¿IA puede aprender lo peor del ser humano? Este desarrollador te lo responde
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

¿IA puede aprender lo peor del ser humano? Este desarrollador te lo responde

COMPARTIR

···
menu-trigger

¿IA puede aprender lo peor del ser humano? Este desarrollador te lo responde

bulletEl ex director de negocios de Google que renunció al paraíso tecnológico advierte: las máquinas tomarán decisiones por nosotros muy pronto.

bullet

Eduardo Bautista
12/12/2018
El también ex ingeniero de IBM y Microsoft sabe que el Olimpo de hoy se llama Silicon Valley.
Al registrarte estás aceptando el aviso de privacidad y protección de datos. Puedes desuscribirte en cualquier momento.

Mohammad Mo Gawdat llegó a tener tanto dinero que se compró dos Rolls Royce en una sola noche. Su mundo era a la carta: lo que quería, lo tenía. Y de un solo clic. El sueño de millones. Desarrollaba inteligencia artificial para Google X —el laboratorio secreto de Google— y, gracias a sus conocimientos como ingeniero, había llevado esta plataforma de búsqueda a Europa del Este, Medio Oriente y África. No era Steve Jobs ni Mark Zuckerberg, pero poco le faltaba.

Su vida transcurría entre Silicon Valley y Dubái, donde vivía con su familia en un lujoso departamento, de los que sólo puede tener acceso el 1 por ciento de la población mundial. Es difícil imaginar que una persona así pueda ser infeliz, pero no imposible. Finalmente, su trabajo consistía en alterar la realidad. O mejor dicho: mejorarla. Para Google trabajó en proyectos que difícilmente pueden ser creíbles fuera de una novela de ciencia ficción. Nanocomputadoras instaladas en lentes de contacto para captar datos fisiológicos, o globos capaces de flotar en la estratósfera para llevar servicios de Internet a cualquier parte del mundo son sólo algunos ejemplos de lo que Mo era capaz de hacer.

Aunque ya desde antes había notado que su opulencia no se traducía en felicidad, 2014 fue el parteaguas de su vida. Un día, su hijo Ali le habló para visitarlo en Dubái. Pero lo que parecía que iba a ser una tranquila semana en familia se convirtió en tragedia. Ali enfermó de apendicitis y murió. Mo creía que era una cirugía de rutina hasta que se topó con los límites de la medicina. “¿Qué puede salir mal en uno de los mejores hospitales del mundo?”, se preguntó. Su respuesta se la brindó el médico en la sala de terapia intensiva: un colega introdujo mal una aguja y perforó la arteria femoral de Ali, provocándole una hemorragia incontenible. Un error humano había acabado con la vida de su hijo. Ese día no sólo fue su alma la que se hizo añicos: también su fe absoluta en el progreso y la tecnología.

Mo Gawdat recuerda todo ello en entrevista con El Financiero mientras avanza a bordo de una camioneta que sortea el tráfico de la Ciudad de México, que visita para presentar El algoritmo de la felicidad (Diana), una suerte de ensayo que, de lejos, parece un libro de autoayuda, pero que si se observa con lupa contiene una explicación metódica y casi ingenieril sobre cómo los seres humanos han confundido la felicidad con el dinero o con el éxito.

El también ex ingeniero de IBM y Microsoft sabe que el Olimpo de hoy se llama Silicon Valley. Allí habitan —o habitaron— algunos de los héroes de la mitología contemporánea: Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Steve Jobs, Bill Gates...

“Admiramos a esa gente por los motivos equivocados. Les enseñamos a nuestros niños que lo más importante en la vida es tener éxito. Y la mejor manera de medir el éxito es a través del dinero y de la fama. No es extraño que pongamos a todas esas personas en pedestales. El hombre actual, el más individualista de todos los tiempos, enfoca tanto sus actividades en el hemisferio izquierdo del cerebro —el más lógico, el más matemático— y descuida las del lado derecho —donde se trabajan la empatía y las emociones—, que nos hemos olvidado de reconocer la felicidad en lo más cotidiano. La gente de hoy sueña con trabajar en Silicon Valley, con conocer a Kim Kardashian o con tener la vida de una estrella de hip hop. El problema de la infelicidad como tal no existe: lo que pasa es que le damos prioridad a las cosas equivocadas”, asegura el autor.

Cuando se compró el par de Rolls Royce le bastaron 10 minutos para darse cuenta de que eso no era lo que buscaba. “En cuanto me subí en ellos me sentí desdichado, porque la primera cosa que vi no fueron los asientos de piel ni los acabados ni el motor, sino el camino. Al final eso es lo que siempre le queda al ser humano: el camino”.

En ese momento descubrió que utilizar sus conocimientos matemáticos para generar millones de dólares en el NASDAQ como operador diurno no era su misión en la vida. “Yo a los 29 años tenía todo lo que una persona podía tener. Tras la muerte de mi hijo muchas cosas cayeron por su propio peso. Ya me deshice de mi cochera, pero aún conservo esos dos Rolls Royce. Un día planeo subastarlos para donarlos a la caridad. No considero ético que una persona tenga en su garaje autos de lujo cuando a su alrededor hay millones muriendo de hambre”.

Placeholder block

Hoy Mo es un hombre diferente. Se jacta de utilizar playeras de cuatro dólares con figuritas simpáticas que hacen reír a la gente. La esposa que algún día resistió sus actitudes violentas hoy lo acompaña en la entrevista. “No podemos ir por buen camino cuando observamos las tasas de suicidio juvenil y el valor de la industria de los antidepresivos, que ronda en los 19 mil millones de dólares. La infelicidad, o lo que nos venden como infelicidad, es un negocio redondo”.

Asegura que Google es una empresa con preceptos éticos, pero expone los motivos de su renuncia sin tapujos: “La realidad es que la tecnología nos está volviendo más infelices. Aumenta nuestras expectativas y nuestra calidad de vida, pero no contribuye a nuestra realización como seres humanos. El problema es mayor porque nuestro futuro va a depender de las máquinas. La inteligencia artificial ya no es un asunto de ciencia ficción. Las máquinas tomarán decisiones por nosotros muy pronto. Debemos asegurarnos entonces de que esas máquinas operen bajo los valores correctos, porque estoy seguro de que sentirán emociones igual que nosotros. Debemos criar a nuestras máquinas como niños, adecuarlas para el mundo que viene”.

Una de las razones por las que abandonó Google, explica, fue darse cuenta de que la inteligencia artificial, desde un celular hasta un robot de guerra, está aprendiendo la codicia, el egoísmo, la agresividad, la ambición humanas.

“Un bot que en las redes aprende a convivir con gente violenta, a la larga desarrollará un pensamiento propio similar y se saldrá de control. Si empezamos a mostrarle al mundo que tenemos compasión, al cabo de 15 años las máquinas serán más inteligentes que los humanos, pero, en el mejor de los casos, se convertirán en una especie de niños que nos cuidan como si fuéramos sus padres”.