Opinión

Volver al pasado

    
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Donald Trump no está inventando nada nuevo. Aunque no lo parezca, sus acciones tienen cierta coherencia y se inscriben nítidamente en la larga tradición proteccionista de Estados Unidos.

Desde siempre, los americanos han considerado que en su país no son aplicables las teorías de los economistas europeos (Smith, Ricardo, Marx, Keynes) y que ellos deben regirse por sus propias pautas. Hasta los años setenta del siglo pasado, cuando la Escuela de Chicago puso de moda el libre mercado, el proteccionismo no era una mala palabra, ni para los técnicos ni para la población. De hecho, el consenso era que gracias a él se habían convertido en la primera potencia mundial.

Para muchos, el plan de industrialización, impulsado por Alexander Hamilton hace más de dos siglos, continúa siendo vigente. La idea atrás de ese proyecto era que Estados Unidos no podría alcanzar su verdadera independencia de Gran Bretaña hasta que fuera autosuficiente en alimentos y armas. Y que no progresaría mientras sólo exportara materias primas y productos agrícolas.

Fue el congresista Henry Clay quien, luego de la guerra de 1812, formuló la doctrina llamada The American System, que se desdoblaba en cinco políticas.

Proteger a la manufactura. La primera y fundamental era resguardar de la competencia externa, mediante tarifas elevadas, a las compañías nacionales. Pensaban además que las industrias “infantiles” sólo podrían alcanzar economías de escala y sustituir importaciones si se les ayudaba a cubrir sus costos iniciales y a crecer, mediante apoyos y subsidios.

El desarrollo de una industria militar también era prioritario. Por ejemplo, para facilitar la expansión de la Armada se alentó la fundición de cobre, ya que con un casco de fondo metálico las embarcaciones de madera resistían mejor la carcoma.

Los aranceles reclamados por la industria no eran populares entre los agricultores del occidente que, sin embargo los aceptaron cuando las ciudades del este les demandaron cada vez más comestibles. En cambio, a los dueños de plantaciones de algodón del sur, que exportaban exitosamente, nunca les pareció mejor venderle a las fábricas de hilados y tejidos del medio oeste.

Como quiera, no se les eliminó porque, durante 150 años fueron la principal fuente de financiamiento del gobierno federal.

Financiar la infraestructura. El mercado agrícola era local y casi de autosuficiencia por el alto costo de mover las cosechas. Los granjeros construían cooperativamente canales, caminos y puentes, pero no lograban abatir los costos de transporte.

Desde entonces, el gobierno federal ha realizado grandes obras. Hizo navegables los ríos Ohio y Mississippi; amplió los puertos; dragó el canal de Erie; tendió vías ferroviarias a través de todo el territorio; instauró el sistema postal; electrificó el valle de Tennessee; levantó la red de autopistas; impulsó el programa espacial y el internet.

Invertir en educación y ciencia. Las iglesias sostenían algunas escuelas para niños pobres pero, en general, a la educación formal sólo tenían acceso los hijos de los ricos. Las empresas nacientes no tenían capacidad de preparar a sus trabajadores o de desarrollar tecnología y eso limitaba su expansión. Se instauró por ello un gran sistema de educación pública y se estimuló el adelanto de la ciencia mediante créditos fiscales a las corporaciones y subsidios a las universidades.

Instituir un banco nacional. Para acabar con el desorden fiscal y poder recaudar impuestos; para estabilizar el mercado monetario y emitir una moneda única, respaldada por el Tesoro; para terminar con la especulación, ampliar el crédito y facilitar las remesas y pagos; para regular el comercio interestatal; se requería un banco que cubriera todo el territorio.

Promover la armonía de intereses. Los agricultores, los comerciantes y los industriales no debían pelearse entre sí; tampoco los obreros con los patrones o los de zonas rurales con los de zonas urbanas. Veían con gran optimismo a la tecnología. Suponían que gracias a ella los capitalistas verían crecer sus ganancias y los trabajadores sus sueldos, lo que les permitiría convertirse en propietarios y poner sus propias empresas. Creían que a medida que creciera el Producto nacional aumentaría el ingreso per cápita y se acabarían las disparidades entre el campo y la ciudad.

Para Trump, America great again es, en realidad, The America System again.

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