Opinión

'Xenia', una caricatura sobre la inmigración


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Xenia

Xenia tiene todos los elementos para ser una de las películas más llamativas del año. Aborda, de soslayo, temas tan actuales como la actitud de Europa hacia sus inmigrantes, desde la perspectiva de Grecia, un país al que le ha llovido sobre mojado. Su protagónico, Danny (Kostas Nikouli), es un chico de origen albanés, homosexual, en busca de su padre (y, por lo tanto, de su identidad). Mezcla de melodrama y fábula con ínfulas almodovarianas, por momentos Xenia logra sumergirnos en el alma turbia de una nación complicada y un conflicto (el de la inmigración) que amerita un retrato inteligente. Por desgracia, la película dirigida por Panos H. Koutras es un coctel desabrido.

Impulsado por la muerte de su madre, Danny atraca en Atenas para encontrarse con su hermano, Ody (Nikos Gelia). Al poco tiempo, ambos deciden iniciar una suerte de road trip por Grecia. Incontrolable y demente, Danny quiere dar con su padre, quien los abandonó cuando eran niños, mientras que Ody, el mayor y más centrado de los dos, desea una audición para formar parte de un reality show parecido a La Academia. El viaje, evidentemente, acercará a los hermanos, quienes se reencuentran con un viejo amigo de su madre, pernoctan en un hotel abandonado (cuyo nombre le da título a la película) y, al final, tienen una oportunidad para enfrentar el reto que desde un inicio se plantearon.

El tono de Xenia cambia de forma abrupta: a veces es un culebrón donde los personajes siempre expresan lo que sienten, y de repente se convierte en una comedia azucarada, con tintes hollywoodenses, interrumpida por las alucinaciones de Danny, que platica con su conejo de peluche y se imagina recostado sobre el pecho velludo de su padre cuando era niño. Estos cambios de velocidad no tendrían por qué ser un defecto. El propio Almodóvar intercaló sueños y realidad en Hable con ella, con resultados magníficos. El problema, quizás, es que las alucinaciones de Danny son demasiado abstractas como para iluminar a su personaje. Xenia es una cosa rara: una película expositiva hasta el hartazgo, en la que el guión deletrea todo y cada uno de los sentimientos de sus personajes, y una historia que, en un intento por emplear la sugerencia psicológica de los sueños, termina añadiéndole poco o nada a su trama.

Koutras no logra hallar el punto medio entre la sutileza y la obviedad. A veces brinda comentarios visuales sobre el estado actual de Grecia –la Acrópolis difuminada por el esmog en el horizonte; el hotel derruido, cuyo nombre se traduce como hospitalidad–, pero estos son demasiado esporádicos como para lograr un discurso consistente. Xenia es muchas cosas, pero ninguna por completo: apenas resulta una película sobre la búsqueda de identidad, sobre el drama de un chico homosexual que vive en la periferia o sobre inmigrantes que no logran arraigar en el país al que llegan.

En un momento dado, una chica le dice a Ody que ellos “son extraños en todas partes”, a lo que el joven contesta: “pero también estamos en casa en todas partes”. La primera es una sentencia dolorosa, pero realista; la segunda, un anhelo simplón. Con sus giros de tuerca telenoveleros y un desenlace cuya histeria desentonaría en una comedia romántica gringa, queda clara la postura de Xenia. El drama migrante que vive Europa merece un tratamiento mucho más hondo que esta caricatura color de rosa.

Año: 2014
Director: Panos H. Koutras
País: Grecia
Productores: Alexandra Boussiou,
Eleni Kossyfidou y Panos H. Koutras
Duración: 128 minutos
Cines: Cineteca Nacional, 18:45 y 21:30 horas

Twitter: @dkrauze156

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