Retrato Hablado
entrevista
Julio Patán, periodista

'Editar puede ser un oficio bonito'

Federico Patán forma parte de la generación de Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Salvador Elizondo, es un connotado traductor de la obra de Shakespeare y un experto en literatura mexicana.
María Scherer Ibarra
08 septiembre 2016 22:32 Última actualización 09 septiembre 2016 5:0
Retrato Hablado.

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Federico Patán llegó a México siendo todavía un bebé. Pertenecía a una familia proletaria de Gijón. Carmen Tobío es hija indirecta del exilio. Nació en México, en el seno de una familia aristocrática de Galicia. Sus respectivos padres, republicanos progresistas, los enviaron a estudiar, en el colegio Madrid a ella y él es un producto puro de la educación pública mexicana. En la Facultad de Filosofía y Letras se encontraron.

Patán, que es parte de la generación de Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Salvador Elizondo, es un connotado traductor de la obra de Shakespeare y un experto en literatura mexicana. Su familia se adaptó plenamente a México. Digamos que su exilio fue definitivo. La familia de Carmen Tobío, una autoridad en letras inglesas, siempre padeció de añoranza. Sus padres volvieron a Madrid, y ahí murieron.

“En casa estaba naturalmente establecida la lectura. Vaya, ni si quiera tenían que decirte ‘debes leer’ o ‘toma un libro’. Teníamos libros soviéticos porque mi familia era de izquierdas y nos enviaban títulos de la editorial Progreso, y unos cuentos populares chinos pero con un twist maoísta. Mi favorito era Emilio Salgari. Me enganchó totalmente. Hace poco, Paco Ignacio Taibo II, que escribió un libro a partir de él, me dijo que releerlo era de lo más frustrante”, cuenta Julio Patán, el nuevo conductor de “Hora 21”.

La vida académica del autor de El libro negro de la izquierda mexicana y Negocio de Chacales (su novela más reciente), se limita a dos experiencias muy divertidas para quien las escucha: el Instituto Luis Vives y la Universidad Nacional. En la preparatoria, “tenía un currículum de escándalo, es decir, en Estados Unidos no hubiera tenido suficientes créditos para trabajar en una gasolinera, con todo respeto para los trabajadores de las gasolineras”. Sin orientación y dando “bandazos”, cayó en la trampa del último año: su madre, “que arrastraba la frustración de no haberse dedicado a las ciencias duras”, trató de convertirlo en científico, “lo que es igual a tratar de convertir a un puercoespín en un conejito”.

Así lo hizo. Entró al área dos, la químico-biológica, que valía para todas las carreras. El resultado fue previsible: acreditó las materias de tronco común y reprobó las del área dos. “Lo que me pasó en cálculo diferencial e integral era para derechos humanos”.

La maestra Gally, directora del Vives y madre de uno de los amigos más entrañables de Patán, Ricardo Cayuela, le recomendó que no intentara ingresar a la UNAM con los extraordinarios a cuestas. Lo mejor, opinó, era solicitar un “cambio de área” y repetir sólo las materias correspondientes al área cuatro, de humanidades. “Levanté mi promedio y seguí en la indefinición, como todos. El gran genio de la física, por ejemplo, acabó haciendo videos malísimos; los dos que iban para biólogos acabaron tocando en una banda de rock que se llama ‘El Juguete Rabioso’ y así por el estilo…”

-¿Por qué no fuiste a Letras?

-Precisamente porque mi papá era un tipo eminente en Colegio de Letras y un crítico notable en Uno más Uno no me metí de novelista y mucho menos de poeta… Mi papá todavía da clases. Es doctor emérito en la UNAM. Insisto, eso fue lo que me salvó de entrar a la carrera de Letras que, sostengo, hace mucho daño a cualquiera que tenga cierta vocación.

Patán optó por filosofía. “Me dio clase el famoso Pelonchas, Víctor Pérez Aliñón, un maestro magnético. No me iba mal en Filosofía y además la entrada era muy fácil en aquel tiempo. Pero pronto caí en la cuenta de que los clásicos griegos son aburridísimos y que hay una serie de materias insoportables, así que empecé a coleccionar grandes desastres académicos y no me titulé”.

Gracias a un compañero, cuyo suegro dirigía el suplemento de libros de El Universal, accedió al mundo editorial. “Con esa palanca, porque no teníamos ningún mérito para publicar nada, nos dieron dos libros aburridísimos para reseñar y fue así, por accidente, que llegué al oficio de editar, porque –seamos francos– nunca conocí a alguien que dijera ‘tengo ganas de ser editor’, ‘tengo ganas de impulsar el talento de los demás’ o ‘tengo ganas de descubrir a poetas de Zacatecas’”.

Después colaboró como columnista en el suplemento cultural dominical de El Nacional, con Rafael Pérez Gay. “No se lo puedo dejar de agradecer. Mi columna era malísima, de una falta de gracia...”

Luego de un tiempo como editor de Cal y Arena y de escribir regularmente en el mismo suplemento que su padre, los sábados en Uno más Uno, publicó textos en La Jornada Semanal con Juan Villoro, algunos en Reforma, pasó de manera fugaz por La Crónica y trabajó un tiempo con Alejandro Aura en el Instituto de Cultura de la Ciudad de México, en el programa de libro clubes.

Con Ricardo Cayuela llegó a Letras Libres y con él se fue a España, a abrir la edición europea. De regreso, en 2005, Guillermo Osorno le ofreció comandar la edición de la Revista DF, “y acabé tan agotado que cuando la liquidaron tuve una especie de despertar: ¿por qué llevaba más de diez años editando si estaba harto de editar? Basta, me dije, voy a hacer free lance. Publicaba donde podía, daba clases y la pasaba muy mal económicamente. Trabajaba todo el día porque ése es el destino de los free lance: trabajar sin parar, y deber y que te deban dinero de tal suerte que cuando cae, ya no sirve para nada”.

En eso estaba cuando Jorge Volpi, recién nombrado director del Canal 22, lo nombró asesor para rediseñar los programas de libros del canal. “Entre editores pedantísimos y poetas de extrema izquierda, entregué una carpeta de trabajo con el programa listo. Sólo faltaba designar al conductor, y Volpi me dijo que lo hiciera yo. Así tuve con José Ramón Ruiz Sánchez, “Entrelíneas”, un programa semanal de libros en el que estábamos muy tiesos, y maquillados como drag queens...”

“Fue un alivio. Descubrí en la televisión una gran forma de vida. Empecé a tener un ingreso fijo que me permitía hacer otras cosas que me gustan y obtuve cierta visibilidad”.

Más adelante, Volpi le propuso que encabezara Noticias 22, y así lo hizo, hasta que Leopoldo Gómez lo fichó para Foro TV, donde hasta hace poco co-conducía “Final de Partida” con el exdirector de TVUNAM, Nicolás Alvarado.

“Años después, gracias a Carlos Puig, volví a editar. Ahora creo que editar puede ser un oficio bonito... siempre y cuando tengas una estructura eficaz”.

Julio Patán afirma que es una persona más serena.

-¿Será la edad?

-Puede ser. Lo cierto es que estoy en una zona amable de la vida, por decirlo así.