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La elección de Sophia, la robot ciudadana

Esta robot, que recibió la ciudadanía por parte de Arabia Saudita, fue creada por la empresa Hanson Robotics, la compañía dirigida por David Hanson, quien antes de dedicarse a la inteligencia artificial creó esculturas y animatrónicos para Disney.
02 noviembre 2017 20:32 Última actualización 03 noviembre 2017 20:36
sophia

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Javier Murillo Acuña
Fundador y presidente de Metrics.

El 26 de octubre de 2017 va a ser un día que se quedará marcado en la historia de la robótica y la inteligencia artificial. El reinado de Arabia Saudita otorgó la ciudadanía a Sophia, el primer robot (humanoide) en ser distinguido con ese derecho. El acontecimiento se dio en el marco de la FII (Future Investment Initiative), evento que se realizó en Arabia Saudita y cuya misión es reunir expertos e inversionistas para analizar proyectos globales, sostenibles y de largo plazo. Alguna vez había visto yo a Sophia en un programa de Jimmy Fallon y recuerdo que no la tomé muy en serio, tal vez por la naturaleza del programa.

El evento principal del FII fue la transmisión del anuncio del otorgamiento de la ciudadanía a la robot, quien además dio una entrevista para agradecer la distinción. Más que presenciar un hecho histórico de la ciencia, me sentí en el lanzamiento de una nueva atracción de un parque de diversiones.

No pude evitar acordarme de hace 40 años cuando presencié una atracción en Disney en el que una figura de Abraham Lincoln daba un discurso de 5 minutos a la audiencia. Los invitados entraban al teatro donde se abrían las cortinas para revelar una figura de audio animatronic de Lincoln sentado en una silla (luego se ponía de pie).

Me di a la tarea de investigar más sobre Sophia y encontré que la empresa que la creó se llama Hanson Robotics, su base está en Hong Kong y su director y fundador es el doctor David Hanson, quien en su portal de internet presume que además de trabajar en el campo de la ciencia cognitiva e inteligencia artificial, ha ganado su reputación creando robots de apariencia humana por su empatía y expresiones. Aunque lo más revelador fue cuando leí que el doctor Hanson trabajó para Disney creando atracciones que incluyen esculturas y animatrónicos para sus parques de diversiones. ¡Plop!

Hanson Robotics clasifica a Sophia como una “robot social” y reclama que “está viva” aunque es evidente que sus interacciones con personas son ensayadas y da la sensación de que estamos presenciando un espectáculo. Sophia carece de sustancia humana y está más cerca del animatronic de Abraham Lincoln de Disney, que de Andrew, el robot que creó Isaac Asimov (el padre de la robótica) como personaje principal de su libro El Hombre Bicentenario, un robot que aprendió las complejidades del ser humano y logró desarrollar emociones.

Es un hecho que ni por la tecnología (por su capacidad) o por la humanidad (por su emoción) estamos listos para otorgar algún tipo de “ciudadanía robótica”. Un ciudadano por definición debe tener derechos y obligaciones, además de que debe ser libre y responsable de sus actos y ni Sophia, ni ningún otro ser (artificialmente inteligente) que existe actualmente, ya sea físico o digital (como Watson de IBM), están siquiera cerca de cumplir con dichos requerimientos. La ciudadanía se gana y los robots no se la han ganado aún.

Sin tener que entrar en el terreno ético y moral, el verdadero propósito de Arabia Saudita, el FII y Hanson Robotics para montarnos este show fue presentarnos una excelente campaña de relaciones públicas. Cuyo objetivo era obtener el compromiso del Reino para invertir 500 mil millones de dólares para construir una nueva ciudad sustentable, basada en la robótica y energías renovables.

Para ser claros, la distinción que le otorgó Arabia Saudita en la FII a Hanson Robotics, fácilmente la pudimos haber presenciado en un capítulo del programa de Shark Tank, por las mismas razones, la necesidad de inversión para un proyecto innovador.

El problema de fondo es la declaración de confianza que se dio a una tecnología que aún no es confiable. Esto sin duda traerá inquietudes sociales y éticas que los humanos no estamos listos para manejar, menos cuando pretenden que el fin justifique los medios.

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