Opinión

¿Y la competencia en otros sectores qué?

La semana pasada los reflectores estuvieron en la resolución del IFT que declaró como “agentes económicos preponderantes” a Telmex-Telcel y a Televisa en los mercados de telefonía y televisión abierta, con lo que les impone una serie de medidas para inducir una mayor competencia: compartir infraestructura, regular cargos de interconexión (telefonía), publicar sus contratos y tarifas (tv); entre otras. Más allá de los procesos judiciales que pudieran interponer las empresas afectadas, no hay duda que ello constituye un avance fundamental hacia una mayor competencia en beneficio, no sólo de los consumidores, sino de las cadenas productivas involucradas.

En el mismo sentido, la reforma financiera que se aprobó el año pasado establece que la Comisión Federal de Competencia Económica realizará una investigación de las condiciones de competencia en el sistema financiero. Aunque habrá que esperar los resultados, es una buena noticia para los usuarios. En otros sectores vinculados con la infraestructura también hay propuestas que buscan inducir mayor competencia; ese es el caso de los cambios propuestos a las leyes del servicio ferroviario y de aviación civil.

Aunque esas propuestas no están exentas de problemas, cuestionamientos y riesgos, no hay duda de que existe un ánimo nacional “procompetencia”. Desde hace décadas se ha señalado que la presencia de monopolios en diversas actividades constituye uno de los mayores obstáculos al desarrollo económico del país. Estimaciones de diversas instituciones señalan que la presencia de monopolios tiene un costo en términos de crecimiento del PIB de entre 2 por ciento y 4 por ciento por año que, de ser correctas, significaría que México podría crecer al doble de los últimos años.

A pesar de esos innegables avances y el ánimo reformador, desde hace lustros persisten condiciones poco competitivas de diversos sectores, como los agropecuarios y agroindustriales. El mercado de semilla híbrida para la producción de granos está dominado por seis empresas, el de fertilizantes por cinco productores y 14 importadores, y el de agroquímicos por menos de 10 empresas; la concentración se agrava a nivel regional. En los eslabones intermedios, la concentración tampoco es menor: en la compra de maíz dos empresas harineras y dos comercializadoras controlan cerca del 80 por ciento de las adquisiciones, situación que también se presenta con distintos grados en frijol, arroz, oleaginosas y naranja para jugo. En los mercados de productos finales, la presencia de empresas con “poder sustancial en el mercado” es bien conocida: pan de caja, harina y tortilla, aguacate, huevo y pollo, jugos de frutas envasados, etc.

En el pasado la autoridad intervino y no de la mejor manera cuando se presentaron situaciones de “crisis” (desabasto), como la de la tortilla en 2008 o la del huevo y pollo en 2012, pero no de una forma sistemática para inducir mejores condiciones estructurales de competencia. Aunque es momento de hacerlo, ello estará condicionado a la capacidad presupuestal y operativa, así como a la voluntad política de la Cofece; de ello dependerá el bienestar de millones de productores y consumidores.

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