Opinión

¿Ya perdió Trump?

   
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ME Trump. (Reuters)

Hace un año nadie daba un cacahuate por un millonario controvertido, con una historia de quiebras dudosas, evasión fiscal evidente, despidos injustificados, infidelidades y divorcios escandalosos. No era, en absoluto, alguien que los patriarcas Republicanos quisieran ver como su abanderado. En el partido había candidatos de sobra y con mucho trecho andado. Era obvio que entre ellos debía hacerse la selección.
Como en el otro bando se veía difícil que alguien frenara a la señora Clinton, estaba bastante clara la estrategia que pudiera derrotarla. No pegarle directamente, porque ha tenido una sólida trayectoria como diplomática y legisladora, porque sus propuestas de política social son difíciles de objetar y porque la visión de una mujer en la Oficina Oval es muy poderosa.

Irse en cambio, sobre las promesas incumplidas del presidente Obama en materia de crecimiento y empleo, el fracaso relativo de su plan de seguro de salud y su confusa política exterior. Insinuar que ella continuará en la línea de Obama, le crea dudas a los estadounidenses, cuyas expectativas de salir del estancamiento económico se vieron frustradas los pasados ocho años.

Por eso, cuando Trump la hizo el blanco de sus ataques, muchos vaticinaron su pronta salida de la carrera. Pasó exactamente lo contrario: las continuas imputaciones y los abiertos insultos contra la exprimera dama le dieron una gran visibilidad. A diferencia de los otros Republicanos, la cuestionó sin piedad y mostró que no tenía una popularidad tan arrolladora como se creía.

Las diferentes tribus dentro del partido se fueron convenciendo de que el excéntrico magnate era un mal menor frente a ocho años de una presidenta activista, con un programa completamente contrario a sus valores e intereses. Con notables excepciones (los Bush, Romney, Bloomberg, Kasich), a regañadientes, sin mucho entusiasmo, le entregaron la nominación.

Donald sabe que los Demócratas gozan de cierta ventaja en los estados cuyos votos electorales serán decisivos. Pero también observa que los habitantes de esos territorios, afectados por el cierre de plantas y los despidos, el declive de las ciudades y el aumento de la delincuencia, valoran poco las propuestas de Hillary. Las sienten tímidas, insuficientes o irrelevantes. Por ejemplo, asegurar sueldos parejos para hombres y mujeres suena muy bonito, pero antes que eso debe haber puestos de trabajo. Y ella no tiene otras ofertas que las fallidas de Obama:
incentivar a las empresas para que ofrezcan entrenamiento, emprender grandes obras de infraestructura que multipliquen los empleos.

Para contrastar, Trump llegó con un proyecto belicoso y radical: salir de los tratados comerciales que se llevan las fábricas a otros países; expulsar a los migrantes ilegales que les quitan oportunidades a los trabajadores americanos. A pesar de su simplismo y de su falta de evidencia factual, este discurso tuvo un efecto inmediato.

No podía disputarle a Hillary dos atributos clave, ser mujer y contar con una amplia experiencia gubernamental, porque él tiene justificada fama de mujeriego y misógino, y en su vida ha ocupado un puesto público. Y sin embargo, sin asomo de rubor, lo hizo. La acusó de que, por razones políticas, había aceptado las infidelidades de Bill y había atacado injustamente a las mujeres involucradas. Puso en duda sus convicciones feministas y la demeritó como posible primera presidenta de Estados Unidos.

Exhibió también decisiones cuestionables, mentiras y ocultamientos en su paso por el Departamento de Estado, el Senado y la Fundación Clinton. Con la enigmática pero eficaz ayuda de WikiLeaks, que suelta, una tras otra, revelaciones sensacionalistas, ha dañado severamente su imagen de servidora pública.

Trump logró arrebatar la candidatura Republicana a un montón de políticos profesionales y le disputa la Presidencia a quien hace un año parecía tenerla en la bolsa. Con su campaña divisiva polarizó una elección que se vaticinaba aburrida. Con su nacionalismo exacerbado la convirtió en un plebiscito sobre la salvación de un país al borde del precipicio.

En los debates ha mostrado que no tiene ni idea de qué hacer con la economía, que no entiende las sutilezas de la política internacional y que carece del temperamento para gobernar. A pesar de ello, miles lo ven con esperanza. Su agresividad, cinismo y vulgaridad lo perciben como firmeza, franqueza y espontaneidad.

Entonces, ¿ya perdió Trump?


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