Retrato Hablado
Entrevista
Guadalupe Pineda, cantante

“Abrí el camino de la trova en México, con mucho dolor”

Guadalupe Pineda se define como “gitana”. “Cuando pasa un mes que no me subo a un avión me siento extraña”. Es raro, pero disfruta la estancia en el aeropuerto. Su larga carrera de 41 años la ha llevado a todo el mundo. Ha acumulado 31 discos grabados y ha diversificado su canto.
María Scherer Ibarra
11 agosto 2016 21:22 Última actualización 12 agosto 2016 5:0
retrato hablado

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En 1964, cuando Agustín Yáñez, escritor y exgobernador de Jalisco, fue nombrado Secretario de Educación Pública, la familia Pineda Aguilar se mudó a la Ciudad de México.

Agustín Pineda, un culto abogado tapatío, mano derecha de Yáñez, y su esposa, Josefina Aguilar, una zacatecana adherida a la fe católica, vinieron con sus tres hijos y sus tres hijas. Ambos eran seres con una intensa vida espiritual, aunque él repetía a sus críos, apenas volvían de misa en la iglesia de San Agustín, en Polanco: “Llámenle Cristo, llámenle Buda; todas las religiones son una sola y todos los Dioses uno mismo”.

Pineda sólo tuvo para sus hijos una exigencia: que obtuvieran un título profesional. Guadalupe –la cuarta, apadrinada por Yáñez– ingresó a Sociología en la Universidad Nacional, casi al mismo tiempo que contrajo matrimonio, tan breve que bien hubiera podido anularse. “Tomé la puerta falsa”, dice. En búsqueda de la libertad absoluta, se negó a volver al hogar de su familia después de la separación.

Vivió en una casa de huéspedes en la colonia Nápoles y compartió un departamento modesto con otras tres estudiantes. Cursó la carrera hasta el sexto o séptimo semestre, cuando encontró su verdadera vocación. Siempre supo que cantaba bien –entre otros, se lo había confirmado su tío, el cantante charro Antonio Aguilar– y consiguió trabajo en algunas peñas, “una escuela maravillosa para mi canto”.

“Cuando me di cuenta de que podía ganar dinero cantando, tomé la responsabilidad de convertirme en una profesional”, como le había pedido su padre. Así que estudió canto y se inscribió en talleres de poesía con David Huerta y con Carlos Illescas. Malcomía y apenas cobraba en las peñas. “Fue una época de mucha batalla pero definió mi vida”.

Pineda no aceptaba apoyo económico de sus padres, pero cuando se quedaba sin plata iba a comer a casa de una de sus hermanas. No le importaba.

Pagaba con gusto el precio de la independencia.

* * *

El último año de la preparatoria en la Academia Hispano Mexicana, Guadalupe Pineda formó parte de un círculo de estudio marxista, influenciado por las ideas de profesores republicanos exiliados en México. Con ellos leyó El Capital y la obra de Trotsky. Este grupo, cuenta, le abrió los ojos: “Comprendí otros puntos de vista y dejé atrás a la niña provinciana de Polanco que iba a la iglesia”. Después, entró como oyente a clases de economía en la UNAM y se empapó de los problemas estudiantiles y de la diversidad ideológica. Al mismo tiempo, se metió a “El familiar y social”, una escuela de la Zona Rosa en la que preparaban señoritas para las tareas femeninas: las enseñaban a bordar, a coser, a cocinar. “Ya sé, fue muy contradictorio… y muy divertido estar ahí, con la postura social crítica que había adquirido”.

En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales participó de las discusiones sobre la realidad del continente: las dictaduras en Chile, Argentina, Nicaragua, los movimientos sociales y “me dejé influir por toda esta música que me sensibilizaba a lo que ocurría en la sociedad latinoamericana. Entonces me enamoré de Violeta Parra, de Mercedes Sosa, de Alfredo Zitarrosa, de Amparo Ochoa, de Óscar Chávez y los folkloristas. Mi crecimiento como cantante se ligó a este canto comprometido”.

-Y ¿no tuviste conflicto?

-No. Lo abracé todo. Gracias a mi espiritualidad entendí al marxismo, que hablaba de una sociedad igualitaria, y pensé que su aspiración era semejante a la de la religión. No experimenté ningún choque porque no encontré incongruencias. Yo creía en la religión misericordiosa y esa ideología me parecía misericordiosa también. Ambas perseguían el bien para los demás.

Su carrera musical arrancó como integrante del grupo La Propuesta. Le siguió Sanampay (estar presente, en quechua) y, diez años después, se lanzó como solista. Empezó volando bajo: cantando para grupos tan minúsculos que difícilmente podrían llamársele audiencias, con los ojos cerrados por la vergüenza. Tomó pequeños papeles en las películas de Antonio Aguilar y, forzando un poco los argumentos, se introducían unas líneas para ella y entonaba una canción. Aquellos contratos semanales le permitían ahorrar algo de dinero.

Cantó contratada por el IMSS y el ISSSTE y en reclusorios y cárceles preventivas. En alguna disquera le ofrecieron contratarla siempre y cuando se tiñera de rubia, se vistiera con minifaldas y dejara de cantar lo que entonces era lo suyo: la nueva trova cubana y la música latinoamericanas de protesta.

“No cedí. Toqué puertas y piqué piedra. Hasta aprendí mecánica para no gastar en la afinación o en los arreglos de mi coche, que me dejó tirada más de una vez saliendo de madrugada de las peñas. Era una experta en arrancarlo en segunda”.

Convertirse en solista, hace poco más de tres décadas, le permitió grabar lo que le daba la gana. Y cuidarse las cuerdas vocales, porque con Sanampay cantaba fuera de registro y comenzaron a crecerle nódulos.

Su primer disco como solista incluyó una bomba: “Yolanda”, la canción original de Pablo Milanés, retitulada como “Te Amo”. Aunque la producción estuvo enlatada un año porque la disquera Nuestro Gran Sueño dio prioridad a artistas “de moda”, Pineda vendió un millón y medio de copias y popularizó la trova, ‘pecado’ que nunca le perdonó “la izquierda”.

“La trova sólo se oía en ciertos lugarcitos elitistas, como los café-concert; era patrimonio de la clase académica e intelectual, hasta que la grabé en 1984 y se masificó. Hubo colegas que incursionaron después en los medios y aprovecharon el camino que yo abrí con mucho dolor. La trova cubana había estado prohibida en programas como Siempre en domingo, y de pronto, pácatelas. Se escuchaba en todas partes”.

Guadalupe Pineda se define como “gitana”. “Cuando pasa un mes que no me subo a un avión me siento extraña”. Es raro, pero disfruta la estancia en el aeropuerto. Su larga carrera de 41 años la ha llevado a todo el mundo. Ha acumulado 31 discos grabados y ha diversificado su canto. La trova no lo es todo: canta ópera, tangos, baladas y sus propias composiciones. Canta en más idiomas de los que habla. Uno de sus discos, dedicado a los niños del mundo, incluye piezas en nueve idiomas. El futuro la tiene sin cuidado. Vive el presente que anhelaba: es abuela de dos niños y un tercero que está por llegar.

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