Retrato Hablado
Entrevista
Laura García Arroyo, Lingüista y escritora

“La riqueza de su lenguaje me ató a México”

García Arroyo publicó el año pasado su primer libro, Enredados, parte de una colección de divulgación de Ediciones SM. Escribió sobre el uso de lenguaje y la irrupción de las redes sociales en la manera de comunicarnos. “Quise resaltar la parte amable de las redes, porque las desventajas las tenemos clarísimas”
María Scherer Ibarra
28 julio 2016 22:59 Última actualización 29 julio 2016 5:0
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Pronunció sus primeras palabras en París: mamá, papá, la tour. Su padre, un matemático empleado en Alcatel como analista de sistemas, los llevó ahí y poco después a Amberes, donde Laura García Arroyo comenzó la primaria y aprendió el lenguaje de los sordomudos.

La madre les enseñaba el español en casa. La pareja estaba tan preocupada porque sus hijos recibieran una educación integral, que al volver a Madrid fundaron un colegio, Amanecer, que integraba a niños con discapacidades que, junto al resto, gozaban de una granja y una huerta. En los veranos, la enviaban a Inglaterra y a Francia a perfeccionar los idiomas de los que iba adueñándose.

Esa infancia plena, de días largos, mucho deporte y más juego también le descubrió a Laura García Arroyo las palabras.

Conforme se acercaba el momento, el padre se inclinaba porque los hijos se formaran en las ciencias exactas. Pero Laura, que era buena estudiante, cojeaba en ésas materias. Lo suyo era la historia o la literatura.

Una novedosa carrera empezaba a impartirse en Madrid: Traducción e Interpretación. Su madre recortó un anuncio del periódico y lo dejó sobre el escritorio. Y ahí se abrió un mundo nuevo curioso.

La primera generación de traductores de la Universidad Pontificia de Comillas era un grupo ecléctico, hasta kitsch, de alumnos de distintas regiones de España, de diferentes edades. Laura García agregó el italiano a sus lenguas y comprendió las rarezas y las correspondencias entre los idiomas y cómo la cultura deja una huella en la manera de hablar y en la elección de los conceptos. Obtuvo becas para hacer estancias en la facultad de Aix au France, la rama de Letras de la Universidad de Marsella y en Popi y Manciano, dos pueblitos de la Toscana.

“Y terminé sabiendo un poquito de todo y mucho de nada porque esa carrera lo que hace es abrirte ventanas, así que no me preguntes a qué me dedico porque me quedo en blanco”.

Una espléndida memoria –se sabe, hasta la fecha, el código morse que aprendió de niña– no fue suficiente para que dominara la técnica de la interpretación simultánea. “Me estresaba demasiado”. Pero en esos años hizo algo más valioso: amigos, que desperdigados por el mundo, le provocan añoranza, pero le ofrecen sus casas y sus ciudades, en caso de que quiera viajar.

Después de una suplencia en una exportadora de sulfato de sodio, “otra vez mi madre, señaló: ‘¿Y en una editorial, Laura? Ellos hacen diccionarios’. En Ediciones SM, reclutaban redactores para la elaboración de un diccionario de francés. Después de tres años surgió un proyecto para adaptar uno más en México.

“Llegué con 24 años, trabajé brutalmente y dejé la vida y la salud en ese primer año. La falta de cuidado, la altura, el chile, las defensas para abajo; me dio tifoidea y salmonelosis… Como niño en la guardería: todo te cae mal hasta que te inmunizas”.

Fue un año duro. La recién llegada estaba encerrada. Iba del trabajo a su casa, a dormir. Sin embargo, una vez que concluyó el primer proyecto le ofrecieron encabezar un segundo y se quedó. “Fue fascinante porque aquí, justo yo que me dedicaba a la lexicografía, pude estudiar más sobre las palabras, los indigenismos, los códigos lingüísticos de los mexicanos, esos rodeos que hacen, esa manera de no decir nada diciendo un montón de cosas. Al principio me volvía loca y ahora yo lo hago. La riqueza que hay en México en el lenguaje y una jacaranda que se veía desde mi ventana me ataron aquí”.

Laura García Arroyo renunció a su trabajo y a su holgada vida de expatriada. Permaneció en SM como editora de libros de texto y lo dejó por las revistas de Impresiones Aéreas. En 2002, el escritor Pablo Boullosa se había presentado en SM para conocer a la correctora de diccionarios que amaba las palabras y que necesitaba conocer para su programa de televisión. “Preparaban Barra de Letras. Al primer programa invitaron a Fernando de Lara, uno de los expertos en lexicografía en México, que dirigió el diccionario del Colegio de México. A mí lo que me atrajo fue conocer a Fernando de Lara, que no resultó tan ágil ni tan cómplice como yo esperaba, pero el programa gustó y me llamaron una vez al mes”. El año siguiente aquello se convirtió en La Dichosa Palabra, con un elenco fijo al que se integró Laura García Arroyo.

“El hecho de ser mujer y extranjera es llamativo para bien y para mal. Con la explosión de las redes sociales y la interacción con los telespectadores, comenzó una manera de sufrir bonita, porque la gente te dice muchas cosas, la mayoría buenas, pero las malas son muy malas, así que aprendí a no creerme ninguna de las dos”.

En 2007 se naturalizó, se divorció e inició una relación más intensa con este país. “Por supuesto, me pasó por la cabeza regresar a España pero esta ciudad me tiene enganchada. En Europa está todo cuadrado; no hay margen. Con las crisis se ha zarandeado y despeinado un poco. Pero en México el caos es constante y me despierta, me mantiene alerta. Cuando la gente me pregunta qué me gusta de México, aunque suena narcisista, respondo que me gusta como soy yo en México”.

Laura sostiene que su vida “está hecha de añorar”. Le cuesta echar raíces, “establecer hogar”. Quizá por eso también adora viajar. Mientras escribo, ella debe haber llegado a Río de Janeiro para la cobertura de los Juegos Olímpicos.

García Arroyo publicó el año pasado su primer libro, Enredados, parte de una colección de divulgación de Ediciones SM. Escribió sobre el uso de lenguaje y la irrupción de las redes sociales en la manera de comunicarnos. “Quise resaltar la parte amable de las redes, porque las desventajas las tenemos clarísimas”. También desenreda palabras que no son nada nuevas, como arroba o avatar.

Ella vota porque las letras pierdan un poco la solemnidad, “porque la lengua está más viva que nunca y su evolución es responsabilidad de los hablantes, que hemos apretado el acelerador de modo que lo que antes tardaba décadas en cambiar, si gusta en las redes, al día siguiente le ha dado la vuelta al mundo. Y no hay academia que frene eso”.