Opinión

¿Y dónde está el dinero?

¿Y dónde está el dinero que está gastando el gobierno? Es una pregunta que se escucha cada vez con más frecuencia.

El viernes pasado, la Secretaría de Hacienda informó de los datos de las finanzas públicas al mes de abril. El gasto neto pagado del sector público fue de un billón 363 mil millones de pesos durante los primeros cuatro meses del año.

Este monto es 11.6 por ciento superior en términos reales al erogado en 2013 y va prácticamente en línea con lo presupuestado, que era de un billón 373 mil millones para ese periodo.

En términos absolutos, esto significa que de acuerdo a las cifras de Hacienda, este año se ha gastado 188 mil 779 millones de pesos por arriba de lo desembolsado en el mismo lapso de 2013.

Incluso, en la inversión del sector público, el crecimiento real es aún mayor, pues la tasa es de 37.5 por ciento.

Sin embargo, resultó significativo que el Inegi diera a conocer el mismo viernes su encuesta de empresas de la construcción.

De acuerdo con esos datos, en el primer trimestre de este año el valor de la producción de las empresas constructoras cayó en 3.0 por ciento y aún las de ingeniería civil, que están asociadas de manera más cercana con la inversión pública, reflejan un descenso de 2.0 por ciento respecto a 2013, que no fue precisamente un gran año en la construcción de este tipo de obras.

Estos datos son consistentes con los de la Cámara Nacional de la Industria de la Construcción, que considera que no se han ejercido 16 mil 383 millones de pesos.

¿Y entonces que está pasando con el creciente gasto que reporta Hacienda?

El gasto adicional del gobierno era indispensable para amortiguar el impacto negativo de corto plazo de la reforma fiscal en la actividad económica.

Sin embargo, por los datos que se observan, pareciera que no está fluyendo adecuadamente.

No tengo una respuesta cierta respecto a dónde se está atorando el flujo de recursos del sector público. Sin embargo, creo que pueden ponerse sobre la mesa dos hipótesis complementarias.

1- El complejo proceso de ejecución de gasto de las dependencias retrasa todo lo que no es gasto inercial. Obviamente ni la nómina ni tampoco algunos programas sociales se paran, pero adquisiciones y obras, a veces parecen enredarse en la maraña burocrática que a lo largo de los años hemos construido, tanto a nivel federal como en los estados. Un poco por la preservación de los espacios de poder de quienes ejecutan el gasto, otro poco por falta de coordinación y otro poco más por el temor de que se pueda ejercer sin cumplir todas las reglas, pareciera que eso retrasa el que los recursos “bajen”, como se dice en la jerga presupuestal.

2- El miedo a firmar. Hemos creado un sistema tan complejo que las posibilidades de errores o incumplimiento de la normatividad son altos. Así que muchos funcionarios eluden firmar hasta que los procedimientos estén revisados 50 veces, lo que naturalmente retrasa el ejercicio.
A la larga, los recursos van a llegar, pero mientras tanto ya se nos fue casi medio año sin que el gasto público haya amortiguado los malos resultados de otras variables.

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