Opinión

Winding Refn y Curtis: condenando


I. EL NIHILISMO EXTERMINADOR. En Sólo Dios perdona (Only God Forgives, EU-Francia-Tailandia, 2013), crispadísimo opus 9 del sorpresivamente exitoso autor completo monotemático danés de 43 años Nicolas Winding Refn (de Pusher 96 a Drive, el escape 11), el archivulnerado fugitivo criminal Julian (Ryan Gosling ya más impasible que Buster Keaton) ha logrado cierto equilibrio regenteando un club de box y narcomenudeo en los bajos fondos de Bangkok, pero al ser ejecutado su hermano pedófilo Billy (Tom Burke) por el doliente padre de una prostituta niña por él descuartizada, tiene que soportar la visita de su superexigente madre mafiosa en plan de venganza exterminadora Crystal (Kristin Scott Thomas seca como palo) que siempre lo ha despreciado y con quien no puede congraciarse ni llevándola a cenar con su elegantísima seudoamante Mai (Rhatha Phongam), por lo que debe enfrentarse en ominosa desventaja a puñetazos con el protegidísimo policía retirado Chang (Vithaya Pansringarm), antes de que éste desentrañe el misterio que lo acosa, destace a todos los terribles secuaces de la feroz vengadora, a ella misma y a su hijo sobreviviente, quien fallecerá de manera expedita para expiar el parricidio cometido en su juventud y del que venía huyendo hasta ese condenado rincón nihilista ajeno a toda realidad humana.
 
 
El nihilismo exterminador dicta, impone y armoniza una visualidad fulgurante en este supremo thriller exotista, al posmoderno modo neodecadente del más estilizado Tarantino (Kill Bill 1/2 03/04) o de los alucines ultrafreudianos de Lynch (El imperio 06), como un solo y exclusivo ritual de rituales, en una única ceremoniosa atmósfera roja sangrienta, para magnificar hieráticos movimientos mortificantes, actitudes sanguinarias culminando siempre en acciones/atracciones sanguinolentas y crueldades explícitas, como esos cuerpos mutilados producto de efectistas elipsis misericordiosas, o degollados, o hendidos o decapitados a tajos de sable más rápido que la vista, o torturados con crueles astillas largas que clavan en la butaca al barbudo contratista de sicarios (Gordon Brown) y le sacan los ojos y lo atraviesan por el cráneo con admirable pericia.
 
 
El nihilismo exterminador se mide a través de choqueantes y chocantes paradojas de loco furioso formalista y cinefílicas, no sólo porque si la impavidez fuera tic, Gosling con sus congéneres serían reyes de los tics, y porque si todas las hipermasoquistas fantasías criminosas orientales fueran de Von Sternberg (Mujeres de Shanghai 41), ésta sería la más postOrol posible, sino ante todo por esos desplazamientos que aún conservan mucho de duelo westernista, en callejones siniestros o en clausurados espacios amenazantes e incluso al confrontar a la madre con la presunta novia bella en un lujoso restaurante ahíto de contraluces rojizas, como todas las que suntuosamente infestan este filme-objeto de secreto objetivo fabulesco.
 
 
Y el nihilismo exterminador dedica su opúsculo hermético a Alexandro Jodorowsky, sin duda por el elogio al enlutado pistolero devastador de El Topo (70) y a las mortandades gratuitas de Santa sangre (89), aunque sus mórbidas cadencias ópticas y el protagónico sitio concedido a la música extraviante de Cliff Martínez lo emparentarían más bien con un hemidecálogo del radical compositor esteta vienés Gösta Neuwirth, según el cual todo arte hoy sólo sirve para demostrar que nuestra existencia es vana, la juventud se compara al torrente de una montaña, la vida simula una llamarada de paja, los placeres parecen la sombra de una nube en otoño y es comparable a un sueño cualquier compañía de criados o mujer e hijo o amigo, pues como aquí, y a semejanza de los juegos infantiles, se desembocará en la ronda triunfal de un imbatible Padre-rayo sustituto que cae de súbito, ese anulador Extranjero Otro perfecto que justicieramente arrasa con todo, para que sólo subsista su onírica figura tenebrosa cantando en un karaoke.
 
 
II. LA ÁMPULA TEMPORAL. En Cuestión de tiempo (About Time, RU, 2013), fantasía desenfrenada número 3 como autor completo del aún cotizadísimo guionista neozelandés de 57 años Richard Curtis (libretos de Cuatro bodas y un funeral y Caballo de guerra; primeros filmes: Realmente amor 03 y Los piratas del rock 09), el flaquísimo londinense aprendiz de abogado pelirrojo y repelente Tim (Domhnall Gleeson) recibe como genial regalo ambiguo de 21 años por parte de su buenaondísima Papá (Bill Nighy) la revelación de que, a semejanza de todos los varones de la familia, le basta con encerrarse en un clóset y apretar los puños de sus brazos extendidos para hacer retroceder el tiempo tan lejos como lo desee para modificar su comportamiento errático, cosa que no tardará en utilizar para besar a una chica que por torpeza se le escapó en la fiesta de año nuevo e intentar ligarse a la superguapa huésped de verano Charlotte (Margot Robbie), que de cualquier modo volverá a rechazarlo, hasta que, al volver a encontrarla tres años después a la salida de un antro, haga todos los cambios de tiempo necesarios para tenerla por fin dispuesta, aunque sólo sea para mejor correr a proponerle matrimonio a la novia con quien ya vive y a quien adora, la encantadora gringuita editora literaria Mary (Rachel McAdams), casarse atropelladamente con ella bajo un aguacero, hacerle varios bebés y poner a prueba su felicidad amorosa por usar sus poderes para enredarse en una ámpula temporal tratando de salvar del fracaso al tutelar dramaturgo odioso Harry (Tom Hollander), y luego rescatar a su desaforada hermanilla medio suicida Kit Kat (Lydia Wilson) de las garras de un galán nefasto y a su propio padre de una irremisible muerte por cáncer.
 
 
La ámpula temporal consuma sólo a medias su definición en los hechos apenas descabellados como la tópica, atípica y utópica comedia romántica del chavo timidazo que utiliza sus maravillosos poderes heredados para seducir a la chava facilona, conquistar a la inalcanzable chica ideal y ya, pues de lo que realmente trata el relato es del alcance simbólico-metafórico de esos poderes y de la posible utilización de ellos en terrenos de corrección moral propia y bienhechores.
 
 
La ámpula temporal recicla la autocorrección ético-conductual hasta el infinito ya planteada en el paradigmático Hechizo del tiempo (Ramis 93), pero ahora para proponerlo tanto en términos de comedia loca con cínicos gags costumbrista-dickensianos muy explícitos y un hijito del sexo opuesto por culpa de la lotería espermática puesta en riesgo, como sirviendo a fines relamida, interminable, discursiva y almibaradamente existenciales. Y la ámpula temporal acaba declarando aleccionadoramente innecesario todo orden de retrocesos mágicos, ya que el secreto de la felicidad se encuentra en el profundo goce de todo instante cotidiano cual si se viviera cada uno dos veces, sobre todo el juego de ping-pong y el paseo playero con papá, y el disfrute del viaje vital por el viaje mismo, para el que a veces un don puede ser también una condena.