Opinión

Wright y Arcel: fascinando


I. EL ESPECTÁCULO PASIONAL. En Anna Karenina (RU, 2012), destellante quinto opus del controversial estilista londinense de 40 años Joe Wright (Orgullo y prejuicio 05, Expiación, deseo y pecado 07), con guión extraordinariamente inventivo del celebradísimo dramaturgo checo-británico (y heterodoxo cineasta efímero de Rosencranz y Guildenstern han muerto 90) Tom Stoppard basado en la novela homónima de León Tolstói, la hermosa gran dama petersburguesa Anna (Keira Knightley arrasadora) viaja al provinciano Moscú en auxilio moral de un hermano Oblonsky (Matthew Macfadyen) que le ha sido infiel a su esposa Dolly (Kelly Macdonald)...
 
... sin sospechar que ella misma pronto lo será también respecto a su sensato marido el funcionario prominente Alexéi Karenin (Jude Law estoico), al enamorarse del rubio seductor Conde Vronsky (Aaron Taylor-Johnson barbilindo) con quien se ha topado en una estación ferroviaria y contoneado en un baile aristocrático, y que habrá de vivir su pasión física abandonando incluso a su pequeño hijo Serhoza (Oskar McNamara), pero que, tras provocar el escándalo y el repudio de la alta sociedad congregada en la ópera, deberá enfrentar la veleidad de su amante y la negativa de perdón de su esposo ultraconservador, no quedándole otra solución que arrojarse al paso de un tren para pagar con ello su libertad amorosa.
 
El espectáculo pasional se cifra en un continuum coreográfico-escénico, pleno de cuadros animados y efluvios líricos que siempre van más allá de lo decorativo, gracias a fascinantes cambios de tono y de espacio, dentro de una musicalidad visual, en molto legato, que aúna el misticismo culpable de los interiores y la grandilocuencia idílica de la campiña eslava, apostando por la adaptación maximalista, el esplendor y el brillo de la magna superproducción de época, el vértigo de la suntuosidad, el boato de la fidelidad literal, y al final por la posmodernidad y por el teatro a un nivel superior (una 'fábula dramatúrgica' como 'rodeo teatral y juego de sueño', diría el teórico Jean-Pierre Sarrazac), en contraste con una audaz tentativa de actualización minimalista de la misma novela como Chouga (07) del gran director kazajo Darejan Omirbaev que apostaba por la opacidad crítica, la pasión posromántica, la fractalidad elíptica y el toque onírico, aunque ambos proyectos acaben persiguiendo idénticos fines últimos, pues en Wright serán paradójicamente las palabras formadas por los dados ornamentales y el golpe de abanico los que mejor darán cuenta de la fiebre y la locura imperantes.
 
El espectáculo pasional toma a la obra inmortal como canon y paradigma, con todas las implicaciones románticas y clasicistas fílmicas a lo Hollywood (Brown 35 con Greta Garbo, Duvivier 47 con Vivian Leigh) o a lo Mosfilm (Zarji 68 con Tatiana Samoilova, el ballet del Bolshoi filmado por Palijina 76 con Plisetskaya) que esto implica, en un mismo plano superable, mediante una insaciable fotografía teúrgica de Seamus McGarvey, una edición vertiginosa de Melania Oliver y esa antiejemplar pareja restallante de la epónima mujer apasionada (Knightley aún hechiceramente tocada por el Método Peligroso contrafreudiano / jungiano-cronenbergiano) y un desdibujado bello-bello veleidoso ya no tan vulnerable o atormentado como el original tolstoiano.
 
Y el espectáculo pasional recrea así, amplificadora y contagiosamente, la insensatez y los sentimientos, el orgullo y el prejuicio fatales, los lances efusivos y las emociones profundas de los míticos amores trágicos, que sólo hallarán su sentido espiritual en contraposición con los afanes y las tribulaciones del doliente campesino voluntario Levin (Demhall Gleeson) y la ingenua Kitty (Alicia Vikander cual neoMary Pickford), enfrascados en la radical búsqueda existencialista de una felicidad merecidamente triunfante sobre el mundanal ruido y su furia implacable.
 
II. EL PODER ILUMINADO. En La reina infiel (En kongelig affaere, Dinamarca-Suecia-República Checa, 2012), opulento cuarto opus del fino intimista danés de 40 años Nikolaj Arcel (El juego del rey 04, La isla de las almas perdidas 07), con guión suyo y de Rasmus Hersterberg basado en la novela Prinsesse af blodet de Bodil Steensen-Leth, la delicada princesa inglesa con alma artística Caroline Mathilde (Alicia Wikander) se casa por compromiso en 1767 con el excéntrico rey danés por completo desalmado Christian VII (Mikel Boe Folsgaard) y, a pesar de lograr atraerlo desde la primera noche a su alcoba para darle el heredero de rigor, pronto se sume en la desdicha solitaria, tratada como madre sustituta del esposo disoluto y relegada con todos sus queridos (y censurados) libros de ideas innovadoras (Thomas Malory, Jean-Jacques Rousseau) en la prejuiciosa corte-jaula de oro hipersumisa, hasta que decide tener románticos amores clandestinos en las posadas con el sagaz y estoico médico prusiano Johann Struensee (el ex desolador perseguido Mads Mikkelsen de La caza aún con su perpetuo rictus de chancleta crispada), que ha hecho irrupción en la conciencia de su marido y prácticamente ha tomado el poder en el reino, aboliendo castigos corporales a los campesinos y acometiendo reformas en beneficio popular, pero disolviendo al Consejo de Estado y enfrentándose a la nobleza recalcitrante que mediante tortura lo hará reconocer sus crímenes y lo decapitará a espaldas reales.
 
El poder iluminado narra, a modo de carta a mis hijos-para-obtener-su-improbable-perdón-futuro, la entrada triunfal del Siglo de las Luces de origen francés en los países nórdicos, de manera escandalosa aunque avanzadísima, con el reconocimiento epistolar de su promotor supremo Voltaire y dando lugar a un gran drama histórico sumido en la ambivalencia y la contradicción irreductibles, a sangre y fuego.
El poder iluminado cifra su estilización y su eficacia estética en la exquisita fotografía plena de focos suaves de Rasmus Videbaek, en cabalgatas y lluvia sobre la mano de paloma, en los horrores del arribo de la peste conjurada por las nacientes vacunas y del difunto reventado al aire libre sobre un potro de madera por orden de sus amos, en el incandescente baile de máscaras palaciego y la osadía de la bofetada al rey en un arrebato -¿ateológico?- de su esposa-falsa hija sedada con láudano, en los jump-cuts sobre el cabrón estratega mustio y las rondas silenciosas de una sirvienta delatora, en el país del miedo y el anhelo libertario in vitro.
 
Y el poder iluminado sobrepasa su anécdota pintoresca en época oscurantista, con la ambigua historia alucinada-delirante del tristemente célebre rey loco de Dinamarca y la bella reina infiel eterna adolescente y trágica amatoria casi a pesar suyo, por encima del exacerbado odio visceral a los aviesos consejeros de los poderosos (tipo aquel innombrable filme nazi emblemáticamente racista de Veit Harlan sobre El Judío Dulce 40), por fin reivindicados por la ya impotente-reverencial posteridad gracias a ellos y pese a todo revolucionada por sus herederos.