Opinión

'Wonder Woman', habemus superheroína

  
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Wonder Woman

Imaginen una isla del Mediterráneo, surcada de edificios intactos de la Grecia antigua, donde cada risco despide una cascada azul y el cielo siempre es soleado. Desde el Asgard que nos dio Kenneth Branagh en Thor, ninguna película de superhéroes había empezado en un sitio tan espectacular. En la isla, Temiscira, sólo habitan amazonas. Robin Wright (¿quién más?) es Antíope, la más temible guerrera de la tribu; la reina, Hipólita, es Connie Nielsen, una actriz destinada a ser aristócrata o deidad: en Gladiator fue la hija de Marco Aurelio, en The Devil’s Advocate la primogénita del diablo y ahora es la madre de una diosa. La diosa, por supuesto, es la mujer maravilla del título. Diana –primero encarnada por Lilly Aspell y más adelante por Gal Gadot– no tarda en aprender el origen de Temiscira y su ejército a través de una secuencia que podría haber animado William Blake. El magnífico pasaje también sirve como pretexto para sentar el objetivo de Diana: acabar con Ares, el dios de la guerra. Sólo con esta entrada, Wonder Woman ya supera a muchos de sus colegas, sin importar de qué rama de cómics provengan.

Lo demás inevitablemente repite la fórmula con la que el cine aborda a estos superhombres y (muy ocasionales) mujeres. Hay secretos de índole genética, escenas de entrenamiento, escandalosas batallas, un clímax pirotécnico y, en Steve Trevor (Chris Pine), un carismático interés amoroso. Lo que separa a Wonder Woman de las entregas recientes de los DC Comics es su ligereza y sentido del humor. Patty Jenkins dirige la acción con brío, apenas abusando de la cámara lenta, pero sobre todo destaca donde el propio Branagh acertó con Thor. Ambos narran la historia de un pez fuera del agua. Al igual que el greñudo del martillo, Diana es una diosa entre mortales; una mujer poderosísima en un mundo dominado por el hombre.

El humor que Wonder Woman halla en esta veta es rara vez simplón. A diferencia de Zack Snyder, el hiperactivo director que presentó a Diana entre el caos de Batman vs. Superman, un tipo que no sabe distinguir entre una escena y un revoltijo de explosiones, Jenkins disfruta los paréntesis de calma, extendiendo conversaciones entre Steve y Diana sin prisa de tijeretearlas para ir de vuelta a la batalla. Su estrategia comprueba –una vez más– que una película de acción funciona no a pesar sino gracias a que se toma el tiempo de construir personajes lejos del fuego y las balas.

Wonder Woman no evita caer en contradicciones típicas de su género. Diana, por ejemplo, no es la primera ni será la última superheroína en buscar la paz a base de violencia. Los valores jipis que muchos de estos cuentos pregonan tienden a ir a contracorriente de su razón de ser (es difícil imaginar al Dalai Lama yendo y viniendo con una metralleta oculta debajo de su túnica, como Diana hace con su espada y escudo). Y sin embargo, hay algo ocioso en buscarle broncas a una cinta que despega, sobre todo, cuando invierte y se burla de los estereotipos que acarrean estos personajes. Donde el reciente remake de Ghostbusters fue obvio, Wonder Woman es inteligente. Aquí, DC logra su primera buena película. En Gal Gadot, Jenkins ha dado con una estrella capaz de sostener la atención de la audiencia mejor que cualquier superhombre henchido de esteroides. Veo difícil que en Justice League no opaque a Superman y Batman, dos encapotados que no le piden nada a esta maravilla.

Twitter: @dkrauze156

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