Opinión

Viggo Mortensen, un capitán fantástico

 
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Viggo Mortensen.  (t0.gstatic.com)

Captain Fantastic, dirigida por el también actor Matt Ross, abre con una toma aérea de un frondoso bosque en el que no avistamos una sola casa, camino o construcción. De ahí, Ross va hacia abajo, a la maleza, donde un chico de no más de 20 años, con el cuerpo embadurnado de pintura negra, mata a un venado y se come su corazón, mientras su familia –sus cinco hermanos y su padre– celebra el acto como su llegada a la adultez. ¿Dónde y cuándo ocurre Captain Fantastic? ¿En un mundo postapocalíptico o en el pasado remoto?

La realidad es más extraña (y no por eso más verosímil): Ben (Viggo Mortensen) es un ermitaño socialista que ha decidido criar a sus hijos en una comuna familiar lejos de la civilización, educándolos personalmente en las artes de la guerra, la física cuántica y la literatura de altos vuelos. Los chicos son todos Einsteins en potencia, capaces de hablar seis idiomas, discutir sobre Nabokov y debatir sobre política estadounidense con la soltura de un genio. Después de un largo preámbulo, Ross finalmente saca a sus peces del agua, de vuelta a la ciudad, cuando Ben recibe una llamada avisándole que su esposa, y la madre de sus hijos, acaba de morir. Tras platicarlo con sus retoños, el patriarca emprende un viaje por Estados Unidos rumbo al funeral.

Toda película de este género despierta cuando confronta a sus personajes con una realidad que les es extraña: Crocodile Dundee en Nueva York, el niño de Big inmerso en el mundo corporativo de los adultos, el ejecutivo hedonista de Family Man sometido a los suburbios, y un largo etcétera. En Captain Fantastic, los pasajes más entretenidos son los que obligan a Ross a colocar a Ben y sus hijos en contextos en los que no saben cómo comportarse: jugando videojuegos hiperviolentos con sus primos, sorprendidos por la gordura del estadounidense promedio o intentando ligar aunque el hermano mayor nunca ha estado en contacto con una mujer que no sea de su familia. Este tramo funciona. Es una lástima que vaya en medio de ese inicio tan extenso y de un final que no sabe cuándo irse a negros.

Captain Fantastic no sabe si celebrar o condenar la vida que Ben les ha dado a sus hijos. ¿Es una denuncia contra el llamado helicopter parenting, en el que los padres intentan proteger a sus hijos de todo peligro? ¿O más bien ensalza las virtudes de adherirnos al protocolo? Ross es un escritor y un director obsesionado con balancear sus críticas y elogios a la utopía de Ben y al mundo aburrido y 'normal' que representa su suegro, un intragable Frank Langella, que busca la patria potestad de los niños. El resultado es más timorato que imparcial. Como contraste está Family Man, una película que presenta una disyuntiva similar, cuya opinión sobre sus dos mundos –el capitalismo y el tedio suburbano– queda clarísima.

Por fortuna, Ross cuenta con Viggo Mortensen. Su sola presencia rescata casi cualquier cosa. Ben es un personaje al mismo tiempo resuelto y en jaque, y el veterano actor no necesita diálogos para transmitir la forma en la que empieza a dudar de sus métodos educativos y su estilo de vida: un hombre salvaje, resentido, amoroso, embelesado con su iconoclasia, cuya desilusión consigo mismo es la veta más rica de la historia. Mortensen siempre ha sabido cómo anclar los extremos humanos sin caer en el absurdo o la caricatura: ahí está su trabajo con David Cronenberg. Aun vestido como payaso, aquí lo logra. Al final queda la impresión de que él conoce más al personaje que su propio director. El capitán del barco, y lo fantástico de la película no es Ross, sino el propio Mortensen.

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