Opinión

Zviáguintsev y Östlund: oscarextranjerizando

I. EL DERRUMBE GENERALIZADO. En Leviathán (Leviathan, Rusia, 2014), absorbente opus 4 del archipremiado ruso exsoviético de Novosibirsk apenas de 50 años Andréi Zviáguintsev (El regreso 03, Elena 11), con guión suyo y de Oleg Neguin, el drama sordo del irascible mecánico ateo demasiado expuesto Kolya (Alekséi Serebyyakov) se marca y enmarca a lo largo del relato entre un par de sentencias adversas que le serán leídas in extenso por el tribunal de la marítima localidad de Berents donde reside, en la inicial es frustrado en su ambición de apoderarse de una valiosa parcela e incluso pierde el terreno de su propia casa-taller ante las expansionistas gestiones criminales del alevoso alcalde obesocristiano escrupuloso Vadim (Roman Madianov) que ha conseguido despojarlo de sus codiciadas propiedades, y de poco servirá al pobre tipo la apelación que le redacte el sagaz amigo abogángster Dmitri (Vladimir Vdovitchenkov) que lo visita desde Moscú para someter también temiblemente a chantaje al temeroso cacique regional con demasiada cola que le pisen, pero semanas después, en la postrer sentencia el infeliz iracundo Kolya será condenado a 15 años de cárcel, tras ser acusado y condenado, incluso por sus solidarios vecinos el medroso policía corrupto Pacha (Alkséi Rozin) y su impositiva mujer obrera en una empacadora de pescado Angela (Anna Oukolova), por el improbable homicidio de su joven segunda esposa y cachada amante contrita del sofisticado moscovita Lilya (Elena Liadova), tras haber desaparecido cierta mañana y al tercer día reaparecido muerta de un martillazo en la playa, siempre pavorosamente odiada por su grosero hijastro adolescente Roma (Serguéi Pokhodalev) y consumando el derrumbe generalizado de todos los asideros humanos del rudo infeliz Kolya.

El derrumbe generalizado se apoya expresivamente ante todo sobre la magnificencia de una fotografía de Mijaíl Kritschmann tan virtuosística en el paisaje de los arrecifes embravecidos como en la desnudadora observación casi clínica de los impulsos pasionales, en segundo lugar sobre una dosificadísima música ¡otra vez en Zviáguintsev! de Philip Glass, que sólo irrumpe monumentalmente acariciante, casi sarcástica, en el espléndido prólogo marino y en el epílogo idem, ambos indiferentes al maldito silencio, los aturdidores silencios pertinaces, exasperantes llenos de líricas pausas omnisugerentes, abstinentes en atmósferas asfixiantes a la intemperie geográfica y afectiva, que dominan de significativa y contrastante manera prácticamente todo el filme, socavándolo, y en tercer término eminente, sobre una andadura contemplativa y lenta de las acciones de ese drama escueto, de antemano al desnudo, nefando, en torno a la corrupción prevaleciente y la ausencia de justicia en la Rusia de Putin, acciones vistas con altivez pero al escalpelo, como desmenuzándolo todo, y desenmascarándolo, desde una distancia emocional considerable.

El derrumbe generalizado permite todo tipo de ambigüedades y enigmas en su señorial derrotero narrativo, trátese de la esa genial escena erótica con el amigo echado en la cama y la semidesnuda hembra impúdica tirada en el suelo respondiéndole por celular sin inmutarse al lejano marido traicionado, trátese de la sañosa violencia a la narcomexicana fuera de campos muy abiertos o detrás del decorado, o trátese de diseminar datos sobre la muerte violenta que inculpen tanto al crimen estatal organizado como al hijo adolescente que salió ganando unos padres amorosos que tanto añoraba.

Y el derrumbe generalizado establece un paralelo bíblico más diabólico que deísta con la parábola del paciente patriarca terrateniente Job, castigado por ambicioso como Kolya con todas las desgracias imaginables en el mundo antiguo, tan malvadamente actual y desalmado como el de Putin (a su vez tan balaceable en efigie por nuestros antihéroes como los zares comunistas del pasado hoy abominables), allá perdiendo hacienda e hijos despreciado por su mujer y burlado por sus amigos hasta acabar sentado en un muladar, acá además imposibilitado para enfrentar los impunes abusos del despojador Poder del Estado, sin siquiera las compensaciones de la lucidez, para entroncar con el idealizado padre viudo en pos de la recuperación de sus dañadazos hijos abandonados (en El regreso) y con el rencor social encarnado por la amada enfermera asesinamente reivindicadora (en Elena), viajando moral e ideológicamente del Leviathán hebreo descrito en el Libro de Job al inglés del filósofo Hobbes (de Hob a Jobbes: lindo juego de palabras) y su desmitificación de un Reino de las Tinieblas erigido sobre las potencias religiosas-demoníacas por el monstruoso Leviatán enemigo de las almas (en su tratado Leviatán, o la materia, forma y poder de la sociedad eclesiástica y civil de 1651), para que el calculador Zviáguintsev siga atando brillantemente los cabos sueltos de su macrofábula así redondeada, tras dejar a su suerte al derrelicto Kolya derrotado en su búsqueda de valores inauténticos a la mitad de una crisis de valores sustancialmente envilecidos, como lo transluce el ambivalente discurso final de un hipócrita sacerdote ortodoxo y lo luce el beso del alcalde en la cabeza de su pequeño vástago (“Dios todo lo ve, hijo”).

II. LA AVALANCHA IGNOMINIOSA. En Fuerza mayor (Turist, Suecia-Dinamarca-Noruega, 2014), agudamente minimalista filme 4 del exheterodoxo documentalista deportivo sueco vuelto hipercrítico social autor completo en ascenso de 40 años Ruben Östlund (tras la comedia descarnada en 5 episodios-percances cotidianos Involuntario 08 y el asalto del miedo paralizante entre los chavos de Play. Juegos de hoy 11), la típica familia acomodada escandinava que componen el sobretrabajado padre proveedor plasta Tomas (Johannes Bah Kuhnke), la escuálida esposa madre ajada Ebba (Lisa Loven Kongsli), la quietecita niña de 8 años Vera (Clara Wettergren) y el inquieto niño de 5 años Harry (Vincent Wettergren) posan ante una inmostrable cámara exquisita, cual criaturas ultraprevisibles de una sagrada familia a fortiori feliz por hiperconvencional, durante la primera de sus cuatro opulentas jornadas vacacionales de esquí alpino, sin sospechar que a la mañana siguiente una preventivamente provocada avalancha limpiadora de nieve parecería echárseles encima, en apariencia fuera de control, contra el mirador restaurantero como si pretendiera sepultarlos, dentro de un abiertísimo y severo plano fijo por cuya izquierda habría de huir despavorido el marido, impulsado por mero instinto de conservación y ajeno al momentáneo destino improbable pero posiblemente fatal de sus seres queridos, a quienes nada les pasaría a fin de cuentas, pero habrá de bastar esa simple reacción para que algo fundamental quede roto en la integridad de ese núcleo, que entrará en una pavorosa ético-moral-conductual que opondrá violentamente a los hijos contra sus padres y a éstos entre sí, e incluso llevándose entre las patas a sus intelectuales amigos el ecuánime barbudo pelirrojo Mats (Kristofer Hivju) y su reticente mujer Fanny (Fanny Meteluis), hasta que el varón instantáneamente cobarde acabe aullando de dolor moral y todos estén a punto de perecer aún en dos ocasiones más.

La avalancha ignominiosa invierte muy dosificada pero certeramente lo mínimo dramático posible para determinar una serie de trituraciones individuales en cadena cual dictamen malvado de una comedia dramática antifamiliarista de acendradas raíces bergmanianas y escueta fronda minimalista, trituraciones que remiten la crisis relacional y el drama íntimo de los personajes más allá de una sátira evidente a los temerosos turistas europeos castrados tanto por sus falta de dinamismo como por su necesidad de simulación ante la mirada inmutable de los demás, así sea la del rústico afanador indiferente, y por ello todo debe suceder siempre al interior de una implacable retórica de planos inmóviles e inmutables irracionalmente sostenidos, sobre todo en las escenas de violencia o desahogo o apuro extremo, a lo Haneke (el de Juegos peligrosos 97 y Señales de alarma 00 sobre todo), aunque con menos inhumanidad y mayor comprensión encarnada.

La avalancha ignominiosa se manifiesta, se pormenoriza, se da caza, se sujeta, se analiza, se grita y se deja definir, dolosa y dolorosamente, como la voz unánime de los instintos básicos, fundamentales, incallables, de conservación o sexuales o los que sean, unida al clamor de las contradicciones inherentes a los seres humanos, las mismas voces que la civilización actual oculta y reprueba, tratando de acallarlas e incluso asfixiarlas, pero que tarde o temprano, cuando menos se piensa, surgen y brotan por sorpresa, a modo de impulso ominoso ipso facto convertido en subversivo alud axiológico y tsunami mental-espiritual, tan inopinada cuan devastadoramente, cual decoloradas explosiones en las Montañas del Piamonte de ciertas composiciones plásticas de Cezanne que ha sobreelaborado una esplendente fotografía de Frederik Wenzel, entre insólitos acordes de Las cuatro estaciones de de Vivaldi brutalmente interrumpidos, como cercenados de tajo en su captación genealógica o en su avalancha asimismo instintiva.

Y la avalancha ignominiosa reviste las formas de la innombrable cobardía, del decepcionado Desprecio (a lo Moravia-Godard 63), la revelación del vacío esencial, la recurrencia de la experiencia traumática, la inmovilidad mimetizada con una succionadora blancura casi abstracta, el pasajero derrumbamiento progresivo de los ídolos parentales (“Papá está un poco triste, es todo”), el hundimiento contagioso de la eterna crisis de la pareja e incluso la irónica reivindicación del papá héroe rescatista, porque esa tragedia potencial sólo puede a disolverse y remediarse con otras ínfimas como ella, curarse en la cercanía de un peligro de fallecimiento sobre la enceguecida cima de la montaña a deslizarse, una muerte múltiple cambiante y superpuesta como espejos casi deliberadamente buscados entre apariciones/desapariciones bajo una ventisca nevada, volviendo a unir los miembros de la familia, de abismo en vértigo y de vértigo en abismo, para acabar expulsados por decisión propia del autobús en picada y caminando confusos y confundidos por la carretera, ya saciado y escarnecido El discreto encanto de la burguesía (Buñuel 72), en medio de un exprimido tropel de turistas depresivos y asustados.