Retrato Hablado
entrevista
Fernando Rivera Calderón, periodista y músico 

“Me burlo de otros,
porque me puedo burlar de mí”

Fernando Rivera era el hijo del doctor de la Moctezuma, estudió derecho, tocaba el piano –a su pesar– y cantaba. Fue integrante de un grupo de rock sesentero, Los Rocking boys.
María Scherer Ibarra
05 mayo 2016 21:57 Última actualización 06 mayo 2016 5:0
Fernando rivera calderón, periodista y músico. (ilustración)

Fernando rivera calderón, periodista y músico. (ilustración)

Me preguntan si era el chistosito del salón”, pero no. Era todo lo contrario: un niño con problemas para relacionarse con sus pares, introvertido, solitario; el que se sentaba en la última fila para esconderse.

Fernando Rivera Calderón creció en la colonia Moctezuma, sobre el Circuito Interior, a unas cuadras del aeropuerto. No tuvo amigos de barrio. Guarecido en su casa, el primero de tres jugaba a ser escritor. Publicaba para sus padres libros imaginarios y anunciaba próximas ediciones como “El vampiro y sus amigos”.

Vivía en un universo femenino. Lo mimaban las abuelas, las tías y su madre, por supuesto. “Era un reyecito”. A su padre, un joven funcionario de la presidencia echeverrista, se le veía poco.

Su mamá, Aída Calderón, es ama de casa y cantante vernácula frustrada. “Ella es pura pasión”. Su padre, Prisciliano Calderón, era el señorón de Arcelia, Guerrero, el pueblo hacia donde huyó su abuela, originaria de Huetamo, en Michoacán, expulsada por los suyos, marcada por el oprobio de la violación. La madre de Prisciliano, doña Teodomira, cobijó a la niña por compasión. A los quince años la casaron con Prisciliano, que había cumplido setenta. La pareja (por llamarle de alguna manera) tuvo cinco hijos. Cuando Aída descansaba todavía en el vientre, Prisciliano falleció. La familia fue despojada hasta de su última pertenencia y despedida de Arcelia.

Fernando Rivera era el hijo del doctor de la Moctezuma, estudió derecho, tocaba el piano –a su pesar– y cantaba. Fue integrante de un grupo de rock sesentero, Los Rocking boys. “Era muy feliz escuchándolo, y hasta la fecha, cuando viene a mi casa, no se puede ir si no se echa unas rolas”.

El ingreso de su hijo a la escuela fue terrible, sobre todo la secundaria con los maristas del Instituto México, elegido por su madre para que Fernando conviviera con niños bien. Pero fue bulleado y acosado. Con los adultos, sin embargo, se desenvolvía muy bien. Los impresionaba hablándose de Mozart, de Bach, de Beethoven, de García Márquez. “Era adultoide. Curiosamente, ahora que soy adulto, soy el más pueril”.

Un compañero lo acosaba todas las mañanas en el camión. Era un gordo, enorme. “Un buen día se me ocurrió ponerle ‘Marrambo’ y cantarle una canción”. El resto de los muchachos le hizo coro y lo dejaron helado. “Los cabrones, como los políticos, no soportan que nos burlemos de ellos. De ahí entendí que el humor es un arma. Surgió como una defensa: me río o me muero”.

Yo me burlo de los demás porque me puedo burlar de mí mismo. Todo se me resbala. Me encanta reírme de los poderosos porque creo que a veces uno incide más así que con un reportaje de investigación

Para la preparatoria, el muchacho se negó a asistir al CUM. Se cambió de escuela y se hizo campeón de oratoria, creó una revista y más tarde se inscribió en la UAM Xochimilco, en comunicación. Quería estudiar teatro, pero su papá se echó para atrás. Luego hizo una maestría en historia en la UNAM, pero no la terminó, y estudio un poco de filosofía.
A los 16 años, comenzó su carrera periodística. En El Nacional, de José Carreño, escribió editoriales, reporteó deportes, espectáculos, cultura.
Pasaba los fines de semana con sus papás en Cuautla, y entró a Estéreo Armonía. Sus chambas absorbían todo su tiempo y apenas iba a la universidad.

Rivera Calderón programaba toda la tarde y hasta la medianoche. Estaba solo en la cabina, dueño del micrófono. Contralaba los niveles de audio, metía los cartuchos de los anuncios comerciales, seleccionaba música, cambiaba los discos, los espoteba, contestaba las llamadas del público y cuando terminaba la jornada, apagaba la luz, echaba la llave y andaba en bicicleta a su casa. “Era la radio total. Soy un nostálgico de aquello”.

También formó un grupo de rock con compañeros de la UAM: El cuerpo de Cristina. Escribía letras estilo Marilyn Manson, agredía los principios del catolicismo, atacaba a vírgenes y ángeles. Arrojaba crucifijos en sus conciertos, hasta que descalabró a un chamaco. Una compañía de representación, la misma de Café Tacuba, se interesó en El Cuerpo de Cristina pero con una condición:

-A partir de ahora, Cristina es una chica muy guapa con la que ustedes querían salir.

-No estás entendiendo de qué trata nuestro grupo-, lo frenó.

-Y tú no estás entendiendo de qué trata el mercado-, respondió el representante.

Frustrada su primera incursión al mundo de la música, se incorporó a Arena, una revista célebre porque en una de sus portadas apareció Angélica Rivera en bikini, junto a Black Magic, un luchador de aquéllos tiempos. La misma casa editorial creó una publicación musical en la que también participó y bautizó, La Mosca, una revista rockera undergroud.

Laboró años en Milenio, primero en la desaparecida revista y luego en el diario. Editó Mil cosas más, El ángel exterminador y El pasón.
“Jugamos con las fotos antes de los memes y con las noticias falsas antes del Deforma”. Pasó por La revista, de El Universal, y fundó con otros Emeequis.

En televisión, participó en el Canal 40 de Maerker y Gómez Leyva. Ahí se estrenó cantando sobre las noticias de coyuntura. Tuvo un late show en Canal 22, La Noche Boca Arriba, y fue parte de Matutino Exprés y Planeta 3, en Televisa, que abandonó después de algunos incidentes y demandas por cambiarle la letra a clásicos como El Rey y México Lindo y Querido.

En la radio, colaboró con Loret y con él se mudó a la W. Poco después surgió El Hueso. “Es un programa complicado, que a veces padezco”. Al mismo tiempo hacía La noche W, que tuvo que dejar porque El Hueso demanda demasiado. “Somos una familia disfuncional pero ahí nos hemos ganado una libertad insólita dentro de Televisa, que todavía me asombra”.

El Hueso es el eje de su vida profesional, lo que le permite hacer lo
que realmente ama: música (con Monocordio), libros y poemas.

Fernando Rivera Calderón lee varios libros a la vez. (“Siento que no leo suficiente, y eso me genera angustia”. Lo mismo hace con sus relaciones amorosas. Sonríe y justifica: “Viví un amor muy bello y una separación larga y difícil”.