Opinión

Von Trier y Siminiani: provocando

I. LA PROMISCUIDAD DESAFIANTE. En Ninfomanía, primera parte (NymphOmaniac, Vol. 1, Dinamarca-Alemania-Francia-Bélgica-RU, 2013), malinterpretado filme seudoshocking 12 del ya fatigado ancien terrible danés a sus apenas 57 años Lars von Trier (de la obra maestra pesadillesca El elemento del crimen 84 a los retóricos opúsculos truenacocos Anticristo 09 y Melancolía 11), la otrora bella mujer promiscua vuelta bagazo carnal y moral Joe (una esmirriada Charlotte Gainsbourgh de estrago inclemente) es recogida en un sórdido callejón londinense por el santo varón caritativo Seligman (Stellan Skarsgard), golpeada, sangrante y ansiosa por relatarle su vida, donde se asume como impenitente ninfómana de promiscuidad desafiante a todas edades: niña precozmente onanista y marcada por el apego al padre (Christian Slater) que la defendía de la estupidez materna y hallaba a su alma en las ramas retorcidas de un roble invernal, puberta iniciada sexualmente por traumática voluntad propia, adolescente espigadita (una Stacy Martin reveladora) echándose competencias con su amiga rubia B (Sophie Kennedy Clark) a ver quién se tiraba más hombres en el mingitorio de un tren para terminar haciéndole el favor a un bondadoso señor incapaz siquiera de moverse por fidelidad conyugal, joven secre ligadora compulsiva pero al fin enamorada de su azaroso jefe inexpugnable Jerôme (Shia LeBeouf) a quien sólo osaría declarársele por carta cuando haya dejado su puesto huyendo con su otra secre, querida con turnos exactos que por acto gratuito causaría el abandono de la rabiosa Señora H (Uma Thurman) que se presentaría en pleno depto con sus tres hijitos para protagonizar el melodrama pavoroso más lúcido concebible, como espectadora impotente del solitario fallecimiento del dolorido padre atado a la camilla, y experta coleccionista de amantes elegidos por su sabiduría sensual, hasta recuperar a Jerôme y abrir, uncida a su lado, la vía hacia la derrota.

La promiscuidad desafiante jamás se toma totalmente en serio, ni un solo instante de su acción, salvo acaso en la colateral agonía del padre, de gravedad absoluta (aunque mediando acostones desafiantes con enfermeros y la aparente inoportunidad de mojarse hasta gotear entrepiernas ante el cadáver fresco al fondo), pues se la pasa haciendo una extraña mezcolanza de bilis negra, crispado humor verde y provocación rosa que debe leerse como roja encendida, haciendo que el porno soft superinvolucrado parezca irónico hardcore y que el poema maldito perezca como distanciado noema definitivamente malsano, esgrimiendo una deliberada tesitura de fantasía masculina o desahogo machista o chismosa bravata de taberna de Copenhague, aprovechando el sentido inherente de cada uno de sus 5 capítulos, y hasta las menores ocasiones, para burlarse de los valores sociales e inconscientes al uso, burla al romanticismo, a la educación sentimental, al amor como pérdida y ridículo, a la institución matrimonial, a cualquier forma de fidelidad, al cobarde orgullo viril y a la ninfomanía en sí.

La promiscuidad desafiante diversifica sus procedimientos expresivos con chispeante imaginación e inventiva visual (fotografía de Manuel Alberto Claro), permitiéndose cualquier tipo de aclaraciones a lo largo de su cadena de flashbacks y su haz de relatos: cifras (3 por delante + 5 por detrás) y letreros (cantus firmus) e incluso diagramas (método para estacionarse sin espacio de maniobra) escritos sobre pantalla, insertos al por mayor cual ilustraciones (ranas saltando a la masturbadora agua del baño, una peneteca tan antierótica como la película en su conjunto) y metáforas por montaje soviético de vanguardia gracias a la editora Molly Malene Stensgaard (paralelo con hobbies de pesca y musicales del supuesto oyente imparcial), invasivos diálogos-cometarios superpuestos, pantalla triple (el favorito gordo sensual, el acechador felino y el teclado del órgano en medio), o así.

Y la promiscuidad desafiante se presenta primero como cínica y mordaz, punzante y sarcástica, para acabar neutralizándose a ella misma, pagando muy caro su propio reto, perdiendo de repente el vigor de su libido y toda capacidad de enardecimiento erótico, abismándose de pronto en la soledad incomunicada y en la frigidez exasperante más atroz, que la vuelven, envuelven y devuelven en la total devaluación ante sí misma.

II. EL MAPEO INFRUCTUOSO. En Mapa (España, 2012), carismática aunque verborrágica opera prima del autodocumentalista hombre orquesta a la vez director/guionista/fotógrafo/actor protagónico/editor santanderino en la Universidad de Columbia formado de 41 años León Siminiani (egocéntricos cortos previos: Dos más 01, Ludoterpia 07; microdocumentales en serie Claves sobre el mundo moderno), un joven cineasta madrileño que puede ser el propio realizador Siminiani, está en crisis de irreconciliable ruptura sentimental con su mujer tras una estadía en Marruecos y, para colmo, es también despedido de su trabajo televisivo, por lo que, en un intento de reponerse espiritualmente, según los consejos de su amiga Luna en trance de volverse yogui profesional, viaja a la India, en busca de la iluminación en los mismos lugares maravillosos o de retiro donde que ella la obtuvo, dentro de un inabarcable Mapa, pero la perseguida revelación nunca llega y lo más que consigue el pobre tipo es obsederse por una expresiva niña registrada con su omnipresente cámara que considera idéntica a su amiga Luna cuando tenía esa edad, imaginando ahora que debe buscar una compañera amorosa, tanto entre las mochileras europeas en camino como de regreso a Madrid, donde tratará en vano de coincidir con una inasible Luna, de la que cree que se ha enamorado, pero que se le escurre por todo el Mapa, pero esta vez el de España, impidiendo darle sentido unitario a su película en proceso, la que ya estamos viendo, hasta que, luego de imposibles rituales de olvido y al cabo de cien rollos reflexivos, sobre sí mismo o acerca de sus materiales fílmicos en acto, disipa por fin disipar toda inútil pasión imaginaria y retorna a la India , con un mapeo escrupuloso, quizá menos infructuoso, en otras condiciones.

El mapeo infructuoso provoca e insiste en provocar, provoca en lo intelectual-existencial y provoca tanto física cuanto fílmicamente, en tono menor pero deslumbrante, con las mutaciones a la vista de su naturaleza docuficcional, al pasar del incallable diario de viaje archicomentado, a un hurgamiento subjetivo de la India , a una historia de improcedentes historias de amor, a un absurdo juego de ceremonias desgarradoras que jamás consiguen extirpar la verdadera causa de las turbulencias íntimas, ni de esos estados extremos de ánimo y ánima, hasta convertir la sustancia misma de la película en un descubrimiento y, de manera radical, una minada y dimidiada exploración del yo minado, o séase, un yo partido por la mitad y siempre a punto de explotar o ya explotado.

El mapeo infructuoso se ha abierto paso, palmo a palmo y pasmo a pasmo, entre los apaciguadores niños vivaces de Nueva Delhi, ante el Ganges de las pavorosas incineraciones mortuorias sagradas o de cara al chavito rural más persistente en sus visajes que la vaca contemplada al fondo, pero también de la propia imposibilidad para convertir el filme en un testimonio social tanto de la atroz miseria india como de las derrumbadas crisis hispanas actuales, sus protestas y sus contraproducentes manifestaciones de indignados, porque ¿quién eres tú para asumirte como vocero de los desempleados o los más jodidos?

Y el mapeo infructuoso le tuerce el cuello al cisne de la autoficción ombliguista-narcisista, haciendo del protagonista medio vulnerado medio loquito un antiturístico viajero ideal negado que, incluso en su propio país, confunde lo objetivo con lo subjetivo, un simple ojo de la cámara todograbador nadaobservador que para razonar necesita hacer explícitos algunos trucos del montaje (como esas imágenes borradas al blanco) y last but not least un patético invento de sí mismo, vuelto filmador puro apenas mostrable, con tanta profundidad como las seudotrascendentales canciones roqueras los 90s que se la pasa oyendo en pos de microrrevelaciones fundamentales, o bien Ravel o esa cursilaza Perfidia mexicana cantada por Nat King Cole que sí parece atraparlas, antes de refugiarse con su familia clasemediera del limbo en perpetua fiesta disneyana, y al final, ya con maletas y remozadas esperanzas, ceda mejor el registro fílmico de su nueva partida hinduista a una aquiescente exmujer, simbólicamente, para consumar la vocación lúdica e irónica del documental español en dolorosa primera persona, siempre conscientemente autoirrisorio y veladamente miniesperpéntico.