Opinión

Zombis en la Casa Blanca

 
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Donald Trump. (Reuters)

Desde que en 1980 George H. W. Bush calificó la propuesta de su contrincante republicano Ronald Reagan de “voodoo economics”, ese ha sido un ataque que normalmente se lanzan entre sí los candidatos presidenciales. Este año no fue la excepción. El economista Paul Krugman, partidario de Hillary, considera que el programa propuesto por Trump es “pure voodoo” y el de Sanders es “deep voodoo”.

Según los etnólogos, en la religión vudú los brujos pueden quitarle la voluntad a una persona, e incluso regresarlo de la muerte para convertirlo en zombi o esclavo. De ahí derivó una temática de cultura popular con abundantes películas (The Walking Dead), videojuegos (Resident Evil) y musicales (Thriller). El año pasado la marcha zombi en CDMX sacó a diez mil personas de la tumba del aburrimiento sabatino.

Influido por esas imágenes uno puede intuir que la política de Estados Unidos experimenta una zombificación.

Del Panteón Republicano, donde apenas alcanzaron a sacar sus brazos llenos de tierra algunos conservadores religiosos y unos pocos defensores del libre comercio, emergió un nutrido contingente de momias libertarianas proteccionistas. Mientras se jaloneaban las vendas y se destruían entre ellos, de una fosa lejana salió un mutante nazi, verdaderamente pavoroso.

Aunque su avance ha sido espectacular, Trump es un muerto viviente porque los republicanos no lo toleran y no le darán la candidatura sin desangrarlo. Aún si supera a Hillary en el voto popular, es extremadamente difícil que le gane en el Colegio Electoral. Y si lograra esa hazaña aún tendría que sobrellevar una opinión pública escéptica, un Congreso hostil y un mundo estupefacto.

Del Camposanto Demócrata ya no pudieron levantarse los sindicalistas de los cincuentas, los pacifistas de los sesentas, los líderes de los derechos civiles de los setentas, las feministas de los ochentas, los activistas gay de los noventas y los ambientalistas del milenio. Una mujer muchas veces resucitada, empujada por los cadáveres putrefactos de banqueros y financieros, deambulaba sola hasta que se le apareció un delgado espectro que la tiene en trance permanente.

No obstante que lleva la delantera, Hillary es una muerta viviente porque después de un cuarto de siglo de enredos y ocultamientos fallidos y de que se ha desdicho tantas veces, su credibilidad expiró. No despierta mayor entusiasmo. De nada han servido sus esfuerzos para diferenciarse de Bill y de Obama. Representa el pasado y lo único que tiene para vender es el continuismo. De obtener la presidencia tendría que hacer grandes concesiones y no podría ni siquiera nombrar a un gabinete afín.

A pesar de su imagen de hombre recto y honorable, Sanders es un muerto viviente porque no le dan las cuentas para ser candidato. Mal se vería si aceptara la vicepresidencia de quien tanto ha criticado y le faltarían años de vida para convertirse en líder de los demócratas o para crear su propio partido y hacer otro intento más adelante.

En realidad, toda la clase política muestra una característica clave de los zombis: ha perdido su conciencia fenomenológica, no tienen frío, dolor u otras sensaciones, está cataléptica. No se dio cuenta a tiempo de que los intereses particulares y sus reyertas menores estaban enterrando viva a la democracia en América.

En su sepulcro Alexis de Tocqueville, observador de las religiones (incluidas las caribeñas), se retuerce al verlos. Los republicanos olvidaron que alertó contra la política regida por los prejuicios de los ignorantes. Los demócratas no hicieron caso de sus advertencias contra la pérdida del espíritu público y el predominio de los intereses económicos. Y ambos desestimaron lo que escribió sobre la violencia partidaria.

Por los extremos de la avenida Pennsylvania unos y otros marchan, con los brazos levantados, hacía la Casa Blanca. Protagonizarán en noviembre un ridículo apocalipsis zombi. Los votantes americanos quisieran despertar del profundo y prolongado letargo que han vivido y descubrir que esta película de horror soló fue un mal sueño, que no tienen que escoger entre difuntos. Como no es así, lo que les queda es comprar muñecos de trapo con las odiadas figuras de Trump y de Hillary para clavarles muchos alfileres.

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