Sismo 1985
culturas

¿Por qué la ficción se olvidó del sismo del 85?

El terremoto de 1985 configuró las bases económicas, políticas y culturales de la nación mexicana. Sin embargo, es inquietante que, a 30 años, no existan películas o novelas que narren el dolor y el horror que vivieron los millones de habitantes de la Ciudad de México.
Eduardo Bautista
17 septiembre 2015 19:6 Última actualización 18 septiembre 2015 19:33
“Nos hace falta una lectura distanciada sobre la tragedia. Y esa oportunidad sólo la puede brindar la narrativa de ficción", dice Padilla. (Cuartoscuro/Archivo)

“Nos hace falta una lectura distanciada sobre la tragedia. Y esa oportunidad sólo la puede brindar la narrativa de ficción", dice Padilla. (Cuartoscuro/Archivo)

Si hubo un evento que configuró las bases económicas, políticas y culturales de la nación mexicana, ése fue el terremoto de 1985. Sin embargo –dice el escritor Ignacio Padilla– es inquietante que, a 30 años de aquellos derrumbes, no existan películas o novelas que narren el dolor y el horror que vivieron los millones de habitantes de la Ciudad de México.

Todos los grandes eventos del siglo XX han generado narrativas en el cine y la literatura. La Revolución Mexicana, por ejemplo, generó incesantes olas de letras que hallaron su culminación en Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Pero sobre aquel sismo de 8.1 grados Richter no existe una gran película. Mucho menos una gran novela.

“Nos hace falta una lectura distanciada sobre la tragedia. Y esa oportunidad sólo la puede brindar la narrativa de ficción. El arte, a diferencia del periodismo, es no sólo mejor, sino imprescindible para que una sociedad digiera sus experiencias traumáticas colectivas”, asegura el autor de Arte y olvido del terremoto (2012, Almadía).

Para él, ha habido un exceso de registro documental y periodístico sobre el temblor, lo cual es muy legítimo, pero insuficiente para comprender las dimensiones socioculturales de aquel movimiento telúrico que, según las cifras más conservadoras, dejó más de 10 mil muertos.

“Es importante entender que el terremoto de 1985 no sólo fue un desastre natural. Fue un desastre humano que tuvo rostros, nombres y gente que se salió con la suya. El sismo desveló la grandeza y la miseria de la sociedad mexicana”, afirma Padilla.

Y es que aquella mañana no sólo se sacudió la tierra, sino la estructura misma de la sociedad. Se tuvo que caer el edificio de la PGR para que se descubrieran en el sótano a los torturados escondidos en las cajuelas de los automóviles. Se tuvieron que venir abajo cientos de casas en Tlatelolco o la Roma para sacar a la luz los grandes fraudes de la industria de la construcción. El gobierno se tuvo que negar a aplicar el programa de desastres naturales para descubrir su enorme miedo a un golpe militar.

Padilla dice que, a diferencia del cine o la literatura de ficción, las artes visuales sí se involucraron en el tema. Artistas como Felipe Ehrenberg, Gabriel Orozco o Mauricio Maillé dedicaron una parte de su obra a los desafortunados sucesos del 85.

¿Pero por qué no hay en México novelas o películas sobre el temblor? ¿Por qué la presencia del tema en nuestras expresiones artísticas fue tan breve y elusiva, tan encarnizadamente simbólica? ¿Por qué el terremoto no trascendió nunca los límites de la crónica urbana y la literatura testimonial”, se pregunta el autor.

Padilla cree, igual que Claudio Magris, que el único modo de entender las cosas es narrándolas. De otra forma –dice– la sociedad mexicana nunca podrá destrabarse del imperativo del recuerdo, siempre crudo y sin concesiones.

“Hay que llevar lo terrible a lo sublime. Las nuevas generaciones son las que deben contar lo que dejó el terremoto; son ellas quienes deben realizar el importante ejercicio de la postmemoria. La Guerra Civil Española, por ejemplo, apenas está siendo digerida por los hijos y nietos de quienes vivieron la contienda. Lo mismo pasa con los muertos de la dictadura argentina”, apunta.

El autor de Las fauces del abismo es claro: “Toda conmemoración del terremoto debe ser una reflexión sobre en qué momento perdimos el camino, cómo supimos aprovechar la oportunidad democrática y cómo la desechamos al final; cómo relegamos al olvido una experiencia que, sin embargo, no habíamos digerido del todo”.