Opinión

'Vuelen' a ver mi amigo el dragón

 
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Dragón.

De mis películas favoritas de la infancia recuerdo momentos más que detalles de la trama. Como tantos que nacieron en los 70 y 80, recuerdo a Elliott cruzar esa luna, imposiblemente inmensa, con E.T. sentado en su canasto, junto a la partitura de John Williams. No sé en qué parte de la historia ocurrió, dónde despegaron o cómo aterrizaron. Sólo conservo ese instante. Acordarme de él es reconocer a un niño que quiso ser Elliott, volar como él, tener un amigo como E.T. y después, como una vela de cumpleaños, la imagen se esfuma y regreso aquí.

Pete’s Dragon, dirigida por David Lowery, entra con honores a la lista de grandes películas infantiles, a compartir espacio en el estante con la obra maestra de Steven Spielberg, a la que tanto le debe. Pete (Oakes Fegley) es un niño que vive en el bosque, pero no está solo. Lo acompaña Elliot, un enorme dragón peludo, con la nariz y las orejas de un perro; sus ojos, una mezcla entrañable de animal y ser humano. Su hogar corre peligro cuando un grupo de taladores, encabezados por Gavin (Karl Urban), dan con su escondite: una cuevita, excavada entre las raíces de un gran árbol, donde Pete duerme acurrucado en la barriga del dragón. Este descubrimiento inevitablemente los separará, dejando a Elliot en el bosque y a Pete en el seno de una familia compuesta por Grace (Bryce Dallas Howard), su esposo (Wes Bentley) y su hija Natalie (Oona Laurence).

En función de la historia, Lowery y su coguionista Toby Halbrooks no buscan el hilo negro, y no hace falta. Pete’s Dragon es convencional, pero nunca plana. De la mano del experimentado fotógrafo Bojan Bazelli, Lowery logra darle un carácter táctil a su película: nos hace sentir que acariciamos el lomo verde de Elliot, que partimos el viento junto a Pete cuando alzan el vuelo. La cámara mira las copas de los árboles, nimbadas de aros solares, se acerca a su corteza y después sigue una navaja mientras la talla, dejando una pequeña espiral de madera conforme se desliza. Pete’s Dragon se ve y se toca, como si fuera una proyección y una visita a un museo para niños donde rozamos distintas superficies, objetos y temperaturas.

Pete’s Dragon
Director: David Lowery
País: Estados Unidos
Productores: Sames Whitaker y Barrie M. Osborne
Duración: 102 mins.
Cines: Cinépolis
Año: 2016

El diseño sonoro está repleto de sorpresas: reflejos de luz acentuados con arpas cristalinas, las ramas sacudidas por el vendaval del aleteo del dragón y, por supuesto, la música –triste y al mismo tiempo jubilosa– de Daniel Hart, que se apodera de las bocinas para anudar gargantas.

Lowery prefiere no subrayar lo que Elliot simboliza, permitiendo que el espectador lo lea como desee y que su amistad con Pete cale donde tenga que calar, sea el fin de la infancia, la primera vez que nos despedimos de una mascota o el adiós al último compañero imaginario. No hay un esfuerzo por apelar a chicos y grandes, dosis de humor listas para funcionar en focus groups o excesivos peligros para mantenernos atentos a la pantalla. Lowery es fiel a su ritmo melodioso. A su tono dulce y elegíaco solo le sobran una o dos canciones que cabrían en Dawson’s Creek.

Días después de ver Pete’s Dragon me sorprendía que súbitamente me conmovieran sus más lindos momentos. El primer encuentro entre el niño y el dragón (una breve cátedra de cine mudo), sus piruetas entre nubes, sus abrazos, su ternura. Empezaba a recordar la película como a E.T.: no las alegrías de la niñez sino sus fantasías y sueños. El telón cayó hace tiempo. Sólo las fotos, y el cine como este, nos permiten mirar entre la tela y ver lo que fuimos y lo que quisimos ser.

Twitter: @dkrauze156

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