Opinión

'Virunga', el mejor documental del 2014

    
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Virunga

No es fácil que un documental cuyo propósito es crear conciencia logre superar su agenda de denuncia para convertirse en una gran película. Food Inc., por ejemplo, brinda un esbozo conciso e interesante de los muchos problemas que aquejan a la industria alimentaria en Estados Unidos, pero jamás logra hallar a un personaje para anclar su discurso. El resultado es un documental que tiene más en común con un largo reportaje de National Geographic que con el cine. Su director, Robert Kenner, entiesa el dedo índice y señala culpables. No hay matices sino sentencias; no hay personas sino causas.

En cierta medida, lo mismo ocurre con otros documentales como Inside Job o Blackfish. Independientemente de su valor como canales de divulgación y protesta, estas cintas tienden a ser estrechas y, por momentos, didácticas. Virunga, de Orlando von Einsiedel, nominada al Oscar como mejor documental, logra sortear este problema. Es una obra rara en su género, al mismo tiempo una petición a favor de los derechos de los animales, un reclamo contra las prácticas aberrantes de las empresas transnacionales, un estudio de la tragedia del África poscolonial y una narrativa cautivadora, impulsada por personajes de carne y hueso, tanto héroes como villanos. Brincos diera el Capitán América por tener un ápice de la acción y la urgencia de Virunga.

Von Einsiedel sigue a cuatro personajes, todos memorables: Mélanie Gouby, una joven e inexperta reportera de guerra que acaba de llegar al Congo para documentar una posible guerra civil; Mugaruka Katembo, guardabosques de la reserva ecológica que le da nombre a la película; André Bauma, un entrañable cuidador de gorilas huérfanos y, finalmente, Emmanuel de Merode, el jefe de guardias de Virunga, un aristócrata europeo, inamovible en su deber como protector del parque. Tras esbozar la importancia de Virunga como espacio protegido y uno de los últimos santuarios del gorila de montaña, von Einsiedel observa la llegada de dos amenazas cuyos intereses parecen estar entrelazados: Soco, una compañía petrolera, famosa por lucrar en zonas marginadas del tercer mundo, y la M23, un grupo paramilitar, dispuesto a dar un golpe de Estado.

La intención inicial de Von Einsiedel era documentar los cambios positivos en la zona, hasta que el arribo de Soco y los militares lo obligaron a cambiar de enfoque. El resultado es una película que no narra en retrospectiva sino que registra, con indignación y sorpresa, el caos en el que una vez más se ve envuelto el Congo. Parte de la fuerza de Virunga es que Von Einsiedel y su equipo se involucran (y nos involucran) en el proceso, en tiempo real. Están ahí cuando la guerra se desata y cuando la milicia entra al parque: las balas dan la impresión de pasar a centímetros de la cámara, las explosiones siempre se escuchan ominosamente cercanas. A través de Merode, Virunga nos hace cómplices de los intentos por salvar un ecosistema que vive amenazado por todos los flancos. Y a través de Katembo y Gouby, en los pasajes más fascinantes, vemos la médula de la corrupción en África. Con una cámara y un micrófono ocultos, la joven reportera se cita con líderes de la M23 y con empleados de Soco, quienes, sin saber que están siendo grabados, sueltan información confidencial sobre transas, mordidas y otros tratos corruptos. A Katembo lo intentan sobornar una y otra vez. ¿Qué cantidad de basura no encontraríamos si hiciéramos lo mismo en México?

Al final, Virunga resulta una experiencia pertinente pero tristísima. En el Congo, como en todo el mundo, la gente de bajos recursos, los animales y el medio ambiente son las primeras víctimas colaterales en la guerra entre los poderes fácticos, los intereses del capitalismo enloquecido y las metralletas. Von Einsiedel no solo logra que nos importe el destino del parque y los gorilas que ahí habitan. Su película es una toma de conciencia sobre el planeta que seguimos destruyendo en busca de billetes y petróleo.

Twitter: @dkrauze156


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