Imposible no acobardarse ante la muerte: Lobo Antunes
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Imposible no acobardarse ante la muerte: Lobo Antunes

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Imposible no acobardarse ante la muerte: Lobo Antunes

bulletEl novelista dijo, en entrevista En EF y por Adela, que "mi amor por Pedro Páramo sigue intacto. Es un milagro. Ese libro es un milagro".

Redacción
12/12/2018
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Recién graduado de la escuela de medicina, cumplió su Servicio Militar en la guerra. Pasó dos años en Angola, con el que Portugal, su país, mantenía una lucha armada. De la guerra aprendió que “la suprema elegancia es la ausencia de cobardía”. Aunque, acepta, es imposible no acobardarse ante la muerte.

En su memoria tiene el recuerdo intacto de un hecho que vivió hace casi 50 años. Uno de los guardias que cuidaba de él fue abatido y Lobo Antunes se negó durante un día a sepultarlo; ordenó que lo colocaran en su cama porque creía que estaba dormido. “¿Cómo se puede aceptar la muerte de un joven de 18 años que sin haber vivido es enviado a matar?”, se pregunta en una charla con Adela Micha en su programa En EF y por Adela.

También entonces vio con mayor claridad la pobreza de la mayoría de la gente de su país. Había soldados que por primera vez se calzaban un par de zapatos antes de partir a la batalla. “Muchos nunca habían visto el mar. Me acuerdo de un viaje en tren en que uno de los soldados me dijo: ‘mi teniente: que río tan largo y con tanta espuma’. Por eso tengo un respeto, un amor y un gran orgullo por ese pueblo de marineros pobres que han conquistado el mundo solos, en barcos de 13 metros”.

Lobo Antunes visitó México recientemente como parte de la delegación de Portugal, país invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde presentó su libro reciente, No es medianoche quien quiere (Penguin Random House, 2017).

El autor de ¿Qué haré cuando todo arde? cuenta que estudió medicina para ayudar a su familia, pero desde que era niño, lo único que quería era escribir, una vocación que despertaba la suspicacia de su abuelo. “Él decía que eso era para maricas”, relata.

“Empecé a escribir porque me divertía. Por las necrológicas del periódico que compraba mi abuelo, y leía en voz alta: ‘¿Se murió a los 30? ¡Qué estúpido!’, y reía. Entonces la muerte me parecía muy divertida”, dice el escritor, quien superó un cáncer al que no se refiere con ningún calificativo. “Tuve cáncer. Tragedia es una palabra muy grande porque mi muerte no es diferente a la de los otros”.

En un momento de la charla se muestra aliviado al comprobar que la iluminación del set es la causa de que no vea bien. “Creí que me estaba quedando ciego. Iba a llamar a mi amigo Carlos Fuentes”, bromea y recuerda a otro mexicano entre sus amigos: “Se llama Juan Rulfo. Nunca nos hemos visto pero somos muy amigos. Lo encontré en mi adolescencia y es curioso porque los libros que te gustan a los 18 no suelen gustarte a los 28 y mi amor por Pedro Páramo sigue intacto. Es un milagro. Ese libro es un milagro”.