Bloomberg Businessweek

La amenaza de la inflación

El mundo teme una estanflación como la que se vivió en los años 70, mayor empobrecimiento de la población con menos recursos e inestabilidad política y social.

La inflación del mes de marzo en Estados Unidos alcanzó el 8.5 por ciento a tasa anual, la mayor cifra en 41 años. El índice de precios al productor en ese mismo mes alcanzó el 11.2 por ciento. Se dice rápido pero en cerca de dos generaciones no se había visto una inflación de esas magnitudes.

En México, si bien la cifra es un poco más baja, también llegó en el mismo mes a casi 7.5 por ciento, el nivel más elevado en los últimos 21 años. Incluso en Europa, que tradicionalmente había mantenido inflaciones muy bajas, el registro de marzo fue de 7.5 por ciento, el mayor nivel en un cuarto de siglo. Una pregunta que se hace en todo el mundo es: ¿cuál será el techo de este proceso inflacionario y en qué momento llegaremos a él?

Por lo pronto, no existe una respuesta convincente. La aceleración de la inflación se produjo particularmente a partir del mes de noviembre del año pasado, pero, sobre todo, desde que se acentuó la crisis en Ucrania, en las primeras semanas del año, incluso antes de la invasión rusa.

La elevación de los precios de las materias primas como alimentos, energéticos y minerales, se convirtió en el principal factor de presión. Sin embargo algunos economistas señalan que además de este choque de oferta por mayores costos, también tenemos problemas en la demanda, por el incremento del dinero en circulación como producto de las políticas monetarias expansivas que se instrumentaron para evitar que se produjesen mayores daños económicos, producto de la pandemia.

Por ejemplo, en Estados Unidos, el M2, uno de los indicadores relevantes de la oferta monetaria, creció 41 por ciento en los últimos dos años frente a un PIB que apenas se recuperó el año pasado del efecto de la pandemia. Nos encontramos en una circunstancia compleja ya que, si bien vamos a observar políticas agresivas de los bancos centrales para elevar las tasas de interés y con ello reducir la presión de lado de la demanda, un apretón monetario excesivo podría conducir a generar obstáculos en la actividad económica con la consecuencia de producir una caída de la oferta.

El temor de todo el mundo es el regreso a la era de estanflación que vivimos en la década de los 70 y que fue muy difícil de erradicar. Requirió de aquella estrategia salvaje de Paul Volcker en la Reserva Federal que llevó las tasas de referencia arriba del 20 por ciento.

Si la guerra en Ucrania se prolonga y eventualmente las sanciones en contra de Rusia escalan, podemos estar ante una alza también prolongada en los precios de las materias primas, estableciendo una barrera para la caída de la inflación.

Una inflación prolongada no la hemos visto en el mundo desarrollado en el último medio siglo.

Una de las consecuencias de la inflación es que, además de un incremento generalizado de los precios, produce un proceso acelerado de redistribución del ingreso tanto a nivel internacional como al interior de los países.

En los últimos años los ahorradores han enfrentado una circunstancia complicada ante las bajas tasas de interés. Se produjo de facto una transferencia de recursos de quienes tenían liquidez hacia quienes recibían créditos, en virtud de las tasas reales negativas que se pagaron a los ahorradores.

Ahora pareciera que las cosas podrían ser diferentes en el futuro ante el incremento de las tasas y, quienes tienen recursos financieros podrían encontrarse en una condición en la cual podrían obtener ganancias más elevadas de sus inversiones en bonos.

Ocurriría lo opuesto a los usuarios del crédito que han disfrutado de tasas bajas y que ahora eventualmente podrían tener que pagar costos más elevados. Así, la redistribución del ingreso global tendría una dirección opuesta a la que vimos en los años anteriores.

Pero, además de este impacto en los flujos financieros, una inflación como la que estamos viendo tendrá impactos severos en la economía real y en los niveles de vida.

El incremento en los precios de los alimentos puede afectar sobre todo a las naciones más atrasadas, ya que el porcentaje del ingreso nacional que se destina a la adquisición de alimentos, muchos de ellos importados, es más elevado en la medida que el ingreso es más bajo. Al interior de cada país también puede suceder lo mismo, es decir, que los segmentos con ingresos más bajos sean los grandes perdedores, en la medida que destinan una proporción mayor de sus entradas regulares para la adquisición de comida.

Es tan crítico el problema que incluso el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, ha expresado su temor de que el mundo pueda enfrentar una hambruna en los siguientes meses.

Estos hechos económicos pueden tener también consecuencias severas en materia social y política. Será muy difícil mantener la estabilidad en muchos países ante una circunstancia de empobrecimiento adicional de los sectores con menores ingresos.

Es probable que diversos gobiernos se vean sacudidos ante situaciones de descontento en materia social y política producto de la pérdida de capacidad adquisitiva de los sectores de menores ingresos. No sería la primera vez que el alza de los precios de la comida pudiera incluso derribar gobiernos.

En el caso de México, también se puede observar que el incremento en los precios de los alimentos supera el promedio de la inflación. De acuerdo con el INEGI, mientras la inflación promedio fue de 7.45 por ciento en marzo, el incremento promedio de las frutas y verduras, esenciales para la dieta básica, superó el 20 por ciento a tasa anual.

Es probable que los próximos reportes del Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval) sobre la pobreza laboral indiquen que hay un empobrecimiento de los segmentos más pobres y un aumento de la proporción de la población cuyo ingreso no es suficiente para adquirir la canasta básica alimentaria. El reporte del cuarto trimestre del año pasado fue de 40 por ciento en la llamada pobreza laboral y se presume que el del primer trimestre marcará una cifra más elevada por el efecto de la inflación.

Aunque el salario mínimo legal ha aumentado en términos reales, la proporción tan elevada de ocupación informal impide que ese aumento repercuta en todos los segmentos sociales.

¿Cuáles serán las consecuencias políticas y sociales de este hecho en México? Esto es algo que todavía no está suficientemente claro pero que sin duda será uno de los temas centrales en la elección presidencial del 2024, donde la inflación, así prevalezca o sea del pasado inmediato, será uno de los protagonistas.

COLUMNAS ANTERIORES

Cómo Trump se convirtió en el ‘estafador en jefe’: enumeramos las maneras
La plaga que hunde a la ganadería mexicana

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.