Opinión

'Whiplash', la película
anti-millennial

   
1
  

    

Whiplash

Hace tiempo que el contenido de las esporádicas novelas de Bret Easton Ellis dejó de causar revuelo. Ahora, el controversial autor de Psicópata americano y Menos que cero tiende a estar en el ojo del huracán gracias a lo que dice en su podcast, en las ocasionales entrevistas que concede y en su cuenta de Twitter. Desde ahí, Ellis defendió a Charlie Sheen cuando no parecía relevante hacerlo, atacó la postura que él considera hipersensible y excluyente de la comunidad gay estadounidense (a la que pertenece) y, sobre todo, se dedicó a sustentar una crítica bastante sólida contra los millennials: la generación nacida a partir de los 80, dedicada a la curaduría de su vida en Instagram, Facebook y Twitter. Ellis la apodó Generation Wuss o Generación pusilánime: individuos adictos a la gratificación instantánea, a los likes y los retuits, a las estrellitas y los pulgares arriba; una generación que recibe trofeos no por ganar sino por competir, que no sabe cómo digerir el rechazo, segura de que toda opinión personal merece ser compartida y recibida con aplausos.

Whiplash, de Damien Chazelle, cuenta la historia de Andrew Neimann (Miles Teller), un millennial obsesionado con convertirse en el mejor baterista de la historia. Alumno en el ficticio y ultraprestigioso conservatorio Shaffer, Andrew da el paso más importante en su carrera cuando consigue entrar al grupo de Terrence Fletcher (J. K. Simmons), un profesor con aspecto de sabueso lampiño que confunde la docencia con el entrenamiento militar. Los abusos de Fletcher son tan sorprendentes (y tan exquisitos) que no vale la pena leerlos: hay que verlos. Basta decir que, para sobresalir, Andrew tendrá que tolerar agresiones verbales y físicas dignas de Guantánamo.

Es curioso que a Bret Easton Ellis no le haya convencido Whiplash, una película que me parece extraordinaria, en gran medida porque se atreve a fincar su discurso sobre el argumento de la Generación Pusilánime, con el que concuerdo de cabo a rabo.

Andrew sobresale precisamente porque Fletcher lo obliga a digerir el rechazo, porque le enseña que en la vida nadie recibe trofeos por participar. Whiplash es la primera película anti-millennial, filmada y escrita por un miembro de esa generación. Chazelle, de 29 años, es feroz en su desprecio por la cultura cómoda y fácil del 2014. Andrew no tiene amigos en el conservatorio, no manda invitaciones a través de Facebook, no revisa su correo. Y el romance, elemento esencial de la actual narrativa hollywoodense, le resulta un estorbo. Hasta su celular parece una reliquia. Además, no es coincidencia que su meta sea ser un gran baterista de jazz y que nunca aparezca escuchando una sola pieza de música contemporánea. Lo que su personaje representa es la antítesis de lo que Ellis critica. Andrew es un chico solitario, ambicioso, incluso egoísta, pero nunca pusilánime.

La ópera prima de Chazelle no está emparentada con Karate Kid, Rudy, Rocky u otras historias similares sobre underdogs. Aquí no hay un triunfo limpio sobre la adversidad o una moraleja cursi para ser empaquetada y vendida a seminarios de superación personal. Whiplash es una nota despiadada y poco convencional sobre el costo del éxito; una película que, en la época del aplauso instantáneo y la fama barata, se atreve a decirnos a nosotros, los miembros de la Generation Wuss: el mundo no es como lo postean, amigos.

Twitter: @dkrauze156


También te puede interesar: 
¿Qué 'Oscares' se debe llevar González Iñárritu?