterioro del entorno político y fiscal, la incertidumbre arancelaria, los cuestionamientos a la independencia de la Reserva Federal, y a las agencias federales de estadísticas laborales, el alza sostenida de la deuda pública, las faltas al Estado de derecho, y una política exterior más errática, han elevado la prima de riesgo sobre Estados Unidos. Incluso el estatus incuestionable de los bonos del Tesoro como activo libre de riesgo comienza a ser revisado. El dólar ha dejado de ser un viento en popa para los inversionistas internacionales.
En términos relativos, la participación de inversionistas extranjeros en la tenencia de bonos del Tesoro alcanzó un máximo cercano a 34–35% en el 2014 y desde entonces ha descendido gradualmente, ubicándose alrededor de 30% hacia 2024–2025.
Donde esta tendencia es más grave es en las reservas internacionales de los bancos centrales. La proporción del dólar en las reservas globales alcanzó su máximo a comienzos del siglo en 71.5%. Desde entonces, ha seguido una trayectoria descendente. El “privilegio exorbitante” del dólar persiste, pero su erosión es lenta y constante, impulsada por la diversificación de reservas hacia otras monedas y activos, en particular el oro. Reasignaciones modestas de los grandes inversionistas institucionales generan movimientos significativos de capital. Fondos soberanos, aseguradoras y fondos de pensiones —muchos con más de la mitad de sus activos en Estados Unidos— han comenzado a reducir esa exposición. El capital liberado busca nuevos destinos.
Los principales beneficiarios de este reequilibrio están siendo otros mercados desarrollados y, sobre todo, las economías emergentes. Para los inversionistas, ofrecen crecimiento estructural, menor correlación con los ciclos de las economías avanzadas y mejores retornos esperados a largo plazo.
Pero no todos los mercados emergentes están capturando esta oportunidad. México es un caso paradigmático de oportunidad desaprovechada. Lejos de atraer capital en este nuevo entorno, los datos muestran contracción persistente en la formación bruta de capital y en la inversión extranjera financiera en su mercado de deuda pública. Banxico publica que la tenencia de valores gubernamentales en manos de extranjeros cayó de 1.83 billones de pesos en diciembre de 2023 a 1.74 billones de pesos al cierre de 2025. Una disminución cercana a 93 mil millones de pesos en apenas dos años.
Esta dinámica refleja tanto factores globales como problemas internos: incertidumbre regulatoria, debilitamiento institucional, ausencia de una estrategia clara de crecimiento y una elevada dependencia del ciclo estadounidense. Mientras otros mercados emergentes se fortalecen, México pierde atractivo incluso en segmentos donde históricamente fue competitivo.
El reequilibrio estructural del capital global está en marcha. Para la economía mundial, implica una asignación más eficiente del ahorro, menor fragilidad sistémica y mayores oportunidades de crecimiento. La disyuntiva es clara: adaptarse y atraer capital o quedar al margen. Por ahora, México observa el movimiento desde fuera. La inversión global está cambiando de mesa, y el país, simplemente, no aparece en el menú.