La izquierda por sí misma no es una fuerza mayoritaria: Carlos Illades
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La izquierda por sí misma no es una fuerza mayoritaria: Carlos Illades

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La izquierda por sí misma no es una fuerza mayoritaria: Carlos Illades

El próximo miembro de la Academia Mexicana de la Historia indica que está por verse si la oferta de gobierno de AMLO desmonta el régimen autoritario prohijado por la Revolución mexicana.

Eduardo Bautista
10/12/2018
Carlos Illades indicó que la coalición Juntos Haremos Historia se constituyó de manera bastante laxa.
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Proviene del Marxismo, una tradición intelectual escasamente representada en la Academia Mexicana de la Historia, institución en la que Carlos Illades ocupará la Silla 10, la misma que en su momento ocuparon Luis González Obregón y Edmundo O’Gorman.

Su nombramiento –asegura– es una muestra de pluralidad en un país democrático como el que México aspira a ser, pero reacio hasta hace muy poco a dar voz pública y reconocimiento a la intelectualidad de la izquierda.

Cuando surgió la historia como disciplina moderna en el siglo XIX, con el alemán Leopold von Ranke, se planteó conocer el pasado de manera fidedigna. Su criterio de verdad se sustentaba en que las huellas de éste quedaban grabadas en las fuentes documentales (archivos, periódicos, testimonios), las cuales deberían abordarse con el auxilio de un método para escribir la historia “tal como fue”. De esta manera, la historia se constituiría como un saber particular, distinguiéndose de la crónica y de la novela histórica. Dicho criterio de verdad obviamente fortalecido por el contacto de la historia con las ciencias sociales y el empleo de nuevas fuentes permaneció vigente durante un siglo hasta que, en el último cuarto del siglo XX, se puso en duda que hubiera una realidad fuera del lenguaje. Y, al ponderarse la narración por encima de las fuentes y los métodos analíticos, el criterio de verdad con que nació la disciplina histórica perdió vigencia; en consecuencia, se diluyó la distinción entre historia y literatura, verdad y ficción. No es gratuito entonces que, actualmente, el público consuma la novela histórica como sustituta de la historia a secas. Esto, aunado a la crisis del paradigma de la razón ilustrada, nos lleva al problema de la posverdad: si no hay un criterio de verdad para distinguir lo cierto de lo falso, cualquier narración que sea medianamente coherente se valida como conocimiento.

La historia es una de las dimensiones de la realidad. Aunque ignoremos fechas y acontecimientos, nos relaciona con el entorno situándonos en el tiempo. Es parte constitutiva de nuestra cultura. Ordena nuestras expectativas futuras. También es memoria. Y, como toda memoria, obedece a una política: ¿Qué debemos recordar? ¿Cuáles son los héroes y quiénes los traidores? ¿Hasta dónde se remonta la historia nacional? (¿A Mesoamérica? ¿A la Colonia? ¿A la Independencia?). En tanto política, la memoria es un campo en disputa. Los criollos se rebelaron contra los peninsulares en la Independencia trazando un vínculo imaginario con los pueblos indígenas. Los conservadores fijaron el origen de la nación mexicana en la Colonia, y las instituciones que creó, con lo que no reconocieron los derechos de los pueblos originarios. En la posrevolución se intentó reunir a los héroes en un mismo monumento, no obstante que habían peleado entre sí. José López Portillo se creía heredero de Quetzalcóatl y el EZLN tomó como referente a Emiliano Zapata (un mestizo) para legitimar la lucha indígena. Y Felipe Calderón erigió la Estela de luz para conmemorar el bicentenario de la Independencia, despojando de toda densidad histórica el acontecimiento.

La izquierda mexicana es una corriente ideológica que surgió hace 150 años como fuerza política organizada con el objeto de resolver lo que en aquel momento se denominaba la “cuestión social”. Problemas de la sociedad moderna como la pobreza, la desigualdad, o la representación política de las clases populares, que escapaban a las perspectivas liberal y conservadora, centradas en las libertades individuales y en el orden, respectivamente. Prácticamente desde su origen, esta izquierda se expresó en México en tres vertientes todavía existentes: la socialista (socialistas románticos, comunistas, anarquistas), la socialcristiana y la nacionalista. Esta última proviene del liberalismo social decimonónico y es la que históricamente ha dominado el campo de la izquierda. Después de la Revolución Mexicana, aquel nacionalismo se reconfiguró como nacionalismo revolucionario (dentro del partido oficial) o en cuanto el nacionalismo independiente abrazado por Heberto Castillo y Demetrio Vallejo. La izquierda socialista, los comunistas en específico, no obstante que admitieron los logros sociales de la Revolución, consideraron que, cuando menos, ésta debería radicalizarse o, más aún, superarse mediante una revolución socialista, tesis que defendió José Revueltas.

La crisis del proyecto socialista condujo a la izquierda a sumarse a la corriente nacionalista mayoritaria o a incorporarse al neozapatismo, desdibujándose ideológicamente en ambos casos. Esto ocurrió cuando la vieja izquierda se integró como fuerza minoritaria dentro del PRD, posición que no mejoró cuando MORENA de desgajó de éste. Si bien MORENA es un agrupamiento de izquierda cuando menos en lo que respecta a sus postulados ideológicos, con el desdibujamiento de la tradición socialista que he señalado, la coalición que permitió la apabullante victoria electoral en julio de 2018 tiene múltiples elementos ajenos a esta corriente. Esto, en parte, porque la izquierda no es por sí misma una fuerza mayoritaria ni en México ni en el mundo; en parte, también, porque la coalición Juntos Haremos Historia (¡otra vez la apelación a la historia!) se constituyó de manera bastante laxa y no de acuerdo con un programa mínimo pactado por los aliados. La oferta de gobierno de AMLO reivindica la justicia social y no creo que atente contra los derechos conseguidos por las clases populares, pero está por verse si desmonta el régimen autoritario prohijado por la Revolución mexicana o se sirve de él para llevar a cabo sus políticas. Por más pataleos que dé, tampoco posee la fuerza suficiente para romper con el neoliberalismo (Syriza lo intentó en Grecia y acabó sometida por Bruselas) y, menos todavía, con el capitalismo. Sin embargo, la historia es un proceso abierto, por tanto, podemos pensar legítimamente que algún día esto sucederá.