Opinión

Vincent y Salles: errando

I. LA REALEZA GASTRONÓMICA. En Los sabores del palacio (Les saveurs du palais, Francia, 2012), singular opus 8 del vivaz comediógrafo parisino de 57 años Christian Vincent (La discreta 90, Seductor de lujo 06), con guión suyo y de Etienne Comar libremente inspirado en la historia verídica de Danièle Mazet-Delpeuch como cocinera del expresidente socialista francés François Mitterand, la sencilla pero errabunda y genial señora provinciana por herencia especialista en preparar comidas tradicionales francesas Hortense Laborie (simpatiquísima carirredonda Catherine Frot ya veterana actriz fetiche del realizador) elude con inmisericorde aplomo los asedios tenaces de una TVreportera australiana (Arly Jover), mientras dice adiós, con un suculento banquete, a los internacionales habitantes de una base científica en las islas Crozet de la Antártida y evoca los tres inolvidables años en que fue prácticamente prisionera del laberíntico Palacio del Eliseo, sometida retorcidos protocolos y enfrentamientos, como encargada de la cocina privada, para invitados especiales y familiares, del anciano Presidente (Jean D’Ormsesson fragilísimo), con quien se toparía muy pocas pero maravillosas veces, bien respaldada por sus diligentes enlaces Azoulay (el también realizador Hyppolyte Girardot) y Louchet (Jean-Marc Roulet más narizotas que el cómico arcaico Larry Semon) en todos sus onerosos caprichos para obtener imposibles ingredientes genuinos, y aún mejor asistida por el joven subchef piensarrápido Nicolas Bauvois (Arthur Dupont), hasta ser vencida por los erróneos dictados mezquinos de un cambio de régimen administrativo y por las intrigas rabiosas del prepotente villano gordazo Lepic (Brice Fournier), celoso encargado de la cocina pública del palacio.

La realeza gastronómica hace un delirante elogio pormenorizado a la alta cocina francesa y una declaración de amor loco a la autenticidad de la comida regional, en una fina y estilizada serie de variaciones ¿sólo? para gourmets galos, narrativamente oscilando entre un apéndice a la semblanza del Mitterand postrero de El paseante del Campo Marte (Guédiguian 04 con Michel Bouquet en el rol titular) y nuestra cándida fantasía culinaria subdesarrollada Canela (Mariscal 12), pero a cien años luz de una oda a la afrolealtad perruna como El mayordomo (Daniels 13), ya que volcadas a la elaboración de dos poderosos retratos coloquiales, el del provecto Presidente hipersensible, entusiasta de la sazón ancestral de su nueva cocinera, aficionado a la golosa lectura de viejos recetarios ampulosos (con prólogo de Sacha Guitry) y añorante de los sabores de su infancia, y el retrato irónico de esa orgullosa y tozuda cultivadora de trufas en la comarca de Périgord, atacada e insultada por encomio al revés como la favorita Du Barry de ese prendado glotón Luis XV sin nobleza, relegada artista luchando, aun sin saberlo, por la subsistencia espléndida de su arte, porque, como dicta la sabiduría popular francesa, el arte muerto está en los museos, el vivo está sobre la mesa.

La realeza gastronómica se estructura en dos espaciotiempos que se alternan, contrastan y se unen por íntimos vasos comunicantes, dos espaciotiempos que se disputan la errancia solitaria y la radical no-pertenencia de sus héroes disímbolos y apenas relacionados entre sí (el Presidiente, la cocinera archisencilla) pero unidos por su ajenidad al paisaje social, dos espaciotiempos contrapuestos que se reparten otras tantas formas de la fotogenia extrema: la de un mundo abierto a las planicies pedregosas y los embates marinos embravecidos de un páramo lunar y la fotogenia de un palacio civil con todos las prácticas maniacas y los túneles del tiempo y los sótanos e interdicciones de una corte imperial, dos espaciotiempos que ante todo se proponen involucrar, cual protagonistas privilegiados en paralelo, a los hiperselectivos degustadores palaciegos, conscientes y prevenidos, siempre tras las puertas cerradas, tanto como a los espontáneos devoradores de la comunidad científica, inconscientes y sin prevención, pero de inmediato agradecidos.

Y la realeza gastronómica tiene como finalidad última hacer cocerse en los peroles y henchir en los platos la lujuria en trance de comidas en proceso, ¡qué platillos!, tal como no se había logrado desde El festín de Babette (Axel 87), cuyo discurso estético-existencial, cuyos manjares neochabrolianos, cuyo gusto-mirador del mundo y cuya exquisitez plástica en hervor desembocarán en una regia celebración de inesperada teatralidad travestida, con rutilantes colores republicano-cortesanos, cual satírico homenaje escénico-coral-anónimo, no visto desde las superfrancesas glorias fílmicas de Jean Renoir y su modélica jocunda gracia comunal, por fin recuperadas.

II. LA IDENTIDAD RASTREADA. A lo largo de En el camino (On the Road, Francia-RU-EU-Canadá-Brasil, 2012), ambicioso filme del brasileño internacional de 56 años Walter Salles (Estación Central 98, Detrás del sol 01), con guión del puertorriqueño José Rivera (ya colaborador suyo en Diarios de motocicleta 04) basado en la novela autobiográfica homónima del alucinado autor beatnik Jack Kerouac (1922-69), el joven escritor neoyorquino Sal Paradise (Sam Riley) conoce en 1947 al expresidiario robacoches aspirante a escritor y omnitransgresor moral nato Dean Moriarty (Garrett Hedlund) que va a auxiliarlo para salir de un atasco creativo tras la muerte de su padre, a servirle de modelo vital para rastrear su verdadera identidad y, finalmente, a fungir como tema de su siguiente novela, luego de secundarlo en su desafío de los comportamientos burgueses mediante la embriaguez, el jazz (con sendos tributos a Charlie Parker y Slim Gaillard), la mariguana, los paraísos artificiales y el sexo, admirarlo en el manejo de sus líos amorosos con una esposa de 16 años Marylou (Kristen Stewart) que se revelará erotómana curiosa (a la que también el testigo literario acabará llegándole, primero por excitación y después por dulzura consoladora) y una amante relegable Camille (Kirsten Dunst) con la que engendrará dos hijos, y sobre todo, acompañarlo en su nomadismo carreteril en multables bólidos (un Hudson jodido, un viejo Chrysler), pero también de aventón mochilero y en tren paria, hacia Denver o San Francisco, hasta dejarlo varado con disentería en una orgiástica ciudad fronteriza mexicana y la constatación del desgaste mutuo en el reencuentro adulto.

La identidad rastreada mezcla sin mayor distinción varios géneros fílmicos en coctel, empezando por la primigenia road picture en episodios y a saltos imprevisibles, la cinta bitácora-itinerario plagada con letreros de ubicación espaciotemporal, la novela de crecimiento (y deterioro), la historia de una amistad entre muchas otras amistades, la fantasía realista con mentalidades de época (esa desternillante mamita monolingüe pagamultas), la comedia dramática de la supervivencia y de los encuentros insólitos (ese meones del camión de redilas, el conductor ebrio amputado de un dedo) y los reencuentros fatales o las recurrencias, y por encima de todo, la película de aventuras sexuales, incluyendo una bisexualidad incipiente de Dean con su amigo poeta gay declarado Carlo Marx (Tom Sturridge), la prostitución homosexual de ocasión para agenciarse 20 dólares, el voyeurismo femenino, la hilarante desnudez automotriz del trío provocador y hasta el cálido romance del ya aventado Sal con cierta jornalera Terry (Alice Braga) en el campamento de una plantación.

La identidad rastreada insiste en el parecido físico-moral de algunos personajes secundarios con sus modelos verídicos: un Allen Ginsberg/Carlo vuelto juguetona loca azotadaza que acaba enviando por correo su gran poema-manifiesto generacional Aullido con gran dedicatoria manuscrita, o un William S. Burroughs/Bull hipercrítico estragado perpetuo (Viggo Mortensen) ya practicando con la pistolita que le servirá en el sacrificio gratuito de la espantalagartijas arbóreas Joan Vollmer/Jane (Amy Adams), cual máximos atractivos intelectuales, aunque como para el Woody Allen de Medianoche en París (11), tristemente esquemáticos en su pretendida gracia más inflable que inefable.

Y la identidad rastreada vislumbra con devastado entusiasmo el espíritu de una época (“Ningún tesoro hay al final del arco iris, sólo hay mierda y pis, pero saberlo me hace libre”), sus variedades y variaciones e invectivas desemascaradoras (“Dean es sólo un psicótico irresponsable”/ “No alivies tu conciencia invitándome”), sus excentricidades y experiencias límite en la pureza del camino, su línea blanca acompasando nuestro ritmo, si bien fracasa por todo lo alto al querer abarcar la palpitación de una generación literaria, denostada en su tiempo, hoy de culto (¿la febril escritura automática de Kerouac reducida a mera crónica picaresca inmediata?), y su idealización de los amados dementes rompedores que se fugan de todo gracias a un simbólico movimiento territorial perpetuo, porque “arden, arden, arden”.