Opinión

Víctimas colaterales del Islam

 
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Para esta edición, Charlie Hebdo aumentó su tiraje de 60 mil a 3 millones de ejemplares. (Reuters)

Ocurrió en París, en enero. Entraron por la fuerza al semanario Charlie Hebdo y al grito de “¡Allah Akbar!” comenzaron a disparar sus rifles de asalto. Doce muertos, 11 heridos. Se anunció entonces un incremento de 400 millones de euros y la incorporación de dos mil 600 de agentes para reforzar la seguridad en la capital francesa. Once meses más tarde siete sujetos cargados de cinturones explosivos y fusiles ingresaron a una sala de conciertos y a un par de cafés; el saldo fue de 130 muertos, 352 heridos. Pocos días después, desde el portaviones Charles de Gaulle, Francia comenzó a bombardear posiciones del Estado Islámico en Irak y Siria. “Hay que aceptar –nos dice Jacques Lafaye en El Islam en la mira (El Colegio de Jalisco, 2015)– que estamos en estado de guerra”.

Hace algunos meses tuve la oportunidad de visitar la espléndida exposición Lo terrenal y lo divino: Arte islámico de los siglos VII al XIX en San Ildefonso. Aprecié los magníficos tapices y tapetes, la finísima orfebrería y su intrincada herrería, mil formas estéticas de demostrar su fe. Occidente debe a Oriente casi todos sus refinamientos artísticos y literarios, buena parte de sus conocimientos filosóficos, y técnicos, su erotismo. La supremacía científica y técnica islámica se prolongó hasta el siglo XV. Luego Europa emprendió por su cuenta la duda metódica en la ciencia y la tolerancia en el ámbito de las ideas. John Locke en 1689 escribió: “ni los paganos, ni los mahometanos, ni los judíos deberían ser excluidos de los derechos civiles del Estado a causa de su religión”. Las naciones islámicas no cruzaron ese puente. El extraordinario esplendor se vino abajo. Lo que ahora vemos es su absoluta decadencia y frustración, pagamos el “alto precio de su esplendor” en ruinas.

Los europeos pagan, también hay que decirlo, las consecuencias de sus colonizaciones. En Francia son los magrebíes, en Alemania los turcos, en Inglaterra los indios y pakistaníes, en Holanda los indonesios, en España los marroquíes, en Italia los libios y tunecinos. En el mundo hay mil 600 millones de musulmanes, 23 por ciento de la población mundial.

En Francia viven entre 5 y 6 millones. En 2030 será el 10 por ciento de la población. Francia tiene el porcentaje más elevado de inmigrantes del Magreb. Es natural que se vivan ahí las tensiones más acusadas.

El sistema de asimilación no está funcionando debido al elevado número de inmigrantes de África que han llegado en los últimos años.

Francia debe inculcar sus valores a través de la educación a los más jóvenes. Pero según lo que dicen las estadísticas, esto no está ocurriendo. Los jóvenes de ascendencia árabe están en rebeldía, en primer lugar, contra sus padres, que han abandonado sus tradiciones islámicas sin que Occidente les haya abierto las puertas de la asimilación. En segundo lugar: están en contra de un Estado que no los representa. Peor aún: que los reta. Tras de los atentados se vieron banderas francesas quemadas frente a las embajadas de los “países amigos” de Francia y muy escasa solidaridad en los suburbios de inmigrantes. ¿Por qué el musulmán va a lamentar la muerte de quien cometió una blasfemia suprema? Diferentes ópticas: para un francés una caricatura irrespetuosa es una insolencia, para un musulmán es un crimen nefando. Para nosotros son terroristas, para sus allegados son héroes.

Jacques Lafaye, sabio francés avecindado en Guadalajara, autor del clásico Quetzalcóatl y Guadalupe, ante la gravedad de los acontecimientos, decidió romper su silencio. “¿La sociedad pluricultural no pasa de ser una utopía?”, se pregunta. ¿Ante qué estamos? “Los europeos y los norteamericanos –dice Lafaye– son víctimas colaterales de una lucha interna del Islam.” La verdadera confrontación no es con Occidente sino con ellos mismos. El mapa político del Islam no es homogéneo, cohabitan en él tendencias extremas y un gran número de moderados (las verdaderas víctimas). Las potencias dirimen sus diferencias utilizando los odios étnicos del mundo musulmán. Esta política llegó a su fin al revertirse. Sus efectos se padecen ahora lo mismo en París que en Moscú. ¿Qué hacer? Al interior, reforzar la educación con valores de tolerancia. Hacia el exterior, pactar la coexistencia con las potencias islámicas para que frenen la migración.

André Malraux señaló que el siglo XXI sería religioso o no sería. Lo está siendo, y de qué modo.

Twitter:@Fernandogr

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