Opinión

'Voraz', las tentaciones de la piel

  
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Voraz

Voraz, ópera prima de la joven directora francesa Julia Ducournau, no se anda con rodeos. Para empezar nos lleva a un restaurante a un costado de una autopista, en el que una mesera le sirve puré de papa a la vegetariana Justine (Garance Marillier). Al descubrir un pedazo de carne en el puré, la madre de la chica inmediatamente va a quejarse como si ese trozo fuera una cápsula de cianuro, capaz de matar a su hija.

La familia, veremos muy pronto, va en camino a dejar a Justine a la universidad veterinaria donde su hermana también estudia:un campus decadente en el que los jóvenes toman clases entre raves y travesuras humillantes que parecen sacadas de Carrie. La tentación de la carne en todas sus variantes está en el meollo de Voraz. A lo largo de su primera semana como estudiante, Justine se acercará a lo que no ha probado, con resultados espeluznantes. Piensen en Ginger Snaps, pero en versión caníbal.

Así como las inquietudes de Ducournau quedan claras desde el arranque, al llegar a la fiesta inaugural su talento también resulta evidente. Un delirante plano secuencia le basta para presentarnos una atmósfera al mismo tiempo cachonda y opresiva, orgásmica y desagradable. Voraz no abandonará esos contrastes, situándonos en un mundo universitario mayormente anárquico, cochambroso y, por momentos, seductor.

Ducournau es consistente. No hay una escena, por más breve que sea, que no tenga un instante de contacto corporal, ya sea escatológico, analítico o sexual. Los personajes orinan, fajan, se rascan, se golpean, abren el cuerpo de un perro y exploran el intestino de una vaca. Y esto sólo en los primeros minutos. Después vendrá una larga secuencia de depilación que nadie en la sala podrá ver sin taparse los ojos. En Voraz hay atrevimiento de sobra, qué duda cabe.

Cuando se manifiesta la rara enfermedad de Justine y su hermana, sin embargo, Ducournau descuida el desarrollo. Nos queda claro el entorno que tiene en mente, hay coherencia temática, pero las peripecias de las chicas no se acumulan tanto como se concatenan al azar, como un nauseabundo paseo por una casa de los sustos. Si había la intención de filtrar una alegoría sobre el despertar sexual, la carga simbólica se diluye a base de desvíos. Ducournau parte de una gran premisa, un ambiente logradísimo, personajes definidos, y después no sabe condensarlos en una película redonda. En particular incomoda que sólo haga uso de la moralidad colectiva cuando le conviene, a pesar de que, durante la primera hora, convincentemente nos ha mostrado un sitio donde las leyes y los códigos de conducta no aplican, tan falto de autoridad que ni un profesor aparece para poner a sus alumnos a raya. Sensorialmente, Voraz cala hondo. Sus ideas se quedan a ras de piel.

Twitter: @dkrauze156

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