Opinión

Woody Allen, 80 años

 
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Woody Allen.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco acusando fatiga de metal, el año baja el telón y Gamés siente un cansancio ancestral. Será la edad.

Por cierto, la prensa ha recordado que Woody Allen nació el primero de diciembre de 1935. El cineasta ha cumplido 80 años. En la mesa que Gilga ha bautizado con el nombre de “Más allá del presente” encontró un librazo: Conversaciones con Woody Allen de Eric Lax publicado por Lumen en el año de 2008. El grueso volumen, 500 páginas, repasa la filmografía de Allen, sus guiones, los repartos de sus películas, los montajes, la música. Games hojea y ojea estas páginas y toma subrayados de aquí y de allá para traerlos a esta página del fondo.

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Annie Hall (1977): tiene un final agridulce. Retrata una gran relación amorosa en la cual Alvy y Annie se separan al final. Alvy dice: “comprendí que Annie era una persona estupenda y lo bueno que había sido conocerla, y me acordé de aquel viejo chiste del tipo que va a ver al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree una gallina’. Y el médico le contesta: ‘Bueno, ¿y por qué no lo mete a un manicomio?’. Y el tipo le replica. ‘Lo haría, pero es que necesito sus huevos’. Esto explica muy bien lo que siento de las relaciones entre las personas. Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y a veces las seguimos manteniendo porque la mayor parte de nosotros necesitamos sus huevos.

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Match Point (2005): Hacía tiempo que tenía la idea de una película de misterio y asesinato. Hay dos clases de historias de misterio y asesinato: las que sirven de lectura ligera en un avión y las que –y conste que no hago ningún tipo de comparación– dan al asesinato un valor filosófico, como en Macbeth, Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov; en estos casos el asesinato se utiliza, no como un argumento para una novela policiaca sino como motivo de reflexión filosófica.

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En el año de 1988 ya había realizado muchas películas. Hay cierto grado de profesionalismo que hasta el más flemático adquiere. O sea que cuando me pongo a rodar, sé lo que hago desde el punto de vista técnico. Pero al final eso no significa nada. Bueno, lo haces mejor que el director novato que avanza entre dudas y cae en los errores más tontos. Uno puede aprender el uno por ciento, pero el noventa y nueve restante es lo que lleva dentro.

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Pienso que no he aportado nada verdaderamente significativo al cine, en comparación con otros cineastas como Scorsese, Coppola o Spielberg. Soy un humorista de Brooklin y de Broadway que ha tenido mucha suerte.

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Creo que soy algo así como Thelonius Monk –sin esa genialidad que le caracterizaba–. Y que conste que no soy una persona muy modesta que digamos. Cuando hago algo bueno lo sé apreciar. Soy lo bastante inteligente para saber que he potenciado al máximo mis limitadas dotes, que he ganado una fortuna en comparación con mi padre y, lo que es muchísimo más importante, he gozado de buena salud.

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De niño solía meterme al cine para evadirme; a veces veía doce o catorce películas a la semana. De adulto he podido permitirme una vida en cierto sentido regalada. Hago las películas que quiero hacer y por lo tanto durante un año consigo vivir en ese mundo irreal lleno de hermosas mujeres, hombres ingeniosos, situaciones, dramáticas, trajes de época. Por no mencionar la música maravillosa y los lugares a los que viajo. Ah, y a veces hasta consigues salir con alguna de las actrices.

¿Qué más puedo pedir? Resulta irónico que haga películas con fines de evasión y que el que se evada no sea el público sino yo.
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Algunos críticos dicen que en cierto momento mi público me abandonó. Esa percepción es incorrecta pues fui yo quien los abandonó a ellos. El mío era un buen público y si me hubiera mantenido fiel al contrato ellos no habrían dado muestras de querer abandonarme. Yo fui quien cambió de rumbo, y una parte del público se sintió traicionado. No les gustó que hiciera Interiores. Intenté realizar un filme determinado y si no salió bien, pues no salió bien. No pasa nada.

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A medida que me hago mayor, el término “legado” surge por todas partes y yo, personalmente, no tengo ningún interés en mi legado porque creo con firmeza que cuando uno está muerto el hecho de que una calle lleve tu nombre no sirve de mucho a tu metabolismo. Puede ser que le deje a mis hijas un pequeño legado económico, nada exorbitante, pero cuando esté muerto, por mí podrían tomar todas mis películas, con los negativos incluidos, y arrojarlas al retrete.

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Si a la gente no le gusta tu trabajo, tienes que seguir por tu camino y ya se darán cuenta o bien te quedarás fuera del circuito y conforme con tu destino. Si la gente no aprecia el trabajo de uno, es mejor dejarlos, puede que tengan razón. O no. Y si a uno lo califican de genio, lo que tiene que hacer es echar a correr, porque hay que preguntarse: “Si yo soy un genio, ¿qué son entonces Shakespeare, Mozart o Einstein?

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Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acerca el mesero con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular una de las famosas máximas de Woody Allen: “No creo en la vida después de la muerte, pero por si acaso, me llevo una muda de ropa interior”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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