Retrato Hablado
entrevista
Claudio García Salgó, Economista 

"Sector agropecuario, gran oportunidad y gran desperdicio"

Claudio García Salgó estudió economía después de descartar ingeniería química. Y medicina. Y de hacer a un lado el piano. Como otros itamitas, estuvo a punto de tirar la toalla poco antes de graduarse.
María Scherer Ibarra
17 marzo 2016 22:31 Última actualización 18 marzo 2016 5:0
Claudio García Salgó. (ilustración)

Claudio García Salgó. (ilustración)

Ilonka Jeczis Stark y Andrés Salgó Farkas abandonaron Hungría en 1941. Él le prometió que la llevaría a México, un país de clima compasivo. Llegaron a Grecia en tren y se embarcaron en una nave de expresidiarios con rumbo a Portugal. Ilonka se disfrazó de hombre. Agotados, se durmieron en el cuarto de calderas. Despertaron acosados por miradas hostiles. A ella se le había caído el sombrero y su pelo largo y oscuro quedó al descubierto.

Aquellos hombres compartieron sus alimentos con la pareja de judíos húngaros. Andrés correspondió dibujándoles caricaturas. En Portugal, el pintor hizo lo suyo y su mujer, graduada del conservatorio Franz Liszt de Budapest, de mesera. A los diez meses cruzaron el océano.

Andrés Salgó pintó hombro con hombro junto a los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros y Elena abrió su propia academia de música, dedicada por completo al piano. Tuvieron un hijo y una hija, y cinco nietos.

María Teresa Salgó, psiquiatra y mayor del cuerpo médico del Estado Mayor Presidencial se casó con el doctor Ricardo García. Sus dos hijos varones y los primos hermanos se sometieron a la severa maestra de piano que no toleraba los errores, mucho menos si se trataba de Claudio, el único de sus nietos con el que tocó a cuatro manos.

-Claudio tiene talento para ser concertista, sostenía la abuela.

-Eso funciona en Europa. Aquí se va a morir de hambre, refutaba su madre. “Mejor que se ponga a estudiar”.

Elena tenía dos pianos, uno de media cola y un Petrof vertical, en el que Claudio García Salgó aprendió a tocar.

“Veo el teclado con tristeza. Reconozco cada tecla pero perdí la flexibilidad en los dedos. Puedo reproducir cada sonido con el oído, pero nada más. He pensado en tomar clases de violín, pero debo prepararme para la frustración que implicará aprender un instrumento nuevo a los cuarenta y tres años”.

* * *

Por extraño que parezca, Claudio García Salgó, que ama la música, es un fanático de las motocicletas. De las Harley-Davidson, la marca fundada en 1903 por William S. Harley y Arthur Davidson y que se convirtió, durante las dos guerras mundiales, en el proveedor del ejército de los Estados Unidos.

Un dato mucho menos atractivo es que Harley también surtía a la policía capitalina. De niño, vibraba con los rugidos característicos del motor.

Su padre, traumatólogo, se opuso a que su hijo se hiciera de una. “A esta casa no entra una moto. No con mi dinero”, advertía, colérico. “He visto descraneados en terapia intensiva. He visto desmembrados”.

A los veintisiete años compró su primera Harley, usada. Tuvo que ocultarla en el garaje de la casa familiar, donde todavía vivía. Su padre ya se había expresado. A su madre le apodaba La Ley. De cualquier forma, no sabía manejar. Hasta que encontró un entrenador del cuerpo de acróbatas de la policía. “Mi vida sufrió un cambio radical”.

-¿Eres acróbata?
-Casi-, juega. El equilibrismo en dos motos no se me da; todos tenemos nuestros límites, pero sí empecé a hacer viajes largos; el más, con su esposa de Los Ángeles al Distrito Federal. Pasamos por Las Vegas, el Gran Cañón, la Ruta 66. Recorrimos cinco mil doscientos kilómetros en diez días. Una belleza...

Claudio García Salgó estudió economía después de descartar ingeniería química. Y medicina. Y de hacer a un lado el piano. Como otros itamitas, estuvo a punto de tirar la toalla poco antes de graduarse. ¿Dónde diablos iba a aplicar la curva de indiferencia Kaldor-Hicks? ¿Qué hacía con lo que sabía?

En 1996 obtuvo su primer empleo, en el sector público. Era supervisor de Banca de Desarrollo en la Secretaría de Hacienda. Intervino en los cierres del Banco Nacional de Comercio Interior y el FIDEC (Fideicomiso Fondo para el Desarrollo Comercial), del Banco de México.

Su jefe en Banca de Desarrollo se convirtió en el Director General de FIRA (Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura), cuatro fideicomisos públicos constituidos por el gobierno, que otorgan crédito a los sectores agropecuario, rural y pesquero.

En ese tiempo, reconoce, era un hombre ingenuo. “Creía que yo podía ser un agente de cambio del sistema regulatorio mexicano. Quería entender la racional del diseño de nuestras leyes para pensar como abogado, pero actuar como economista”.

Claudio García Salgó eligió Holanda para estudiar un posgrado, precisamente en Derecho y Economía. “Holanda fue pionero en la legalización de las drogas, fue pionero en la legalización del aborto, fue pionero en la legalización de la eutanasia, fue pionero en legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y todo lo hizo con base en análisis económicos, todo desde el punto de vista de utilidad pública”.

De regreso, dejó FIRA para emplearse en una sofol, cuyo objeto limitado era, de nuevo, el agro.

“Lo que hace apasionante a este sector es la gente que lo integra. La Revolución no nos ha hecho justicia. México tiene una posición geográfica privilegiada. Todavía tiene el clima, los litorales y tierra productiva para dar mucho más. El sector agropecuario representa un gran oportunidad y, lo digo con enorme tristeza, un gran desperdicio. El sector agropecuario me ha hecho sensible frente a los ritmos de México. México marcha a tres velocidades: la del norte, la del centro y la del sur. Yo creo con fervor que la tierra es de quien la hace productiva, y que no nos espante si está metido el corporativo tal o el empresario tal, porque son los que hacen trabajar a toda la cadena productiva”.

El economista trataba con empresas pequeñas y medianas por el tamaño de la sofol y la escala del negocio, hasta hace unos años.
Claudio García Salgó es Director de Agronegocios de Banamex.

“Me parece que fue Adolfo López Mateos el que dijo: ‘El que no tenga un amigo libanés que se lo busque’. Bueno, pues el que no tenga un amigo agrónomo que se lo busque”.