Opinión

Violencia y dignidad nacional

    
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Nayarit, violencia

Hace unos años mi hermana sacó de Jalapa, Veracruz, a sus hijos adolescentes - no pueden vivir aquí, el peligro es enorme; el ambiente está podrido.

Este lunes, al leer un extraordinario reportaje de Azam Ahmed, el corresponsal de The New York Times en México, corroboré los motivos de mi hermana para sacar a mis sobrinos del estado de Veracruz. Pero sobre todo me pregunté. ¿hasta donde llega el límite de los mexicanos; qué tiene que pasar para que digamos hasta aquí con la violencia y la impunidad?.

Ahmed relata en su artículo las vicisitudes de Vicky Delgadillo y Carlos Saldaña en la búsqueda de sus hijas desaparecidas en Jalapa, paradójicamente el mismo día hace seis años. De amigos en las horas aciagas de la búsqueda, se convirtieron en compañeros de vida.

Ahmed nos introduce en la desgarradora búsqueda de un hijo, “lo más cruel de una desaparición es que te deja con esa esperanza desesperada de que tu hijo podría seguir vivo en algún lado”. Nos conduce a los ranchos de actores criminales donde los padres, con instrumentos rudimentarios para escarbar, encuentran ropa interior de gentes de todas las edades y cuartos que con seguridad sirvieron de cámaras de tortura.

También presenta la escena nacional y estatal. El gobierno federal reconoce que la cifra de desaparecidos va más allá de los 30 mil, “hombres, mujeres y niños que están atrapados en un limbo, ni muertos ni vivos, víctimas silenciosas de la guerra contra el narcotráfico”.

Y cita al procurador general del estado de Veracruz, Jorge Winckler, “El estado entero es una fosa”. Y añade, “hay una cantidad infinita de personas con demasiado miedo como para decir algo, de cuyos casos no sabemos nada”. Y desde luego, nos enteramos que es un estado quebrado en que los familiares tienen que pagar las pruebas de ADN para reconocer los cadáveres.

El artículo de Ahmed seguirá abonando en la imagen que se tiene de México en el mundo y, en especial en Estados Unidos, como país de extraordinaria violencia e impunidad. Del vecino verdaderamente salvaje que justifica la no tan descabellada propuesta de Trump de construir un alto y hermoso muro fronterizo.

Más allá de nuestra imagen en el mundo, la tenebrosa realidad que despliega el articulo me lleva a preguntarme ¿qué pasa con nuestra dignidad de país?. Es detestable lo que ha pasado en Veracruz y la esquizofrénica rapiña del gobernador Duarte. Pero sobre todo es denigrante el sufrimiento de los jarochos y de los acapulqueños, tamaulipecos, juareños, tijuanenses, mexiquenses,
michoacanos y de tantos otros lugares de México con violencia descontrolada y un Estado incapaz de proveer el bien público esencial –seguridad ciudadana.

Hace ya siete años, cuando sobrevino la matanza de San Fernando, Tamaulipas, en la que 72 migrantes principalmente centroamericanos, fueron asesinados, consideré que sería la gota que derramaría el vaso de agua y se pondría un hasta aquí a los abusos cotidianos contra una población altamente vulnerable que son los migrantes en tránsito. No fue así. La mata sigue dando.

La tragedia de Ayotzinapa puso en jaque al gobierno de Peña. Pero bien calcularon los asesores del régimen. Se han acumulado otras desgracias y el recuerdo se está empolvando. (Nunca para los padres de las víctimas, desde luego, pues como nos ilustra Ahmed, mantienen una “esperanza desesperada”).

¿Cuántas tragedias más tendrían que pasar para que haya una masa crítica nacional y sobrevenga un consenso que se niegue a aceptar la continuación de esta violencia fratricida?.

Andreas Schedler del CIDE sugiere que los mexicanos seguimos pensando en que la violencia tiene un impacto diferenciado. A unos ciudadanos les pega porque están metidos en algo malo o bien por que viven en el lugar equivocado. A otros no les toca porque viven en la capital o en Yucatán, o porque trabajan en un lugar con vigilancia.

Colombia es un país latinoamericano que ha sufrido enormemente con la violencia y que ya tuvo un punto de inflexión hace unos años. Ahora se percibe una violencia que afecta a todas las regiones y a todos los estratos sociales. Más aún, sus élites se mostraron dispuestas a pagar un impuesto para la seguridad y a impedir que se mancille el nombre de su país.

El debate nacional que producirá la próxima elección presidencial debe ser el momento para que le entremos a la discusión sobre la violencia sin diferencias. Los criminales no son de otro planeta, son mexicanos como usted y como yo. Si usted o un familiar suyo todavía no es víctima, en cualquier momento puede serlo.

Twitter: @RafaelFdeC

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