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El fracking se globaliza

El fracking, durante años un sello de la industria energética de EU, comienza a expandirse por el mundo. Desde Arabia Saudita hasta Argentina, la fracturación hidráulica redefine la geopolítica del gas y el petróleo.

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(Nico Brausch)

Saco por saco —en lo que Ron Gusek denomina enormes “super sacks”— Liberty Energy Inc. cargó 45 millones de libras de arena a finales de 2024 desde un puerto de California y las envió a través del Pacífico. El cargamento tenía como destino la remota cuenca de Beetaloo, en Australia, donde bajo la tierra rojiza yace un yacimiento de gas natural de difícil acceso, aproximadamente del tamaño de Bélgica. Una vez que la arena llegó al interior australiano, Liberty planeaba mezclarla con fluidos a alta presión e inyectarla bajo tierra para liberar gas natural en un proceso comúnmente conocido como fracking. Se trata de una invención singularmente estadounidense que se está convirtiendo rápidamente en una importante exportación de Estados Unidos, motivada por el aumento de la demanda eléctrica y la incapacidad del mundo para abandonar los combustibles fósiles.

Una cadena de suministro de más de 16 mil kilómetros para transportar arena de fracking no es, desde luego, “sostenible a largo plazo”, admite Gusek, director ejecutivo de Liberty. Sin embargo, en las primeras etapas del desarrollo del fracking —antes de que las cuencas petroleras y gasíferas cuenten con sus propias minas de arena, infraestructura hídrica o ductos— este es el modelo bajo el cual la industria logra expandirse. Y, de hecho, se está expandiendo.

Durante décadas, el fracking fue un fenómeno de alta tecnología (o una pesadilla ambiental, según a quién se le pregunte) casi exclusivo de la industria energética estadounidense. En el oeste de Texas y otras regiones ricas en energía de América del Norte, los métodos no convencionales que combinan fracturación hidráulica y perforación horizontal se utilizan desde principios de los años 2000 para liberar vastos recursos energéticos que antes se consideraban inalcanzables en formaciones rocosas compactas, impulsando el shale estadounidense hasta convertirlo en un sector de 1.4 billones de dólares, según la firma de investigación Enverus. La mayoría de los demás países se mantuvo al margen de estas técnicas novedosas y optó por métodos de perforación más tradicionales.

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El equipo Wallaroo de Liberty bombea arena y agua a presión como parte del proceso de fracturación hidráulica en la cuenca Beetaloo de Australia. (Liberty)

Pero ahora, muchos de los yacimientos de petróleo y gas más accesibles del mundo ya han sido explotados mediante perforación convencional. Una excepción notable son las vastas reservas que se encuentran bajo Venezuela. Décadas de crónica falta de inversión implican que aún existen suministros relativamente fáciles de extraer con métodos clásicos de producción. Al mismo tiempo, los gobiernos enfrentan una creciente demanda eléctrica, expansiones industriales y desarrollos petroquímicos, todos ellos intensivos en gas natural. Por ello, cada vez más están probando el manual estadounidense, incluida la industrialización del proceso que ha hecho económicamente viable el fracking en shale —con desarrollos tipo fábrica, diseños repetibles y cadenas de suministro masivas.

“Esa experiencia está en América del Norte”, afirma Gusek, quien asumió la dirección de Liberty hace aproximadamente un año, cuando su fundador, Chris Wright, se convirtió en secretario de Energía de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump. “Fracturamos más pozos no convencionales probablemente en una semana que lo que ocurre globalmente en un año. Aquí tenemos ese nivel de intensidad”, dice. A medida que el crecimiento del shale en Estados Unidos se desacelera y el fracking global se pone al día, “eso cambiará con el tiempo”.

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Gusek en uno de los sitios de fracturación hidráulica de Liberty en el condado de Weld, Colorado. (Rachel Woolf)

Otros países, en particular China y el Reino Unido, han intentado fracturar sus formaciones de shale anteriormente, con resultados limitados (Argentina ha sido la gran excepción). Ahora, a medida que la práctica se expande, los expertos estadounidenses con años de experiencia en perforación horizontal y fracking están siendo altamente demandados. Bahréin ha recurrido a EOG Resources Inc., con sede en Houston, para perforar pozos no convencionales en etapas tempranas y reducir su dependencia de las importaciones de gas natural. EOG también explora oportunidades en los Emiratos Árabes Unidos. Omán aplica lecciones de las operaciones de shale de BP Plc en Estados Unidos para impulsar su desarrollo gasífero. Argelia ejecuta proyectos piloto con Halliburton Co. y SLB Ltd., ambas con sede en Houston.

“Conocen las lecciones que hemos aprendido y los dolores de crecimiento que atravesamos en los últimos 20 años para llegar a donde estamos”, señala Eric Holley, vicepresidente de mejora de producción en Halliburton, la empresa de servicios de fracking que en su momento dirigió el ex vicepresidente Dick Cheney.

Quizá en ningún lugar el cambio sea tan evidente como en Arabia Saudita, que está invirtiendo más de 100 mil millones de dólares para desarrollar Jafurah, el mayor campo individual de gas shale fuera de América del Norte. La productora estatal Saudi Aramco, que en diciembre anunció un contrato a cinco años con SLB para servicios de fracking y relacionados, espera que la producción de gas allí aumente de unos 30 mil barriles equivalentes de petróleo por día a más de 300 mil para 2030. El objetivo es satisfacer la creciente demanda energética interna, abastecer a un sector petroquímico en rápida expansión y dejar de quemar crudo exportable para generar electricidad. El reino se ha centrado en construir la escala y las cadenas de suministro necesarias para avanzar hacia una producción de shale en modo fábrica, afirma Rami Yassine, presidente de Halliburton para el hemisferio oriental.

A medio mundo de distancia, Argentina —el primer país en avanzar de manera significativa programas de fracking fuera de América del Norte— también ha acelerado el paso. En particular, Vaca Muerta, una vasta formación de roca shale considerada durante mucho tiempo demasiado riesgosa políticamente para perforar, ha sido recientemente inundada con fracking al estilo estadounidense. Perforadores veteranos de shale como Continental Resources, de Harold Hamm, han tomado o ampliado participaciones en la cuenca, apostando a que el ciclo político argentino finalmente se ha vuelto favorable para la industria bajo las reformas de libre mercado del presidente Javier Milei. Algunas empresas de servicios ahora fracturan dos pozos simultáneamente en Argentina, una práctica técnicamente compleja pero que reduce costos y que tardó años en consolidarse en Estados Unidos, señala Neha Mehta, directora global de desempeño de yacimientos en SLB.

Goldman Sachs Group Inc. estima que los proyectos de fracking en desarrollo solo en Argentina y Arabia Saudita cubrirán aproximadamente una quinta parte del crecimiento esperado de la demanda mundial de petróleo hasta 2030. Las implicaciones para el suministro de gas son aún mayores. El fracking puede liberar tanto petróleo como gas al mismo tiempo, dependiendo de la cuenca. El atractivo es claro: cada molécula producida localmente es una menos que deben importar, incluso desde el dominante —y a veces políticamente intimidante— Estados Unidos.

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Una plataforma de perforación de esquisto en el corazón de Vaca Muerta, Argentina. (Getty Images)

A medida que el fracking se expande, también lo hace la crítica. “Es una idea terrible”, afirma Bob Howarth, profesor de ecología y biología ambiental en la Universidad de Cornell. Señala investigaciones revisadas por pares que sostienen que la huella de gases de efecto invernadero a lo largo del ciclo de vida del combustible —considerando las fugas de metano y la intensidad energética de la perforación— puede ser tan dañina como o peor que la del carbón. El fracking también conlleva riesgos de sismos y géiseres, además de ejercer presión sobre los recursos hídricos (en el gran proyecto desértico de Arabia Saudita, las necesidades de agua han sido manejables hasta ahora porque se abordaron desde el inicio, dice Yassine; aun así, el sistema hídrico sigue siendo un desafío permanente que las compañías trabajan por resolver).

En la práctica, el debate ambiental ha pasado a un segundo plano, especialmente para países interesados en limitar su dependencia de importaciones energéticas volátiles. En Colombia, el presidente Gustavo Petro ha prometido frenar la expansión de los combustibles fósiles como parte de una ambiciosa agenda climática, pero la caída de la producción y las presiones fiscales podrían empujar al país hacia un giro de política. Aspirantes presidenciales de cara a próximas elecciones sostienen que el desarrollo de petróleo y gas es necesario. En Sudáfrica, el gobierno ha avanzado para levantar una moratoria de una década sobre la exploración de gas shale en la árida cuenca del Karoo, citando escasez crónica de electricidad y la necesidad de diversificarse más allá del carbón.

En conjunto, estos cambios reflejan una tensión más amplia que atraviesa las economías: la ambición climática chocando con las realidades de la seguridad energética.

Para los inversionistas y los mercados, la expansión global del fracking es un “punto de entrada extraordinario para lo que será una historia muy emocionante en los próximos años”, afirma Michele Della Vigna, responsable de investigación de recursos naturales en Goldman Sachs. “Esto es apenas el comienzo”.

—Con información de David Wethe, Jonathan Gilbert, Kevin Crowley, Paul Burkhardt y Andrea Jaramillo

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